Luego de estar un momento sentada en la banca de la plaza, Bianca se decidió a ir al departamento a buscar sus pertenencias. Necesitaba encontrar un lugar donde pasar la noche y no podía permitirse perder demasiado tiempo. Además, no quería por ningún motivo encontrarse con Marcos. No estaba preparada para enfrentarlo, aunque presentía que tarde o temprano ocurriría.
Caminó hasta la parada del autobús. Solo esperó unos minutos antes de que llegara; era una suerte no tener que aguardar más tiempo. Treinta minutos después, estaba frente al edificio. Lo que hasta hacía unas horas había llamado "su casa" ahora se le presentaba como un escenario ajeno. Ya sabía que nunca lo había sido.
Al ingresar y observar el lugar, una oleada de recuerdos la invadió. En cada rincón había algo que le recordaba a él, a la versión que ella había creído amar. El ambiente estaba impregnado de su presencia. Se sintió como una intrusa. Avanzó unos pasos, pero se detuvo. Todo le resultaba extraño. Pensó en lo ingenua que había sido, y esa idea le provocó una sonrisa amarga.
El departamento tenía una única habitación, cómoda y bien iluminada. Había una pequeña cocina comedor y una sala de estar decorada en tonos pastel: celeste, amarillo y blanco. Los muebles eran delicados, de estilo moderno. El sofá, por sí solo, costaba más de lo que Bianca ganaba en un año. Nunca habría podido permitirse algo así. Todos los objetos, la decoración, la distribución habían sido seleccionados por Marcos. Jamás le permitió opinar o elegir algún detalle. Ahora comprendía por qué: tenía miedo de que su gusto no estuviera "a la altura".
Se sentía sofocada. El olor del lugar, las texturas, los detalles... todo era él. Tomó asiento en el sofá y se permitió llorar sin contención. Las lágrimas rodaron sin medida, como si no se fueran a detener. Pensó, casi con ironía, que podría formar una laguna con ellas.
Después de llorar largo rato, se obligó a reaccionar. Debía buscar dónde dormir. Miró su teléfono, todavía con esa tonta esperanza de encontrar algún mensaje de Marcos. Pero no había nada. Ni una llamada, ni una nota. El silencio confirmaba lo que ya sabía.
Suspiró con fastidio. ¿Por qué esperaba algo? ¿Por qué todavía quedaba esa parte vulnerable que creía en él? Lo mejor era que no se comunicara. Ya sabía quién era. No quería seguir engañándose.
Se levantó con calma y fue hacia la mesa de noche. Sacó una pequeña caja donde guardaba dinero en efectivo. El resto estaba en su cuenta bancaria. Siempre se había administrado con cuidado. Marcos se encargaba de los gastos de la casa y también del supermercado. Fue en ese instante cuando comprendió otra verdad: había sido una amante mantenida y no lo había notado.
Se sintió ridícula. Tantos años sola, tantos intentos por salir adelante, tantos sueños de ser amada… y al final, confundió el deseo con el amor. Ahora lo entendía: Marcos no la amaba. Solo quería tenerla a su disposición. Se arrepentía de haber entregado tanto, no por pudor ni por prejuicio, sino por haberlo hecho con quien la veía como una posesión.
Tomó sus documentos, el dinero, y guardó algunas prendas que eran realmente suyas en un bolso pequeño. Salió del departamento sin volver a mirar atrás. Necesitaba buscar un lugar económico donde pasar la noche. No sabía cuánto tiempo le tomaría encontrar un nuevo empleo, así que debía cuidar cada recurso.
Al llegar a la zona céntrica, buscó un autobús y descendió a unas cuadras de un hotel modesto. Era limpio, sencillo, justo acorde a su presupuesto. Al ingresar, pidió una habitación por una noche. No quería pensar más. Solo deseaba descansar.
Se recostó en la cama, aún con la ropa puesta. Cerró los ojos. Pero antes de dormirse, su teléfono vibró. Marcos le había escrito.
"Cariño, lamento no haberte podido ver hoy. Surgieron algunos imprevistos en la empresa, nada grave. Mañana debo viajar y estaré fuera unas semanas. Si todo sale bien, vamos a poder expandirnos. Vas a estar muy orgullosa de mí. Te amo, deséame suerte."
"Te extraño, mi amor. Por favor cuídate en mi ausencia. Cuando vuelva, hablamos sobre el trabajo. No me gusta verte limpiando la suciedad de otros."
"Otra vez te digo: TE AMO."
Bianca leyó los mensajes varias veces. No tenía intención de responder, pero temía que, si no lo hacía, él insistiría o incluso la llamaría. Lo mejor era contestar algo breve, neutral.
Maldito hipócrita, pensó. Ahora que conocía su verdadera cara, esos mensajes le resultaban vacíos. Finalmente comprendía el sentido de aquella metáfora que había leído alguna vez: era como un jarrón hermoso por fuera, pero vacío por dentro.
Escribió una respuesta breve.
"Te deseo todo lo mejor en tu viaje."
Sabía que Marcos leería en ese mensaje lo que ella quería expresar: indiferencia. O quizá no. Lo importante era que ella ya había terminado con esa historia. Apagó el teléfono y se quedó dormida.
En otro punto de la ciudad, Marcos estaba conforme con el resultado del almuerzo. Aunque Giovanni Rossi, el primo de Adriana, le pareció un hombre altivo, confiaba en que podría obtener de él una inversión. El encuentro había sido tenso pero productivo.
—Hola, primo. Estoy feliz de que estés aquí en esta ocasión tan especial. No sería lo mismo sin ti —dijo Adriana, con una voz aguda que rebotaba por el salón.
—Hola, Adriana. Vine porque tengo algunos negocios que atender en la ciudad —respondió Giovanni, con tono seco. No mostraba entusiasmo.
—Giovanni, te presento a mi prometido, Marcos.
—Un gusto, Marcos. Giovanni Rossi para servirte.
La mirada de Giovanni era firme, analítica. Parecía observar más allá de las palabras. Adriana, mientras tanto, se desvivía por atenderlo y hablarle de los planes de boda. Marcos procuraba mostrarse amable y seguro. Pronto la conversación viró hacia los negocios.
Giovanni era dueño de una transnacional con presencia en diversas industrias: alimentación, moda, seguridad, tecnología, entre otras. En ese momento, estaba invirtiendo en bienes raíces. Su presencia en Ciudad Azul se debía a la posible adquisición de un hotel junto al mar, para convertirlo en un resort de alto nivel.
Durante la comida, Marcos intentó presentar su empresa de transporte como una oportunidad para diversificar. Giovanni lo escuchó, aunque en silencio. No era fácil de leer.
Las mujeres en el restaurante los miraban con atención. La presencia de ambos hombres resultaba llamativa: atractivos, seguros, rodeados de cierta aura de poder. Algunas observaban con admiración, otras con envidia. Adriana disfrutaba de ser parte de esa escena, sabiendo que era el centro de todas las miradas.
Marcos, sin embargo, estaba inquieto. No había logrado hablar con Bianca. Temía que hubiera escuchado la conversación con su padre. Temía que se hubiera cruzado con Adriana. Tenía que asegurarse de que todo siguiera como antes. Cuando volviera del viaje, pensaba explicarle todo. Quería convencerla de que la amaba, de que el matrimonio era solo un acuerdo necesario, no una traición. Necesitaba retenerla.
Finalmente logró separarse de Adriana unos minutos y enviarle los mensajes. Breves, pero calculados. Que supiera que iba a estar ausente, que pensara en dejar el trabajo, que siguiera creyendo en su amor.
Al recibir su respuesta —escueta, neutra— se sintió algo confundido, pero no le dio demasiada importancia. Justo en ese momento, Adriana regresaba. Guardó el teléfono y la saludó con un beso.
Subieron al auto rumbo a una pequeña reunión de amigos. Era una despedida de solteros organizada para ambos.
Lo que Marcos no sabía era que no solo estaba diciendo adiós a su soltería. Estaba empezando a perder algo mucho más valioso: el control, la certeza, y la única persona que lo había amado sin condiciones.