Mi papá me abraza; no dice nada, solo me abraza con miedo, como si pudiera lastimarme, como si fuese algo frágil. Gil se queda observando, serio, desde una esquina. Veo el mismo amor en sus ojos, a pesar de que está molesto, preocupado. Me mira con amor, me mira como a la persona que conoció.
Del otro lado, en una pose totalmente opuesta, está Vito: muy serio, con los brazos entrelazados detrás de la espalda, mientras me observa en silencio. No da, con su postura, información de lo que compartimos, de si soy importante o no para él.
Yo intento hacer lo mismo: no dar nada a la policía, porque sé que nos están observando. Sé que necesitamos, Vito y yo, conversar, porque su plan es simplemente largarse y dejarme. Pero no quiero eso. Quiero ir a donde él esté, incluso si implica renunciar a mi trabajo o a parte de mi libertad.
Él, este bebé y yo somos una familia.
Me quedo abrazada con mi padre. Disfruto del contacto seguro, tierno y cálido que sus brazos ofrecen; el olor de su colonia de toda la vida me regresa a la infancia, a mi vida, no a lo que sea que estoy jugando ser. Recibo ternura y amor de verdad.
Recuerdo a lo que lo he sometido; él creía que yo estaba muerta. Mi papá llora y trato de consolarlo; lo abrazo con más fuerza y le aseguro que estoy bien, que voy a estar bien en cuanto todo esto acabe. Gil le recuerda, con cariño, que el tiempo es reducido.
—Estoy planteando la defensa.
—¿Defensa de qué?
—No puedes irte encubierta con un criminal, volver y pensar que van a dejarte seguir en el trabajo.
—Estoy entregándoles a un criminal en bandeja de plata.
—No al que queríamos —respondo—. Sabes que el plan de tu nuevo novio era sacar a un delincuente del sitio oscuro de la CIA, ¿verdad?
No niego ni acepto, porque ya había entendido cuál era la intención de Vito, pero en esta sala hay cámaras.
—Pase lo que pase, voy a apoyarte y voy a sacarte de esto.
—Papá, no puedo ir a la cárcel —le digo. Él asiente, me peina el pelo y repite el gesto con ternura.
—Tus tíos y yo estamos usando todos nuestros recursos —me asegura.
—No irás a la cárcel, Ileana.
—Tú no eres quien para prometer nada —dice Gil, molesto.
—No soy un príncipe azul, y creo que todos estamos claros con eso, pero soy capaz de quemar el mundo por ti —responde Vito, y sé que lo dice en serio.
Edward entra unos segundos después, con un expediente con mi nombre. Sé que van en serio. Recuerdo que me dieron luz verde para hacer lo suficiente para infiltrarme en el negocio y en la vida de los Staton. Trato de defender lo indiscutible; trato de recordarles que he dado nombres, direcciones, que contuve paquetes de tráfico y, si bien he cometido actos ilícitos, sigo participando activamente en llevar delincuentes al lugar al que pertenecen.
—Estás oficialmente detenida, Ileana —responde Edward—. Retiro todos tus privilegios como agente de policía. Te recuerdo que tienes derecho a un abogado, pero no a permanecer en silencio.
—¿Consultaste esto con tu jefe? —pregunta Staton.
—Es una decisión que he tomado.
—Vale, no sabes de lo que estás hablando —le asegura Vito—. La operación sigue en pie y no puedes despedirla. Cuando acabes de colaborar con la policía, recibirás un acuerdo de inmunidad permanente —responde Staton, sereno—. Creo que lo que tu excompañero quiere decir es que están agradecidos por traer a la justicia una red criminal tan amplia. No entiendo por qué siguen intentando jugar en contra de la ley —dice con ironía, mientras se acerca a mí—. Está bien, ¿te están tratando bien?
—Sí.
—¿Estás durmiendo y comiendo? —me pregunta Staton, mirándome a los ojos, muy serio. Yo asiento; sé que no habla solo de comida y sueño, sé que habla del bebé. Sin dejarlo saber, asiento.
—Ileana, tu salud es importante.
—Lo es, y me lo estoy tomando en serio.
—Vale, trata de no tomar más riesgos de los necesarios —me advierte—. Pasamos a la segunda fase. Gil va a presentarse como Busher, un traficante reconocido. La policía lo tiene atrapado desde hace seis meses, pero se rumora que Domenic asesinó a su sobrina. No personalmente, pero sí su gente. Esa será la excusa para el secuestro. La idea es que nos entregue parte de su negocio y así poder demostrar que él participa en estas actividades —explica Staton—. Me pondré en contacto con tu papá para que revise el acuerdo.
Vito regresa a su rincón de la habitación, porque no puede irse ni arriesgarse a ser visto por Domenic y su gente. Un detective de la CIA ingresa, se presenta y me comenta cómo vamos a seguir operando hasta que Domenic esté bajo sus manos. Mi misión es encontrar e informar de todo lo que sea posible sin presionar, buscar evidencia, tenerla a mano, pasarla.
Edward me hace saber que no va a descansar hasta que pague por haberme cambiado de bando. Sale molesto de la habitación y el detective Murillo me asegura que Staton ha logrado cubrirme las espaldas, pero que es necesario que considere irme del país en cuanto esto finalice.
Mi papá me ve desesperanzado. Sé que entiende cuán mala es mi situación. Me despido de Gil; incluso si está molesto, ha sido gran parte de mi vida: mi amigo, mi novio, mi compañero. Me mira con la mandíbula apretada y dice:
—Lo has hecho mal, pero Staton no ha dejado de pelear por ti, y yo no he dejado de creer en ti. De creer por qué te metiste en esto. No entiendo cómo haces para quererle, ni por qué estás dispuesta a dejarlo todo por él. Pero si queda una sola neurona sana en tu cabeza, úsala y regresa, Ileana. Todavía puedes salvarte —me advierte.
Rompo el contacto visual y me suelto de su agarre para despedirme de Staton. Él se despide de mí con un beso en la mejilla.
Le pido a mi papá que se tranquilice, le prometo que estaré bien, que pronto estaremos riéndonos de esto. Lo abrazo de nuevo antes de salir. A Domenic le explico que me han preguntado por mis secuestradores, si creo que fueron ellos. Domenic me asegura que ha sido un mensaje y que no le queda más que tomar cartas en el asunto.