El Contrato Sellado

3740 Words
La sala quedó en silencio tras la partida de David. El eco de sus palabras falsas aún flotaba en el aire, pero Marcela ya había cambiado de máscara: la expresión de enamorada se desvaneció y en su lugar regresó la calma helada de la verdadera heredera. Esteban, que no había perdido detalle de la actuación de su nieta, soltó una carcajada grave, seca. —Ese murgano… —dijo con desdén, encendiendo su habano—. Nunca me cayó bien. Es un emergúmeno de baja estofa, que cree que puede trepar en este mundo a punta de mentiras. Marcela lo miró con un dejo de satisfacción. —Sabía que no iba a resistir su farsa. Tarde o temprano mostrará sus verdaderas intenciones. Esteban se inclinó hacia ella, los ojos fríos como acero. —Por eso mismo no puedes perder el tiempo con tipejos como él. Tu madre y yo pensamos en tu futuro hace mucho. —Abrió el cajón de su escritorio y sacó una carpeta gruesa, forrada en cuero. La colocó frente a Marcela y la deslizó hacia ella con gesto solemne—. Aquí está tu verdadero destino. Marcela arqueó una ceja, tomando el documento. —¿Qué es esto, abuelo? Esteban sonrió con cierta dureza. —Un contrato. El nombre de tu prometido. Alguien digno de ti, digno de nuestra sangre, digno de todo lo que representas. Tu madre y yo lo seleccionamos antes de que ella muriera. Ha estado esperando el momento adecuado… y creo que ese momento ha llegado. Marcela bajó la vista y vio el nombre estampado en tinta negra, elegante, que resaltaba entre cláusulas y sellos notariales. Sus labios se entreabrieron con sorpresa. —¿Él? —susurró, casi sin poder creerlo. El silencio se volvió denso, como si el contrato hubiera liberado una carga oculta en la habitación. Esteban se reclinó en su silla y exhaló humo con calma. —No es una elección, Marcela. Es una alianza estratégica. Con él, consolidarás el poder absoluto de este imperio. Marcela cerró el contrato con firmeza, sus ojos brillando con la misma mezcla de orgullo y rebeldía que su abuelo tanto admiraba. —Si ese es el destino que me fue marcado… entonces lo usaré a mi favor. Esteban sacó de una caja de terciopelo azul un objeto que brillaba bajo la luz del salón de juntas privado. Lo colocó frente a su nieta, con solemnidad. —Nunca me ha caído bien ese mequetrefe, ese energúmeno, Marcela. Tu madre y yo, mucho antes de que todo esto ocurriera, pensamos en asegurarnos de que jamás volvieras a ser utilizada como con José María. —su voz tembló apenas, pero se sostuvo con autoridad—. Ya estaba decidido quién sería tu prometido. Marcela entrecerró los ojos, sorprendida. Esteban deslizó hacia ella un contrato en carpeta de cuero y, junto a él, un reloj de muñeca antiguo. Era una pieza única: platino trabajado a mano, engastado con zafiros azul profundo que parecían reflejar exactamente el color de los ojos Vallejo. La correa, en cuero marino, estaba impecablemente conservada. —Él te lo envió. Dice que así sabrás que el tiempo puede atarse a la muñeca, pero jamás se detiene. Marcela lo sostuvo con cuidado, casi con reverencia. El azul de las gemas dialogaba con el de sus propios ojos, como si aquella joya hubiera sido pensada para ella desde siempre. Esteban prosiguió: —Su nombre es Michael Mayer Tissot. No necesita de nosotros para existir: tiene hoteles, aerolíneas, bancos, universidades y hasta un equipo de fútbol. No es un parásito. Es un titán, criado en la misma disciplina férrea que nuestra familia. Y, a diferencia de José María, no busca lo que tenemos: quiere forjar algo que el mundo aún no ha visto. Marcela alzó la mirada hacia su abuelo. —¿Una alianza, entonces? Esteban sonrió de medio lado, con esa dureza característica de los Vallejo. —Exactamente. Una unión de sangre y poder. Marcela sonrió, aunque por dentro el recuerdo le atravesaba como una daga fría. Ese apellido… Tissot. Lo había escuchado antes, en su otra vida. Una noche, mientras aún estaba atrapada en el cuerpo débil y marcado por el accidente, leyó en los periódicos el encabezado: “Michael Mayer Tissot, magnate internacional, muere en un accidente aéreo”. Nunca fue un hecho del todo claro. Los rumores hablaban de un fallo mecánico, otros de una tormenta, pero ella recordaba con nitidez un detalle: su primo Adrien había sido el gran beneficiado después de esa tragedia. El zafiro del reloj brilló entre sus dedos, azul como un presagio. “Así que eras tú…”, pensó. En esa vida lo perdió antes de siquiera conocerlo. Ahora estaba de vuelta, y el destino parecía jugar de nuevo con sus cartas. Aun así, Marcela sabía mantener su máscara. Su sonrisa se suavizó, fingiendo la ilusión ingenua de una muchacha que había esperado demasiado por amor. —Abuelo… me honra la elección. —besó el dorso de la mano de Esteban con elegancia. Por dentro, su mente ardía. Su boda con David no sería un cuento de hadas, ni mucho menos un error. Sería el escenario perfecto para su juego maestro. Un evento brillante, lujoso, inolvidable… ardiente, literalmente hablando. Marcela guardó el vestido blanco cuidadosamente en su armario, dejando que el polvo de fósforo quedara solo como un recuerdo de advertencia para ella misma. Sabía que todo debía ejecutarse con paciencia y precisión, como siempre lo había hecho en su vida pasada. Mientras observaba desde el ventanal de la mansión los jardines que alguna vez la habían calmado, su mente hilaba un plan tan frío como perfecto. Los tórtolos… Claudia, su media hermana, y su amante, serían los primeros en caer. La sonrisa de Marcela se dibujó con suavidad, pero su mirada brillaba con fuego contenido. La intención no era simplemente vengarse: era mostrarles cómo la astucia y la inteligencia pueden ser armas más mortales que la violencia. —Primero, Claudia —murmuró, acariciando su cabello pelirrojo—. No saben que la vida pasada ya me enseñó todo. Y no habrá forma de escapar de lo que les espera. La boda que planearía para ellos sería su jaula: un evento que parecería celebración y unión, pero que en realidad sería el primer movimiento de su venganza. Cada detalle, cada invitado, cada gesto… estaba calculado para desarmar su arrogancia y exponer su culpa. Marcela cerró los ojos un instante, disfrutando de la anticipación. No había prisa. Los tórtolos no sospechaban nada, y la vida le había dado otra oportunidad para corregir todos los errores del pasado. —Que la diversión comience —susurró—. Y que la primera en arder… sea Claudia. El Hotel Imperial estaba en caos. Un enjambre de fotógrafos y reporteros rodeaba la suite presidencial. Los flashes disparaban sin cesar, iluminando cada gesto, cada mirada. Claudia y David Ferrer fueron pillados en plena intimidad, envueltos en ropa arrugada y miradas nerviosas, incapaces de reaccionar ante el escándalo que se desataba. —¡Señor Ferrer! —gritó un periodista—, ¿es cierto que mantiene una relación con Claudia mientras su boda con Marcela Vallejo se aproxima? —¡Claudia, confiese! —añadió otro, cámara en mano—, ¿son amantes desde hace meses? La pareja, atrapada entre la sorpresa y la vergüenza, solo atinaba a balbucear excusas mientras la prensa registraba cada movimiento, cada gesto comprometedor. Las fotografías y los videos comenzarían a recorrer todas las r************* , destruyendo cualquier ilusión de discreción. Mientras tanto, en la Mansión Vallejo, Marcela observaba todo desde la pantalla de su despacho. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de calma y malicia. Cada flash, cada rumor, cada comentario capturado era parte de su plan. Ella no interrumpió la relación clandestina entre David y Claudia; al contrario, la alimentó con pequeñas migajas de confianza. Se mostró como la misma mujer ingenua y enamorada de antes, permitiéndoles creer que aún controlaban el juego. Todo mientras preparaba la bomba mediática que los haría caer. —Que disfruten de su amor falso —susurró Marcela, con un ligero giro de sonrisa—. Todo será aún más dulce cuando el mundo lo vea. El día de la boda, Marcela dejó que los rumores corrieran libremente: que Claudia había sido vista demasiado cerca de David, que existían tensiones internas en la familia Vallejo, que el ambiente no era el ideal. Ella misma alimentó a la prensa con comentarios ambiguos, asegurando que “confiaba ciegamente en su prometido”, mientras dejaba que las fotografías y los videos públicos hicieran el resto. Más tarde, ante la mirada incrédula de los presentes, Marcela anunció con serenidad: —No intervendré en el amor verdadero de nadie… solo quiero que sean felices. Pero los flashes continuaban, registrando la humillación, y Marcela, tras su fachada de dulzura, planificaba silenciosamente cada movimiento siguiente de su venganza. La bomba mediática había estallado y su control sobre el destino de David y Claudia estaba asegurado. Marcela Vallejo sonrió mientras revisaba los últimos detalles de la boda que había organizado. El mundo entero estaba invitado: la prensa más voraz, empresarios, figuras políticas y miembros selectos de la realeza del círculo social. Todo era impecable, lujoso, perfecto… pero solo desde la apariencia. La boda “de ensueño” era un escenario, y ella el titiritero. David Ferrer creía que la celebración sería su momento de gloria junto a Claudia, pero no tenía idea de que cada hilo del evento estaba bajo el control absoluto de Marcela. Días antes del gran día, Marcela envió a Claudia una caja dorada con un vestido de novia blanco, exquisito en cada detalle, pero impregnado con un delicado polvo de fósforo, invisible al ojo humano. Cada pliegue, cada bordado, estaba destinado a un propósito que solo Marcela conocía. A David le llegó un traje de corte impecable, acompañado de un conjunto de tiara y joyería igualmente venenoso. Ambos regalos estaban acompañados de una nota escrita con la dulzura venenosa característica de Marcela: “Para que luzcas como la reina que siempre soñaste ser, querida Claudia. Y para que mi futuro esposo esté a tu altura. Con cariño, Marcela.” Mientras la prensa comenzaba a llegar y los flashes iluminaban la mansión, Marcela observaba desde su despacho. Cada sonrisa fingida de Claudia y cada gesto nervioso de David eran como música para ella. Había permitido que se sintieran dueños del juego, que pensaran que aún tenían algún control, mientras ella tejía la trampa perfecta. El día de la boda, los invitados se maravillaron con la decoración, el lujo y el ambiente de celebración. Pero detrás de la perfección, Marcela sonreía. Cada paso, cada mirada, cada interacción estaba cuidadosamente planeada. La humillación de David y Claudia sería pública, mediática, inevitable. La prensa capturaría todo, y el mundo entero presenciaría cómo la pareja que creía controlar todo caía en la red que Marcela había tejido con paciencia y precisión. Y en lo más profundo, Marcela sabía que la verdadera victoria no estaba solo en la humillación de sus enemigos, sino en demostrar que ella, a sus 28 años, era la única dueña de su destino y del legado Vallejo. El sol de mediodía iluminaba la mansión Vallejo con una claridad casi cegadora. Los jardines de glicinas multicolores brillaban bajo la luz, y cada pétalo parecía vibrar con la expectativa que llenaba el aire. La prensa se había apostado estratégicamente, con cámaras listas y micrófonos preparados para capturar cada detalle del evento. Empresarios, políticos y miembros de la realeza entraban con pasos medidos, ajenos a la tensión que latía bajo la fachada de la celebración. Marcela Vallejo apareció en el balcón principal, radiante en un vestido elegante y moderno, pero sin ser la novia. Su cabello pelirrojo reflejaba los rayos del sol, y sus ojos azules destilaban calma absoluta. Para cualquier observador, ella era la anfitriona perfecta, la dueña de la casa que recibía a sus invitados con gracia y seguridad. Pero nadie sospechaba que cada sonrisa y cada gesto era parte de un plan calculado desde meses atrás. David Ferrer llegó con Claudia, ignorando que cada movimiento estaba siendo observado y documentado. Su falsa seguridad comenzaba a resquebrajarse cuando los flashes de los fotógrafos captaban sus sonrisas forzadas y sus manos entrelazadas con rigidez. Cada invitado que pasaba cerca de ellos era una oportunidad para que la prensa notara cualquier señal de tensión, y Marcela se aseguraba de que cada cámara estuviera en el ángulo correcto. Los invitados se acomodaban, algunos murmurando entre ellos sobre los rumores que habían circulado durante semanas: los supuestos conflictos internos, la cercanía entre Claudia y David, las tensiones familiares que, según algunos, amenazaban con arruinar la boda. Marcela dejaba que estos susurros se filtraran, permitiendo que la ansiedad creciera, que la presión mediática hiciera su trabajo antes de que siquiera comenzara la ceremonia. En su despacho, Marcela repasaba mentalmente cada detalle: el polvo de fósforo en el vestido de Claudia, el traje de David, los tiempos exactos para que la atención de la prensa estuviera centrada en ellos. Su calma contrastaba con la impaciencia y el nerviosismo que emanaban de los futuros esposos. Cada segundo que pasaba acercaba el momento en que la trampa se activaría, y Marcela disfrutaba de ver cómo la tensión crecía, cómo su plan se desplegaba con precisión milimétrica. Mientras tanto, José María y Perfecta observaban desde un costado, creyendo aún que podían influir en los acontecimientos. Marcela sonrió levemente, consciente de que incluso su presencia no podía alterar el destino que ella había escrito para David y Claudia. El reloj marcaba los últimos minutos antes de que el evento principal comenzara. Los invitados estaban listos, la prensa preparada, y la mansión vibraba con la expectación de un drama que pocos podrían olvidar. Marcela, tranquila y elegante, aguardaba el momento exacto para dar el primer paso de su venganza, segura de que todo estaba bajo su control. El humo se hizo más denso, y un leve crujido comenzó a escucharse desde la tela del vestido de Claudia y el traje de David. Los invitados, que hasta ese momento sonreían y posaban para las fotos, empezaron a retroceder alarmados, murmurando y señalando el fenómeno. La prensa no podía creer lo que veía: flashes, gritos y cámaras capturando cada instante. —¡Llamen a seguridad! —gritó un asistente, mientras David intentaba apartar a Claudia—. ¡Algo está ardiendo! Claudia chilló al sentir cómo la tela comenzaba a quemarle la piel, y David también reaccionó con horror al percibir el calor que emanaba de su traje. Sus manos intentaban apagar la llama invisible, pero cada movimiento era inútil, porque el fuego químico había sido calculado para reaccionar con la luz y mantenerlos vulnerables hasta que la ayuda externa pudiera intervenir. Desde el balcón, Marcela permanecía impasible, sus ojos azules brillando con una mezcla de satisfacción y rabia contenida. Recordó su propia experiencia: las quemaduras, el dolor que nadie había aliviado, el abandono absoluto de aquellos que ella había protegido y amado. Ninguna mano amiga había estado allí para ella, ningún grito la había salvado. Ahora, era su momento. El día había llegado. La mansión Vallejo estaba transformada en un escenario de lujo y perfección, preparado para una boda que todos creían verían como un evento soñado. Pero la verdadera protagonista no era la novia ni el novio, sino Marcela Vallejo. Radiante, impecable y aparentemente ciega al amor y la traición, caminaba entre los invitados, saludando con dulzura a la prensa y empresarios, mientras sus ojos azules brillaban con un fuego invisible. Días antes, Marcela había enviado los regalos cuidadosamente calculados: a Claudia, un vestido de novia blanco guardado en una caja dorada, acompañado de un conjunto de tiara y joyería; a David, un traje de corte impecable. Cada prenda impregnada con un delicado polvo de fósforo, invisible al ojo humano, esperando solo el primer rayo de sol para activarse. Junto a los regalos, una nota de dulzura venenosa: “Para que luzcas como la reina que siempre soñaste ser, querida Claudia. Y para que mi futuro esposo esté a tu altura. Con cariño, Marcela.” Marcela observaba con calma mientras los invitados llegaban, incluidos empresarios, figuras políticas, miembros de la realeza y, por supuesto, la prensa. Cámaras y flashes capturaban cada momento, sin saber que estaban siendo cómplices de una escena que quedaría marcada en la historia del círculo social. Los rumores de los días previos –que Claudia y David se habían acercado demasiado, que había tensiones internas en la familia Vallejo– habían hecho que todos miraran con atención y expectación. Marcela, la mujer que parecía tonta y enamorada, se mantenía en su papel, alimentando la ilusión de ingenuidad. El mediodía llegó con un sol brillante que se filtraba a través de los ventanales. Fue entonces cuando el polvo de fósforo comenzó a activarse. Al principio, pequeñas humaredas surgieron en los trajes de David y Claudia, rápidamente acompañadas de un olor a quemado que hizo que todos los invitados contuvieran la respiración. —¡Fuego! —gritaron los primeros asistentes, mientras las cámaras capturaban cada instante del caos. David y Claudia entraron en pánico, moviéndose desesperadamente para intentar apagar las llamas que empezaban a manchar sus atuendos. Las quemaduras eran moderadas, visibles, humillantes, pero suficientes para provocar un escándalo monumental. Los invitados retrocedían, horrorizados, mientras Marcela permanecía erguida, elegante, con un semblante sereno que contrastaba con la violencia e impaciencia de los afectados. —Un pequeño accidente con los preparativos del evento —dijo Marcela con voz dulce y firme, recorriendo el salón—. Afortunadamente, todo está bajo control y nadie resultó gravemente herido. Nadie sospechaba que detrás de esa calma perfecta estaba la venganza más calculada. Cada movimiento, cada gesto, había sido planeado con años de preparación: David, el hombre que la había usado y traicionado; Claudia, la media hermana amante de su futuro esposo; todos recibirían su castigo, pero Marcela no mostraría sus cartas al mundo. Mientras los bomberos y el personal del lugar ayudaban a David y Claudia, Marcela se retiró con paso elegante. Los flashes de las cámaras la capturaban radiante, serena, triunfante. Cada invitado, cada periodista, cada empresario quedó impresionado ante su autoridad y compostura, sin imaginar que la mujer que todos creían ingenua era en realidad la mente detrás del caos que acababa de humillar públicamente a los traidores. David y Claudia, con quemaduras moderadas y manchas visibles en sus trajes, eran trasladados de urgencia, completamente derrotados, mientras la prensa documentaba cada detalle, interpretándolo como un accidente desafortunado. Nadie podría imaginar que cada segundo de aquel evento había sido cuidadosamente planeado por Marcela. Al salir del salón, Marcela respiró hondo, dejando que la adrenalina y la satisfacción de la venganza recorrieran su cuerpo. Su legado estaba intacto, su autoridad demostrada, y la justicia –al menos la suya– finalmente servida. El mundo había visto a la nueva Marcela Vallejo: poderosa, calculadora y completamente indomable Después del caos de la boda y mientras los bomberos y asistentes lidiaban con los efectos del polvo de fósforo, Marcela se retiró con elegancia, ignorando las miradas curiosas y los murmullos de los invitados. Su siguiente movimiento era estratégico: un almuerzo con Michael Mayer Tissot. Aún no se conocían demasiado, pero la situación requería establecer una alianza, aunque la confianza sería un juego lento y medido. El restaurante elegido era discreto, elegante, con ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde. Marcela llegó primero, sentándose en la mesa junto a una vista del jardín del lugar. Su cabello rojo brillaba bajo la luz y sus ojos azules reflejaban una mezcla de calma y alerta; todo en ella irradiaba control absoluto, incluso después del escándalo de minutos antes. Poco después, Michael apareció. Su porte alto y elegante, combinado con esos ojos gris oscuro que parecían ver más de lo que decían, lo hacía imposible de ignorar. Al pasar junto a ella, sus ojos se encontraron. Un instante de reconocimiento cruzó entre ambos; Michael recordó vagamente a la mujer con la que había tropezado en el aeropuerto, distraído por sus propios pensamientos, y Marcela también lo reconoció, dándose cuenta de que aquel hombre del aeropuerto era el mismo que ahora se sentaba frente a ella. —Señorita Vallejo —dijo él, con una voz firme, pero con un matiz de sorpresa y curiosidad—. Es un gusto finalmente conocerla adecuadamente. —Michael Mayer Tissot —respondió Marcela, estrechando su mano con delicadeza—. El gusto es mío. Creo que ya nos hemos visto antes, ¿no? En el aeropuerto. Michael sonrió ligeramente, un gesto que combinaba cortesía y fascinación. —Sí… lo recuerdo perfectamente —dijo—. Fue un encuentro inesperado, pero ahora me alegra que tengamos la oportunidad de conversar con calma. Mientras los meseros servían los primeros platos, Marcela mantuvo la postura perfecta de la mujer encantadora y segura, dejando que Michael hablara de sus empresas, su visión global y sus intereses estratégicos. Ella escuchaba con atención, pero no dejaba de analizar cada gesto, cada palabra. Por primera vez desde su regreso, se dio cuenta de que este hombre no solo tenía poder y riqueza, sino una inteligencia que podía equiparar a la suya en términos de visión y planificación. —Debe ser un alivio regresar a tu tierra después de tanto tiempo fuera —comentó Michael, con un tono casual, observando cómo Marcela manejaba la situación en su boda anterior a través de los mensajes en su celular—. Debe ser un mundo completamente distinto al que dejaste. —Sí… y a veces, más cruel —respondió Marcela, con una sonrisa suave, fingiendo inocencia, mientras en su mente trazaba los próximos pasos de su estrategia. Su actuación era perfecta: la misma mujer tonta y enamorada que David pensaba que era, mientras empezaba a evaluar silenciosamente a Michael, su posible aliado y quizá algo más. El almuerzo continuó, entre presentaciones formales, intercambio de historias empresariales y observaciones calculadas. Ninguno de los dos podía sospechar todavía cuánto se cruzarían sus caminos y cómo su relación, comenzando con precaución y curiosidad, se volvería clave para los próximos movimientos de Marcela. Cuando se despidieron, un leve brillo de reconocimiento cruzó sus ojos: Marcela sabía que había encontrado a alguien que podía comprender su ambición y Michael comprendió que había frente a él a una mujer que no era lo que parecía, y cuyo poder estaba apenas comenzando a revelarse..
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