Yo gané territorio, como diría “derecho de piso”, después de encontrar ese oro y ese dinero. Staton envió a alguien temprano en la mañana por mí. Fui a su mansión, uno de esos lugares que no crees posibles y menos en tu país, con varios jardines, piscina, canchas para hacer deporte. Todo es mucho más diferente cuando entras ahí: te revisan de pies a cabeza.
Yo iba vestida con mis taconcitos, unos pantalones de vestir largos y una camisa con vuelos en las mangas, el cabello suelto. Algo que Lily y yo teníamos en común era el gusto por la ropa, y en silencio se lo agradecí; no soportaría estar todo el día en riesgo y mal vestida.
Vito iba vestido de n***o, con los pies descalzos; se le veía relajado mientras me llevaba a la parte trasera, donde tenía el oro desplegado y los billetes ya contabilizados con máquinas y personal.
—Necesito hacer una compra de materiales —responde—. Necesito un cocinero nuevo y un cocinero experto.
—¿Qué quieres decir con todo eso?
—Necesito secuestrar a alguien para que le enseñe a alguien más joven a producir algo nuevo, bueno, que enloquezca a todos. Necesitamos producir a gran escala —responde.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Quiero verte en acción. Si consideras que puedes ser mi mano derecha, necesito que me consigas a alguien nuevo, alguien viejo y algo usado.
—Quiero señalar que yo estaba muy cómoda en mi casa y tú viniste a molestarme. O me das un ascenso o me despides.
—Déjate de mierdas y ponte a trabajar. Lo quiero todo antes de que inicie la próxima semana. Esos son tus escoltas, Pancho y Trompeta. La señora es su nueva jefa; lo que ella diga y mande se hace sin cuestionar. Tu deber es devolvérmelos vivos —me indica, y yo asiento.
Trompeta se ve más joven que Pancho, el cual lleva años en el negocio: haciendo mandados, transportando, velando por la seguridad. Trompeta, a pesar de ser más joven, ha vivido de todo y más. Me saluda con un estrechón de manos y me pregunta qué tenemos que hacer.
—Vamos a prepararnos para una boda: necesitamos algo nuevo, algo viejo y algo prestado —respondo, y luego se los explico porque los dos tienen cara de que quieren morirse—. Quiero al mejor cocinero de anfetaminas del país, quiero al mejor cocinero de la competencia y a uno nuevo. Ya saben: alguien con buenas notas, alguien joven, impulsivo y con deudas. La gente con deudas adora el dinero y no mide bien las consecuencias.
—Señora, el mejor del país está en la cárcel —me responde.
—¿Por qué? —pregunto, y los dos me ven como si estuviese loca y estúpida—. ¿Por cuáles cargos? Ya sé que hizo algo malo.
—Conducción temeraria y posesión —responde, y elevo una ceja.
—¿Cuál es el chisme? Ya saben, la letra, la palabra del pueblo. —Trompeta se ríe.
—Ya no quería trabajar más. Se dejó encarcelar.
—Bueno, vamos a rescatarle —comento, y todos me ven como si estuviese loca.
—Trompi, tú te ves joven, ¿qué tal si vas a ver a esos chicos o chicas de la universidad o los chismes?
—Puede ser alguien sin estudios.
—¿Cocina bien?
—Sí.
—Vale, vamos por él, que nos demuestre sus experiencias —respondo—. Pancho, entonces pensemos: ¿cómo se saca a alguien de la cárcel?
—Señora, no es momento de meterse en la boca del lobo —me dice.
—¿Por qué?
—Toda la administración de la policía es nueva y yo no quiero ir a la cárcel.
—Yo tengo algo que demostrar, así que no vamos a ir a quedarnos, pero sí vamos a ir a traernos lo que necesitamos.
Mi respuesta él la caracterizó como si fuese una invitación al suicidio. Yo me sentí mal, porque las palabras eran incorrectas y porque se había quejado con mi jefe en menos de una hora. De todas formas, yo tomé el brazo de Trompeta, quien me llevó a conocer a Grandos. Él tiene una mini producción de barrio. El lugar era horrible, casi que debajo de un puente, y todo lo llevaba en su bolsa. Pero yo decidí que si el chico quería trabajar, yo podía darle trabajo, incluso si eso era malo.
Me puse triste, con toda honestidad, porque eso es incitar al crimen…
Lo llevé a hacer compras, lo cual es otro crimen porque es ir con gente chunga a que le vendan productos de mierda para intoxicar más personas, y me sentí peor, porque me estaba perdiendo en el camino. Y, por último, me quedé viendo el protocolo de la cárcel: el protocolo para traslado de personas al hospital. Entonces, cuando llegamos a casa de Staton, quien estaba practicando defensa personal a lo salvaje contra un pobre muchacho (a quien espero le pague), me paré a su lado.
—¿Quieres pelear? —le pregunta Staton mientras se quita de las manos los vendajes con la sangre de su contrincante/entrenador.
—No, hoy ya tengo mucho en el plato.
—Has traído a un cocinero.
—Mmmju —respondo mientras asiento, y él suelta al tipo al que tiene en una llave. Este me ve agradecido y Vito se pone en pie, me sonríe.
—Tengo un plan para sacar a Abelardo.
—¿Abelardo, el cocinero principal de Asher?
—Sí —él asiente.
—Me encanta llevarle la contraria a mi primo —responde y asiente—. ¿Qué necesitas?
—Bueno, dinero para sobornos, una ambulancia, equipo médico, una peluca. ¿Y sabías que Abelardo es diabético?
—Sí.
—¿Sabes qué pasa si uno usa más insulina de la que es?
—La cárcel tiene su propio médico.
—Él no va a llegar hoy en el cambio de la tarde.
—Estas cosas se planean con tiempo —responde—. Tengo gente en la cárcel, le inyectarán la extra dosis de insulina y le darán medicina. Si nos lo cargamos, nos lo cargamos. Tendré la ambulancia lista y alguien de sus características. Montaremos un show de ilusionismos, porque me apetece mandarle un mensaje a Rich Westborn. Siempre hay que darle una novatada a la policía para que sepan con quién no meterse.
—Perfecto —respondo—. Entonces vamos a disfrazarnos. Yo quiero ser la hija.
Él se ríe.
—Serás ambulancista, e iremos juntos. Ahora voy a conocer al mugroso que te has traído.
—No todos tienen papás que compran Armani para sus hijos de un año.
—Ese es el problema de esos hijos —responde molesto y me deja con la palabra en la boca.
Se va, lo busca, lo intimida; le hace pregunta tras pregunta y el chico se muestra nervioso. Staton se inclina a su nivel y le mira a los ojos antes de preguntarle por su edad. Él saca de su bolsa una cédula de identidad, y Staton bufa enojadísimo, porque confirmó sus sospechas: es una cédula falsa, buena, pero falsa.
Staton se muestra feroz e inflexible y siento un poco de miedo por el chico, pero escucho cada uno de sus regaños. Él no había tenido opción: había nacido como parte del negocio, un heredero seguro de dinero, drogas, armas y hasta tráfico de mujeres. Algunas de esas cosas las había dejado de hacer cuando su padre falleció, pero se veía en Coco, el cocinero al que le abrí las puertas al crimen organizado. Él probablemente tendría otras opciones que no involucraban vivir en la calle y convertirse en el cocinero principal de la banda más brutal de Mainvillage. Se me escapa una lágrima porque no puedo rescatarle, pero tampoco puedo romperme así. No intervengo porque Lily no tiene experiencia en esto, pero abogo por el joven al que le pedí y le prometí sacarle de la cárcel.
—Él tiene buenas recetas, pero es un niño —redirige Staton su ira hacia mí y yo asiento y trato de salvarle como puedo.
—Bueno, se ve joven, pero un niño tampoco.
—Estoy tan decepcionado de ti —me dice, y le veo incrédula—. Has traído a un adolescente. Es menor de edad, ¿sabes todo lo que está mal con eso? Y tú, muchacho, ¿sabes todo lo que podrías estar haciendo? ¿Dónde está tu mamá, tu papá, una tía, algo?
El niño llora en el suelo asustado y dice que no tiene papá.
Su papá está en la cárcel y su mamá huyó con su novio y sus nuevos hermanos. Yo veo a Vito suplicante y reconozco que ha sido mi error, pero no puedo evitar ir a abrazar a Coco, quien ruega clemencia mientras intenta protegerse de un golpe.
—Sé trabajar, yo no le voy a quedar mal, yo trabajo, yo trabajo duro, y si quiere que me vaya me voy. Tengo buenas notas, yo solo quería tener un lugar limpio donde dormir y ropa —Vito ve sus zapatos remendados y yo le abrazo con todas mis fuerzas.
En ese momento aprendí una cosa: él tiene sus propios códigos, y los niños eran uno inquebrantable.
—No corrompo niños —responde finalmente.
—Vivo en la calle, voy al colegio de noche, y la verdad tengo miedo. Pero lo que me gane aquí lo voy a usar para ir a la universidad. —Staton rueda los ojos en señal de molestia y niega con la cabeza. De verdad me da miedo que me mate por su segundo. Luego manda al chico a tomar una ducha y le pide a la señora que le consiga ropa fresca y le prepare algo de comer rápido y caliente.
—¿Lo vas a matar en la ducha? —le pregunto, y él se enfurece más.
—Le has traído a mi casa. Si entra a mi casa y no me sirve, usualmente lo mato. Pero es un niño, está solo y se está esforzando. Lo voy a poner a prueba, y si creo que se lo merece, voy a ayudarle.
—¿Vas a ayudarle?
Vito suspira, agotado por tener que explicarme todo, pero lo hace:
—No parece, pero soy muy buena persona, y me encantan los niños —reconoce.
—Seguro serás papá de cinco hijos.
—No, porque soy dueño de este negocio. No puedo tener hijos, pero si fuese solo un millonario más, definitivamente sería papá de uno. —Se vuelve a poner serio—. Ponte a trabajar, deja el chisme.