Capítulo 10 (no editado)

4887 Words
Caminaba donde estaba, deteniéndose con una sonrisa, dando una palmada en mi hombro derecho. Debo admitir que me dolió, su mano era pesada. Asentí, devolviéndole la mirada. —Jhimoa debe estar durmiendo —dijo al ver el interior de la casa a oscuras. Esta era la oportunidad para preguntarlo. Sospechaba de una extraña relación entre Jhimoa y Arkoa. —¿Conoces a Jhimoa? —Pregunté con una inocencia plasmada en la voz típica de un niño de doce años. —Ella no se equivocaba contigo —con su mano áspera, alborotó mi cabello, viéndome con la misma sonrisa, casi imitando a Jhimoa—. Eres imprudente cuando amerita serlo. Dejé que lo hiciera ¿Por qué? Mi hermano también gustaba de revolver mis cabellos, era una sensación que extrañaba. Tampoco percibía maldad en él, es como si nos conociera. —Jhimoa y yo somos buenos amigos —respondió después de dedicar un silencio para escoger las palabras adecuadas—. Debemos conversar, Zalbion —dejó de sonreir—. Conozco tu paradero, eres un habitante de la vieja capital. Jhimoa le habría contado sobre mí, pero, ¿Cuánto le habrá dicho exactamente? —Sígueme, daremos una vuelta por la ciudad, es una excelente noche, apetece refrescarse un rato —dijo llevando sus dos manos atrás. ¿Podría resolver las dudas que tengo de Jhimoa? —Me parece bien —dije, tratando de imitar el acento noble de mi salvadora. —No trates de aparentar algo que no eres, aquí todos somos iguales —frunció el ceño, dejando un silencio para que sus palabras hicieron eco en mi cabeza—. Solo yo y el faraón, por no mencionar el concilio de los sabios arcanos, conocemos tu identidad. —Entonces ¿Jhimoa ha venido antes acá? —Pequeño relámpago —entorno los ojos—. Debes aprender mucho sobre la teoría de la teletransportación. Comenzamos a andar por la calle de tierra. Arkoa devolvía los saludos de quienes le conocían en los tejados de las casas. Una cuadrilla de guardias le saludó con respeto y unos cuantos niños, detenían el juego para admirarlo por unos segundos. —Te preguntarás, como todo buen imprudente a la duda, el hecho del que todos me vean como una especie de personificación a quien rendir culto —dijo cuando pasámos por unas casas, unidas por un puente en arco bajo la luz de la luna—. Soy un maestro de la magia oscura, nací en Muzannich, criado bajo el linaje del concilio de los sabios de Armatham, cuando las voces de Dubinis ameritaban mi presencia en los templos. —¿Cómo sabías que necesitaban de ti al nacer? —Pregunté, incrédulo. —Observa a nuestra espalda —dijo sin dejar de andar. Me detuve, pasó el chacal de Dubinis que estaba en la habitación, casi rozándome. Para una altura de tres metros, sus pasos eran silenciosos, tratando de hacer un esfuerzo para escuchar el distinguible movimiento de la tierra al pisar, era casi inaudible. Llevaba en alto la lanza oscura, siendo en mayor altura que él. Es intimidante saber que un cabeza de chacal está siguiéndote sin saberlo. —No te quedes ahí parado —dijo medio volteando, el chacal hizo lo mismo, como si estuvieran conectados—. Aún estamos charlando. Asentí, retomando la caminata a su lado después de trotar un poco para alcanzarlo. —¿Sabes que es un guardián? —Preguntó, advirtiendo mi silencio. —No —respondí. Era la verdad, no tenía idea sobre un guardián, y jamás reparé en el tema desde el asunto con el Gallo Rey de Jhimoa. —Los guardianes son… —calló por un instante, aún seguimos caminando—. Zalbion ¿Qué tanto amas a tu hermano? —Mucho, lo extraño mucho. —contesté sin cavilar ni un momento. —No hay duda de ello —asintió—. Alteras la frecuencia de tu energía al mencionarlo. A la orilla de un oasis, cerca de los límites de la muralla que protegía la ciudad de Jhandosea, nos detuvimos. El agua era el espejo perfecto de la luna; el viento a veces perturbó el agua, causando ondas, suaves y lentas. Arkoa se sentó con las rodillas juntas al suelo, mientras yo adopté la posición de flor de loto al sentarme. —Has establecido un vínculo afectivo con Jhimoa —dijo al examinar mi forma de sentar. —Un poco —sentí vergüenza de admitirlo, bajé la cabeza. —Es normal desarrollar vínculos con nuestros maestros, Zalbion —hizo una seña con la mano para que el Chacal se sentara a su lado—. Verás, un guardián es un ser querido muerto con quien establecemos una conexión más que sentimental, espiritual. Hice un gesto con la cabeza para entender lo que decía, pero, realmente no entendía al punto del que quería llegar. —Ellos están a nuestro lado, toda la vida hasta que morimos o ellos mueran en su misión para protegernos —tragó saliva, pienso que se le cruzó por un segundo perder a su querido chacal—. Es complicado llegar al punto que deseo exponer a tu comprensión juvenil, por no decir, infantil. —Puedes decirlo —dije pareciendo entender, adoptando una posición madura que no tenía ni aires de serlo. —Aún no estás listo para saberlo, es importante que sepas que un guardián velará por ti, pase lo que pase… —¿Mi hermano puede ser mi guardián? —Pregunté, evocando las voces—. Escuché su voz, Jhimoa parece no creerme, pero, escuché la voz de mi hermano cuando estaba acumulando energía. Arkoa duró un tiempo en silencio, reflexionando lo que acababa de escuchar, su mirada permanecía pasiva como la noche, no había asomo de que no creyera en el testimonio o que le impresionara, era algo normal para él escuchar este tipo de temas relacionados con voces del abismo, es un mago oscuro, que puedes esperar, sirven al dios de la muerte Dubinis. Sonrió, cerró los ojos, pensando y los volvió a abrir, llevó la mano hacia mi cabello y lo revolvió. —Eres un chico curioso, en efecto, puede serlo —la respuesta causó una sonrisa que iluminó mi rostro de oreja a oreja. Lo sabía, mi hermano es mi guardián, me protege desde el abismo—. Puede que parte de su espíritu resida en ti y lo invocas en momentos de vida o muerte. —El vive en mi, siempre vivirá en mi —llevé dos manos al pecho, en forma de rezo. —¿Jhimoa te ha puesto al tanto de la situación? —preguntó, desviando el tema. —Tiene una audiencia con el faraón para decidir nuestro destino como fugitivos —contesté. —Dentro de dos meses, es correcto, sin embargo, durante el trayecto de los dos meses, Jhimoa pulirá tus habilidades como mago de trueno, y tu compañera de práctica, será mi alumna. Aunque la respuesta era evidente, igual quise confirmar. —¿Es Kiria tu alumna? —Sí, Kiria es sobrina y alumna, Zalbión. —Miró mis ojos, entrecerrados los suyos con una mirada pícara, sospechando el interés que nació cuando la vi—. Es una noble de la nueva capital, es mejor que abandones tus ilusiones de pretender conocerla. Un cubo de agua fría del lago Mialoussi durante el invierno, es la descripción perfecta al como sentí sus palabras caer en mis oídos, ¿Qué hace una noble de la nueva capital entrenando en un sitio como este?, sería lógico que viajara hacia Calvior, el imperio donde reside el templo de Dubinis en Muzannich. —Lamento arruinar tu interés, aunque, eso no te impide conocerla y tal vez, desarrollar un vínculo efímero durante los dos meses. —Se levantó, el chacal lo siguió. Yo me quedé sentado aún en la tierra—. Hay mucho que trabajar en ambos. —Estiró sus brazos. —Espera —dije—. ¿No me has contado tu relación con Jhimoa? Inquietante era el asalto a mi gran interrogante. —Jhimoa y yo entrenamos con el maestro Salamandra —dijo sonriendo a la luna—. Éramos excelentes compañeros de equipo y, las enseñanzas sobre la hermandad y el amor de Salamandra, fueron importantes para nuestro desarrollo filosófico. —Una mirada triste hizo desaparecer la sonrisa—. Es lamentable la noticia de su traición, contradice todas las noches y días que pasamos Jhimoa y yo, escuchándolo bajo el sonar del acantilado de los valles de Armedia, hablar con tanta pasión sobre la esperanza de los pueblos, la libertad de los exclavos y la justicia sobre los criminales. La imagen de un Salamandra gentil y pacífico, cruzó mis pensamientos como una estrella fugaz, apagándose con la impresión que conocía del traidor. —Nada es lo que parece en este mundo, hasta quien más te ama puede doblegarse ante el más fuerte. —Bajó el mentón, mirando el reflejo de la luna—. Desearía poder hablar con él y saber que fue de sus enseñanzas, lo que un día como hoy, convirtió a Jhimoa en una fugitiva. —¿Te ha convertido en algo diferente las lecciones de Salamandra? —pregunté. Alzó la mirada de nuevo a la luna. —Sí, evitó convertirme en uno del montón, lo mismo trato de hacer con Kiria, ignorando las peticiones de sus padres de hacerla algo que no es —Sus ojos parecían acumular lágrimas—. Ella es un ser humano, Zalbion. No es una estatua, ella es sensible a la realidad que le ha rodeado, padece dolor como tú y yo, piensa, es capaz de analizar situaciones. —¿Es común?, hablas como si no lo fuera. —No es común de un mago oscuro, tener emociones que interfieran con los ideales de la muerte —Cerró los ojos, dando media vuelta—. Descansa. Una capa de humo n***o lo rodeó junto al chacal, para luego, en un sonido parecido a un hálito humano, desapareció, dejando una silueta sombría en dirección al cielo estrellado. Contemplé la noche una vez más, deseando organizar en el abatimiento del abrupto sueño, las palabras de Arkoa. He dejado mucho a un lado para atender a las preguntas importantes, evitando las superficiales, es agotador escuchar una historia tras otra, sin antes recuperarse o respirar si viene al caso, para entender que la persona con quien he vivido durante años y con quien mi hermano estuvo al punto de casarse, es una completa desconocida, una Jhimoa con máscara. Es necesario añadir que, ahora es mi maestra. Desperté cerca de la orilla, no había regresado esa noche a casa. —Buenos días, Zalbion —escuché la voz de Jhimoa—. Tu comida está a un lado. Estaba recostada de la palma con los brazos cruzados, llevaba la capucha puesta. —Arkoa me ha hablado de lo que no te concierne saber de mí a su voz, debo admitir que habla de más a veces —mantenía una expresión adusta. Mi estómago perdió el apetito al notarlo—. Pues, bien, hoy inicia tu entrenamiento conmigo, disponemos de dos meses para mejorar las fallas, necesito que seas un mejor compañero de equipo ya que, la travesía hacia Bianca no será para nada sencilla. Tragué saliva al escuchar las palabras de Jhimoa. —¿Puedes retirar la capucha? —pregunté nervioso. —¿Por qué? —la pregunta sonó con un desdén impropio de ella. —Das miedo —dije. Sus ojos brillaron, iluminando parte del rostro sumergido en la sombra de la capucha. —Soy una maga de clase imperial ¿Crees que debería ser tierna? Temblé, debo reconocerlo, es la verdadera Jhimoa detrás de su sonrisa. —Disfruta la comida, tienes parte de lo que me ha traído Arkoa, te espero en el santuario. —¡Espera! —exclamé cuando estaba a punto de marcharse—. ¿Dónde queda el santuario y qué santuario? —¿Debería importarme? —dijo encogiendo los hombros—. Te importa a ti no a mí. Desapareció fundiéndose con la corriente de aire de la zona; miré una forma transparente viajando en el cielo hacia la nada. Tomé un bol de barro con una comida extraña, era una mezcla de habas cocidas, perejil, cilantro, cebolla y limón, acompañado del principal ingrediente que es la legumbre, supongo que es un plato típico de las tierras de Armatham. Estaba el segundo bol, pertenecía a Jhimoa, sin embargo, negué al verlo y no quise tocarlo, pese al buen sabor. La imagen de Jhimoa empezaba a darme escalofríos. Te preguntarás ¿Por qué temer de Jhimoa y no de los guardias de la reina Ronia I durante la batalla en el palacio?, la respuesta es sencilla: estaba Zerks para protegerme. Sí, sí, Jhimoa es mi salvadora, pero era una Jhimoa diferente, sonreía y en cambio no ofrecía una expresión brusca, es el cambio de máscara, la Jhimoa buena y amable, a la Jhimoa rodeada de nobleza y maldad haciéndome recordar a los altos. —El santuario, ¿Santuario de qué? Me levanté al sentir el sol quemar mi piel. Caminé por el sendero de regreso que había memorizado. La calles estaban abarrotadas de mercaderes, mujeres con tributos en la cabeza (cestas llenas de provisiones que sostenían con una mano), niños en el día a día de su infancia, hombres en camello y guardias de aquí y allá. Cuando admiré un artesano que trabajaba concentrado en una vasija de cerámica, decidí preguntar por el dichoso santuario. —Caballero —dije tratando de imitar el acento de noble. El artesano arqueó una ceja al examinarme de arriba abajo, haciendo mover la barba espesa—. ¿Puede ofrecer indicaciones sobre el santuario? —Existen diversos santuarios, niño —bramó con voz ronca, desde donde estaba plantado, podía oler la cerveza en su aliento—. ¿Qué buscas? —Pues, solo me dijeron que hoy entrenaría y que buscara el santuario —dije. —¿Eres un aspirante a magia? —preguntó cruzando los brazos. —Soy mago principiante, estoy aquí, por asuntos que no le compete. —Entiendo —asintió, tomando bien la conservación a mis asuntos—. Pues, los magos oscuros entrenan en el santuario de SoS. ¿Santuario de SoS?, ¿el hijo del señor del abismo y señora de la oscuridad tiene un santuario en Armatham? —¿Dónde está el santuario de SoS? —pregunté, evitando dar vueltas a la cabeza a un asunto que no conviene por el momento. —Dirección oeste, es visible, es un santuario bastante atractivo —dijo volviendo a la vasija. —Gracias amable caballero —dije al despedirme con un gesto de mano. —No aparentes ser algo que no eres, niño —dijo el artesano sonriendo de medio lado—. El acento noble no queda contigo y, aquí todos somos pobres y ricos por igual. Asentí. —Gracias —hice una reverencia, de manera en como saludamos a los nobles en la vieja capital. —Que Traint bendiga tus pasos —concluyó. Los gruesos muros del santuario se alzaban altos como una muralla, dejando un campo rodeado de pilares y techos rectangulares. Estatuas representativas de granito de las criaturas de la edad nómada, hacían dar un aire místico al entorno. Sacerdotes entraban y salían con rollos de papiro en brazos de los umbrales arqueados, ataviados de sus propios pensamientos. Vasijas con figuras abstractas, símbolos arcanos de la edad nómada, hacían gala en una fila de cada lado de las estatuas. —Lección aprendida —dijo la voz de Jhimoa, tronando en el sitio. El viento en la cima de la muralla ondeaba su escapulario, tenía los brazos cruzados y la capucha baja, dejando que el cabello bailara con el ritmo de la corriente. —Guardar prudencia en tus palabras y limitarse a seguir indicaciones, es prioridad a los magos en este mundo si quieres sobrevivir —dijo. Jhimoa saltó, bajando en picada contra el suelo. Temí que por un momento estrellaría contra el suelo y hasta allí llegarían mis lecciones, pero, estaba pensando errado. Se disolvió con el viento, apareciendo a mi espalda. Me giré al sentir el vendaval empujarme. —Sígueme —dijo a secas. Anduvimos por los grandes pilares del terreno, pasando entre las estatuas. —El santuario de SoS del oeste se construyó durante la época de los nómadas, nuestra primera línea de antepasados. Los habitantes del desierto alababan la labor de un ser alado, desnudo, sin m*****o alguno que definiera su biología, desconociendo si fuese hombre o mujer, decían que tenía dientes puntiagudos y también, poseía en la mitad de la cabeza, una forma triangular donde brillaban tres puntos rojos, suponiendo que serían sus ojos —explicó Jhimoa. —¿Por qué alababan un ser producto del abismo? —pregunté, impresionado al imaginar dicha criatura. —Un maestro de la oscuridad, es poseedor de la luz —contestó Jhimoa. Atravesamos un umbral, adentrándonos en los pasillos del santuario. —Kiria Zarkarliz, una maga oscura principiante será tu compañera de entrenamiento, estoy al tanto de tu interés sobre ella —me miró de soslayo. —Sí —dije. —Entiendo que a tu edad, sentirse atraído por una chica o chico, es natural, pero, Kiria es una habitante de la nueva capital y, velando por tu bienestar, es mejor que mantengas distancia de ella. Otro balde de agua fría, recordando que Kiria es una habitante de la nueva capital. —No te decepciones —suspiró Jhimoa al sentir mi decaimiento. —Tú fuiste una noble y te enamoraste de mi hermano —repliqué. —Zalbion, lo entiendo, pero, ella no es como yo —dijo Jhimoa—. Kiria es una maga oscura y debes mantener distancia de ella, los magos oscuros, por naturaleza, no suelen ser buenas personas. Es absurdo lo que decía Jhimoa. —¿Y tú? —pregunté—. Eres una maga de viento, se supone que los magos de viento son pacíficos y no muestran una expresión atemorizante. —Parece que sigues siendo imprudente —dijo Jhimoa, negando con la cabeza. Llegamos hasta un umbral arqueado donde podía advertir una salida al pasillo. El campo de tierra era mucho mayor de lo que esperaba, al final de las murallas alzadas, estaba una estatua de igual altura, era el ser que había descrito Jhimoa, el ser conocido como SoS, el hijo de la muerte. En medio del campo estaba Arkoa junto a Kiria. Ella estaba sentada, parecida a Jhimoa. Arkoa mantenía los brazos cruzados, la cabeza gacha, como si estuviera meditando sobre algo. —Es tarde, Jhimoa —dijo Arkoa con la misma voz de trueno de Jhimoa al inicio. —Culpa mía no es, Zalbion gusta de pasearse por Jhandosea en vez de ocuparse de sus necesidades —dijo alzando los brazos. ¿Qué?, me dejaste a la suerte y ahora ¿es mi culpa llegar tarde? Clavé la mirada en ella, desconcertado. —En ese caso, Kiria le demostrará a Zalbion lo importante que es la puntualidad y, como esta define la vida o la muerte en una situación de peligro —dijo Arkoa. En un chasquido de dedo de Arkoa, Kiria se levantó, volteando, fijando la mirada en mí. —Kiria —dije al verla. Es hermosa, sigue igual de hermosa como la primera vez que la vi, aunque en este momento me mirase como si fuera a matarme. —Segunda lección —dijo Jhimoa dandome un empujón a mi espalda—. Nunca llegues tarde, podría significar la muerte de tu compañero. No podía ser más sutil, caí de cara contra la tierra. Kiria corrió hacia donde estaba, cargando dos esferas de oscuridad de sus manos. —¡Por Dubinis! —dije al recuperarme. —¡Darklor! —recitó Kiria. Saltó y, manteniéndose en el aire, lanzó ambas esferas de oscuridad. Me volví rayo para esquivarlas. Las dos esferas impactaron con precisión, detonando en un agujero n***o que dejó un crater al desaparecer. —¿Esto es enserio? —pregunté viendo a Jhimoa. —No des la espalda a tu oponente —dijo Jhimoa, entornando los ojos, expulsando una corriente de aire de sus manos que me hizo volver a caer. Venía a toda velocidad, volviendo a cargar ambas esferas. Me puse en pie, reuní energía y disparé. —¡Zaptaria! —recité. De mis dedos índice y corazón, salió un rayo de corto alcance, dandole en el hombro derecho a Kiria. Ella desvaneció las esferas, gruñó apretando los dientes, retrocediendo llevando una mano al hombro. Volví a disparar el rayo en su otro hombro para incapacitarlo, pero ella ladeó con extrema rapidez, formando una esfera de oscuridad, lanzandola hacia mí, y acto seguido, la esfera logró estallar en el vientre. ¿Qué se siente cuando el vacío quiere absorber tu vida?, la sensación de que tus órganos estan siendo succionados bruscamente, deseando gritar de dolor, pero que el impulso de una energía superior a tu fuerza, arremeta como un puñetazo certero en la boca del estómago, mandando tu cuerpo a volar como una muñeca de trapo hasta los límites de una pared. No sé si me habrá roto la espalda cuando estaba en el suelo escupiendo sangre y con el labio tembloroso. Kiria tenía una sonrisa triunfante, con su brazo paralizado. Lucía aún más preciosa cuando trata de inspirar miedo. —¡Excelente! —dijo Arkoa, dando una palmada en el aire—. Para mi impresión, puedes materializarte con tu elemento —miró a Jhimoa—. ¿Obra tuya? —Su hermano, tienen un don especial —contestó. Jhimoa caminó, sonrió con la máscara de la Jhimoa gentil la extrañaba, sentí su sonrisa confortable ante el dolor de mi vientre y se detuvo frente a mi, se agachó y con una mano, transfirió energía de su cuerpo al mío. —¿Los magos de viento pueden sanar? —pregunté. —Sí. Súbito fue la recuperación de mis entrañas, levantándome para ver que Arkoa también había recuperado el brazo de Kiria. —Es un error cuando se les enseña la materialización a tan temprana edad —dijo Arkoa—. Da la sensación de confiarse por llevar delantera a un oponente que no lo domina. —No hagas que te recuerde nuestros días —dijo Jhimoa, riéndose. —Fuiste la primera en aprenderlo, aún lo recuerdo —Arkoa dio unos cuantos pasos atrás de Kiria—. Querida, entrenaremos a nuestro modo, al final del día, volverás a combatir contra Zalbion, mostrando todo lo que has aprendido en el día y en los anteriores. —Entiendo, maestro —hizo una reverencia hacia Arkoa. Ambos se alejaron de nosotros, casi hasta el final del campo. —Bien, Zalbion, eres imprudente incluso en batalla —dijo Jhimoa posicionándose a mi frente—. Vamos a cambiar un poco tu forma de ser un imprudente, enseñándote, lo errores del mismo acto. —¿Cómo lo harás? —pregunté. —Conviertete en rayo en la dirección que quieras —dijo Jhimoa. La miré asustado, sabía lo que podía hacer y realmente, al experimentar el poder de Kiria, no quería saber lo que era capaz Jhimoa y Arkoa. —Hazlo, confía —dijo con la voz maternal del día en que mis padres murieron. En un abrir y cerrar de ojos me desvanecí como un relámpago, apareciendo cerca del sitio donde ya no estaba Jhimoa. —Esto es lo que puede pasar —dijo su voz. El filo de su daga estaba a punto de cortar la yugular, lleve las manos al brazo de ella, temblando, hundiéndome en el miedo de tener un arma tan cerca. No podía dejar de ver el acero destellante. —Cuando te materializas, un mago experimentado, puede seguir tu estela, prediciendo donde estarás, este igualando la velocidad, estará detrás de ti, listo para matarte si tardas en reaccionar como ahora lo estás haciendo —dijo Jhimoa, simulando cortar mi cuello, haciendo un silbido—. A gatas podrías estar, hasta caer con tus manos en el cuello, borboteando sangre hasta nunca despertar. —Hizo un giro con la daga entre los dedos y la guardó en la alforja—. Debes reconocer que la materialización, disminuye considerablemente tu energía, dejandote en peligro ante conjuros de alto riesgo, como lo puedes haber aprendido contra Kiria. Me limité asentir, tratando de memorizar las palabras de mi nueva maestra. —Los magos de trueno son débiles a corto alcance, la ventaja del elemento del trueno, es la distancia y procura, siempre, optar por alejarte de un oponente especializado a corta distancia, que bien, cualquiera puede serlo, incluso tu misma sangre con años de entrenamiento —concluyó Jhimoa la explicación. —¿Zerks podía luchar a corto alcance? —pregunté. —Era bueno a corto alcance conmigo, si sabes a lo que me refiero —dijo Jhimoa sonrojándose, con una risita que solo hacia con Zerks. Saber eso no era importante, pero la respuesta es no. —Zalbion, necesito que entrenemos tu habilidad a distancia, ¡Comencemos! —dijo Jhimoa alejándose con un salto. Dilaciones no había para Jhimoa, era sin dudas y es, una gran maestra. Comenzamos con corregir mis conjuros, la dirección, acumulación de energía y reserva. Estaba exhausto de estar en la tierra tragando arena y es que, Jhimoa no dejaba de atacarme con vendavales, obligandome a defenderme en la distancia. No estaba, por así decirlo, mejorando la ofensiva que me caracteriza, si no, perfecionando la defensiva que aún no sabía dominar. Durante el entrenamiento, me preguntaba ¿Hubiera podido ayudar mejor a Zerks?, era un sentimiento de culpabilidad al saber que seguía muerto, día tras día, teniendo en cuenta de saber que, por desgracia de una mala actitud defensiva ante dos maestros elementales como Camaleón y Salamandra, pudiera evitado una desgracia o al menos, morir junto a él. —¡Concéntrate! —gritó al notar mis cavilaciones. Llegó el final del día, donde el ocaso nos ofrecía un cielo naranja y rosa. Estaba agotado, respiraba con dificultad. —Mejorarás con el paso de los días, mantendremos el ritmo hasta que logres neutralizar mis brazos —dijo acercándose. —Espero no enfrentar a Kiria, estoy exhausto —dije al pensar que ya estaba bajando el sol, dando por concluido el entrenamiento. Jhimoa dejó salir una carcajada. Tenía días o tal vez meses que no la escuchaba reir. —Lo harás y espero no me decepciones —dijo haciendo el gesto familiar. Sonreí ¿Por qué?, el gesto familiar demuestra que aún es la Jhimoa de siempre, la Jhimoa con máscara gentil. —¡Estamos preparados! —exclamó Arkoa desde el otro lado. —Demuestra lo que has aprendido hoy. —revoloteó con la mano mis cabellos y se hizo un lado. Kiria estaba esperándome, lucía cansada, pero con los ojos llenos de ímpetu, ganas de hacerme morder el polvo otra vez. La tierra del entrenamiento con Arkoa estaba pegada al cutis. —¡Ahora! —gritó Arkoa. ¿Otra vez?, ¿sin descanso?, bien, aquí vamos. Ella se dirigió a toda velocidad de nuevo, haciendo las esferas, repitiendo el salto y volviéndolas a lanzar. Las esquivé saltando hacia un lado, uniendo los dedos respectivos para lanzar un rayo de corto alcance. Kiria con el impulso de la energía oscura, se elevó, moviendo un pie sobre una plataforma invisible, hizo dos esferas más, uniéndolas. —¡Zonariom Darklor! —recitó. Una onda circular en el aire dejó impactar en el suelo, ondas oscuras que propagaban una masiva destrucción inducida por el vacío. Me volví rayo para viajar a su altura, posicionandome frente a ella, sus ojos oscuros se abrieron como platos, alzó los brazos, y antes de que yo pudiera disparar el rayo, bajó a tierra, desvaneciendose mi rayo en la distancia. Caí a metros considerable, pensé las limitadas opciones, recordando las palabras de Jhimoa. Kiria hizo dos plataformas de energía para recuperar altura (no, no sé hacer eso), giró en el aire como si fuera un tornado, provocando una acumulación de energía oscura a su alrededor. Yo acumulé energía, preparado para responder a su juego. Cuando se detuvo, había formado una masa oscura considerable, dando coletazos de energía y brotando chispas moradas en el ambiente. —¡Gravitoran! —recitó. Pateó la masa de energía como una pelota. Yo reuní electricidad en un puñetazo y con un rugido, golpeé la masa, devolviéndola, cargándola ahora de electricidad. Kiria hizo lo mismo, igual yo, hasta que la masa fue volviéndose mucho más grande, absorbiendo nuestra energía y, aún mas peligroso, rápida. —Zalbion es bueno —escuché decir Arkoa. —Es hermano de un maestro, mi amado Zerks —escuché el orgullo de Jhimoa. Aquellas palabras me llenaron de valentía y poder, fluyó la energía en mi cuerpo, agilizandolo, adaptándose a la velocidad de la masa de energía oscura y eléctrica. Ahora estaba de un lado a otro, convirtiéndome en relampago, golpeando la masa, devolviéndola mientras Kiria, comenzaba a hacer lo mismo, pero sin volverse humo, era más rápida y a veces no alcanzaba a verla. Llegó el momento que esperábamos, quién absorbería la masa o quien sucumbía ante el poder destructivo. Kiria pateó de nuevo la esfera, veía una enorme bola de oscuridad eléctrica, opacada la vista aérea. Choque mis palmas, preparado para tenerlas al frente.
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