La vida a veces es rápida como un huracán e impredecible como un terremoto, y otras es lenta y apacible como una tortuga. En la vida de Bianca y Giovanni las cosas se habían precipitado. Los acontecimientos caían en cascada y todo se desenvolvía de manera vertiginosa. La espera se había hecho eterna en el pasillo del hospital comunitario. Franco sentía que pronto sería hombre muerto, pues en cuanto Giovanni supiera que Bianca había subido un accidente de semejante calibre de seguro lo mataba. De todos modos, él también se sentía responsable, sabía perfectamente que la señora era capaz de lo que fuera, y no tenía dudas de que había sido obra de ella este accidente. Mientras esperaban, aún en ese pasillo, la luz del quirófano al fin se apagó, lo que logró poner a todos en alerta, agolpándo

