_ DOS DÍAS más tarde, la limusina en la que Gracy viajaba se detuvo frente a la entrada principal de la casa de campo de los Rinaldi. Había pensado en llamar a la señora Rinaldi para anunciar su visita, pero había tenido miedo de que la dama consiguiera de algún modo que esta no se llevara a cabo. Aunque Adolfo parecía no querer darse cuenta de que su madre estaba furiosa porque se hubiera casado con una desconocida, Gracy no era tan insensible. Era natural que, como madre de Adolfo, estuviera algo preocupada, pero esperaba que, cuando conociera a su nuera, sus temores se aplacaran. La llevaron al lujoso salón, donde una esbelta y atractiva rubia, de unos sesenta años, la esperaba sentada en una butaca. Una mirada más cuidadosa revelaba el dolor que se reflejaba en aquellos hermosos r

