La puerta se cerró con un clic suave, pero el eco pareció quedarse suspendido en la habitación, como si la presencia de Martín aún no se hubiera ido del todo. Bianca fue la primera en moverse: caminó hacia la puerta, la abrió apenas y miró hacia el pasillo, buscando a su guardaespaldas. No estaba. Ni rastro de él. Una creciente preocupación se apoderó de ella de inmediato. —Esto no me gusta nada —murmuró, cerrando de nuevo y volviendo al lugar en el que se encontraba su amiga. Luna seguía sentada en la cama, con la mirada perdida en el suelo. No lloraba, no temblaba. Pero su respiración era demasiado lenta, demasiado medida, como si su cuerpo intentara procesar algo que su mente aún no podía aceptar. Con tensión apretó la sábana que tenía tomada. Quería gritar, romper, golpear. —Luna…

