La noche le dio paso al día. Bianca aún dormía, aunque solía despertar antes del amanecer. A pesar de todo, había logrado descansar profundamente. La cama del hotel era sorprendentemente cómoda. Se levantó sin entusiasmo, se duchó, se arregló apenas y bajó a desayunar.
Al llegar a la cafetería pidió su café preferido y una dona. Se sentó en una mesa junto a la ventana. Disfrutaba de la tranquilidad del lugar. En medio de todo lo vivido, se sentía extrañamente en paz. No porque las heridas estuvieran sanadas, sino porque tenía la certeza de que había dado todo de sí. Lo que recibió a cambio fueron mentiras y engaños.
Pensó, por un momento, en presentarse en la iglesia donde se celebraría el matrimonio y arruinar todo. Imaginó la expresión de pánico en el rostro de Marcos, la furia de Adriana, el juicio del padre de él. La idea le causó gracia. Sonrió en silencio. Pero enseguida sacudió la cabeza. No era de esa clase de persona. No necesitaba venganza. Lo que sí iba a hacer era seguir con su vida, lejos de esa gente. Lamería sus heridas cada día, hasta que dejaran de doler. Sabía que llegaría el día en que despertaría y todo parecería una pesadilla lejana.
Sacó su teléfono y marcó el número de Casandra, la mujer que dirigía la pensión donde había vivido al salir del orfanato. Si no tenía lugar disponible, quizá conociera a alguien que sí.
—¿Hola, Casandra? _ preguntó en cuanto la llamada se conectó.
—Hola, ¿quién habla? _ la voz de la mujer sonó familiar, cálida, amistosa.
—Soy Bianca, ¿me recuerdas? – la seguridad se había apoderado de ella en ese momento. Era como si presintiera que todo saldría bien.
—Mi niña, ¿cómo no voy a recordarte? ¿En qué puedo ayudarte? – la alegría de escucharla era evidente en la manera de expresarse de la mujer.
—Estoy buscando un cuarto. Dejé el departamento donde vivía y me quedé sin trabajo. Quería saber si tienes lugar – preguntó sin dilación, no quería dar demasiados rodeos.
—Ay, mi niña, no tengo disponibles ahora, pero sé quién puede ayudarte. Te paso la dirección de mi hermana Amalia. Ella solo hospeda mujeres. Dile que vas de mi parte. ¿Te he hablado de ella alguna vez? – la familiaridad en el trato logró que Bianca se sintiera aún más cómoda y esperanzada, después de todo si era hermana de Casandra debía ser una gran persona.
—Sí, la recuerdo. Gracias, Casandra – la conversación continuó unos minutos más, los temas eran cotidianos y poco importantes, Bianca no quería contar y Casandra no se atrevió a preguntar.
Una vez la llamada terminó, la joven pidió lápiz y papel al mozo y anotó los datos que le dictaba. Se sintió aliviada era claro que no todo estaba perdido, mientras el sol saliera sobre el horizonte, había posibilidades. Sonrió sin saber que pronto se avecinaría una nueva tormenta.
Salió de la cafetería y decidió caminar. La casa no quedaba lejos, y necesitaba despejarse. El aire frío le rozaba la piel, le aclaraba la mente. Pensaba en su futuro, en lo difícil que sería comenzar de nuevo, pero también en que no se dejaría vencer, si algo le había enseñado su adorada madre era a seguir, aunque el mundo estuviera en contra, continuar luchando, la felicidad valía el precio, lo único que no se podía hacer era, ser feliz a costa de la desdicha del otro.
Después de unos cuarenta minutos de caminata llegó al lugar indicado. Levantó la vista y quedó impresionada. La casa era hermosa. Tenía un estilo antiguo, con piedras grises en la fachada, amplios ventanales de vidrio labrado en diversos colores y una puerta de madera de doble hoja tallada. Parecía salida de otro tiempo, si ella fuera decoradora, o arquitecta, y tuviera dinero, seguramente intentaría restaurarla y devolverle toda la gloria que seguramente algún día tuvo.
Llamó a la puerta. Una mujer de unos cincuenta años la recibió con una sonrisa amable. Tenía el cabello rubio claro, ojos color miel y piel muy pálida, casi como porcelana. En ese momento Bianca sintió que estaba en su hogar.
—Buen día, ¿en qué puedo ayudarte? – fue la pregunta que recibió de inmediato.
—Soy Bianca León, vengo de parte de Casandra – dijo con evidente timidez.
—Claro que sí. Mi hermana me ha hablado muy bien de ti. Pasa, tengo una habitación que te va a encantar- el recibimiento fue increíblemente familiar, era como si esa mujer llevara tiempo esperándola.
Entraron juntas. Por dentro, la casa era aún más espléndida que por fuera. Un gran salón con muebles clásicos y detalles cuidados. Las habitaciones estaban en el primer piso. Cada una contaba con baño privado, cama amplia, mesa, silla, placard, cómoda y una gran ventana con balcón que daba a un jardín impecable. Para acceder a ellas se debía subir por una increíble escalera caracol, era de madera de roble con barandal labrado con el mismo estilo de la puerta. Se sentía como si este lugar hubiera pertenecido o perteneciera a personas muy adineradas.
Bianca no podía hablar. Estaba asombrada. El lugar era mucho mejor que el departamento donde vivía con Marcos. Entonces pensó en algo importante.
—Es todo muy hermoso, pero… ¿cuánto cuesta el cuarto? —preguntó con evidente preocupación.
—Tranquila. Cobro lo mismo que mi hermana. No lo hago por dinero, sino por ayudar. Ya te contaré mi historia algún día. Puedes ir a buscar tus cosas. Aquí viven cuatro chicas más, dos de ellas son pareja. Cuando las conozcas te vas a sentir en familia –
Bianca abrió los ojos con sorpresa. No solo el lugar era ideal, sino que estaría rodeada de mujeres, sin temor a ningún tipo de acoso como el que había sufrido en otros sitios. Sentía que podía respirar. Solo le faltaba conseguir empleo.
Salió con rapidez rumbo a la parada del autobús. No quería caminar más, ya estaba cansada. En quince minutos se encontraba cerca del hotel. Tenía mucha hambre. Apenas vio un restaurante, entró y pidió comida.
Deseaba pasta, pero también carne y vegetales. Comenzó con unos ñoquis. Luego pidió carne asada con papas. Comió con desesperación. Sentía que no se había alimentado correctamente en días. Por fin, satisfecha, se puso en marcha hacia el hotel. El cielo estaba nublado, el frío se intensificaba. Apuró el paso para no quedar atrapada en la lluvia.
Al ingresar al lobby del hotel, comenzó a marearse. Pensó que tal vez había comido demasiado. Alcanzó a llegar hasta el ascensor, pero ahí se detuvo. Luego, nada.
Cuando abrió los ojos estaba en una sala blanca, rodeada de camas. Aunque confundida, reconoció enseguida el lugar, era la guardia de un hospital público. Médicos y enfermeros iban de un lado a otro. Todo era caos, movimiento perpetuo, ruido era constante. Al intentar incorporarse, sintió que el mareo persistía, por lo que se quedó en la misma posición un poco más, pero, un joven de bata blanca, que había visto la situación, se acercó rápidamente.
—Tranquila. No se levante aún. Le estamos controlando la tensión. Sufrió un desmayo en el Hotel Carol y la trajeron aquí. En unos minutos tendremos los resultados de los análisis. Si están en orden, podrá irse. ¿Desea que llamemos a alguien? –
Hablaba sin pausa, casi sin respirar, y no esperó respuesta. Se dirigió a otra cama, donde un hombre gritaba de dolor, esa era la rutina constante de un hospital público, siempre saturados de personas, todas en estados delicados y con pocas capacidades edilicias y, lo que es peor, humanas.
—No se preocupe —dijo una enfermera que se acercó—. El doctor Alister es así. Muy eficaz, aunque parece apurado todo el tiempo. ¿Quiere que llamemos a alguien? – repitió la misma pregunta que antes el doctor.
—No, no tengo a nadie. Estoy bien —respondió Bianca.
La enfermera la miró con una expresión difícil de leer. ¿Compasión? ¿Incredulidad? No importaba. Había sido amable, y eso no era algo que siempre le pasaba.
Bianca se recostó. Largó un suspiro y se dispuso a esperar los resultados. Revisó el teléfono. Algunas notificaciones de r************* , nada relevante. Ningún mensaje. Pensó que, desde que había conocido a Marcos, lo había convertido en su universo. Nunca se dio el tiempo de construir amistades verdaderas, por el contrario, había construido su mundo alrededor de él. Todo comenzaba y terminaba con Marcos, lo único que nunca negocio fue le trabajo, pero lo demás lo dejó siempre a decisión del hombre.
Minutos después, el médico regresó.
—Bueno, señorita. Los resultados están listos. Su desmayo es normal en esta etapa, y podría repetirse -dijo con la misma rapidez que había hablado momentos antes.
- ¿En esta etapa? - preguntó desconcertada la joven.
_ ¡Oh! Perdón, no se lo dije primero _ comentó, rascándose la cabeza, avergonzado por el equívoco _ usted está embarazada _ cerró el galeno.
La revelación cayó como un bloque de concreto. Bianca abrió los ojos de golpe. Un nudo se formó en su garganta. Su mente comenzó a repasar detalles: el retraso, el cansancio, los mareos… todo tenía sentido, en realidad era muy idiota como para no verlo antes.
—¿Sabía que está embarazada? Debe sacar turno lo antes posible con un obstetra. Le puedo recomendar uno. Aquí tiene —dijo, extendiéndole una hoja con un nombre anotado. Siempre apurado, como si alguien lo corriera detrás.
El médico se alejó rápidamente. Otro paciente requería atención urgente. Bianca quedó sola, con la hoja en la mano y las lágrimas brotando sin control.
Esto lo cambiaba todo, su mundo ya resquebrajado, se había terminado de destruir. Ya no era solo ella ahora eran dos, y ese otro dependería completamente de ella ¿Qué debía hacer? ¿Cómo continuar? ¿Podría continuar? Salió del hospital sin mirar a nadie, sin ver nada, estaba sumida en su propio mundo interior, pero afuera, la lluvia caía con fuerza, golpeándole el rostro y el cuerpo de manera constante y perpetua. Cada gota parecía entender su dolor, su desconsuelo y su soledad. El cielo lloraba junto a ella, acompañándola en su sufrimiento.
Los recuerdos la golpearon como una cascada: el maltrato de la infancia, la soledad en el orfanato, la traición de Marcos.
Y ahora… un hijo.