Cada mañana, Luna y Ángel se encontraban con puntualidad casi religiosa en una esquina cercana a la casa de ella. Era una pequeña parada antes de dirigirse al hospital, el lugar donde ambos trabajaban. La casa de Luna quedaba justo a la vuelta de la esquina, y aunque el hospital no estaba lejos, el amor por el que ambos luchaban, aunque callado, ya era lo suficientemente fuerte como para convertir esas primeras horas del día en su pequeño refugio.
Las horas dentro del hospital eran rápidas, pero la salida nunca garantizaba que pudieran verse. El trabajo extra de Luna en la pizzería, las responsabilidades familiares, las llegadas intempestivas de su esposo William… todo conspiraba en su contra. Sin embargo, la oscuridad de las primeras horas de la mañana parecía entenderlo todo y actuaba como cómplice, permitiendo que sus miradas y sonrisas se encontraran sin ser vistas por nadie.
Pero cada vez era más difícil ocultarlo. Las sonrisas, los susurros, esos pequeños gestos que hablaban más que mil palabras… todo comenzaba a ser demasiado evidente. Y por supuesto, Patricia no tardó en notarlo.
Ella, con su mirada aguda, observaba todo. No hacía falta ser una experta en relaciones para saber que algo sucedía entre ellos.
Había algo en la forma en que se miraban, en cómo se encontraban al salir del hospital o en el pequeño brillo en los ojos de Luna cuando se refería a Ángel.
Patricia no era tonta, y aunque al principio había intentado ignorarlo, algo le decía que tarde o temprano debía enfrentarse a la situación.
Una mañana, después de semanas de intriga, mientras se preparaban para comenzar su rutina diaria en el hospital, Luna le presentó a Ángel con una sonrisa algo nerviosa:
—Hola, me llamo Ángel —dijo él, extendiendo la mano.
Patricia lo miró detenidamente y antes de que pudiera continuar, interrumpió:
—Sé quién eres, Ángel. No soy tonta, se nota a legua lo de ustedes. —Y luego, con un tono un tanto desafiante—: Soy Patricia, una de las amigas de Luna en el hospital.
Ángel, sin saber muy bien cómo reaccionar, asintió. No esperaba que Patricia fuera tan directa, pero estaba claro que no podría ocultarse mucho más.
Patricia, sin perder tiempo, añadió:
—Voy a ser sincera, Ángel.
No me gusta la idea de este romance entre ustedes.
¿Sabes que Luna está casada?, ¿Sabes lo que podría pasar si William se entera de esto? No es cualquier hombre, créeme.
Yo conozco a William, y hay algo en él que no me gusta… es violento, posesivo… —La voz de Patricia se fue haciendo más firme, casi como una advertencia—, pero si mi amiga es feliz contigo, yo la apoyo. Solo te pido una cosa: cuídala bien. Porque nunca la había visto tan feliz, nunca la había visto sonreír así… Mírala, se ríe sola.
Luna, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se sonrojó al escuchar las palabras de Patricia. Estaba nerviosa, pero también tocada por lo que su amiga decía. Y aunque Ángel ya sabía del matrimonio de Luna y de los problemas que ella enfrentaba, no pudo evitar sentir un cariño más profundo por ella, un deseo de luchar por esa felicidad que, por fin, parecía estar a su alcance.
Ángel miró a Patricia con sinceridad y le explicó:
—Sé lo que significa el matrimonio de Luna. Entiendo los problemas que enfrenta, pero lo que siento por ella es real. Y aunque no puedo cambiar lo que ha vivido, quiero que sepa que estoy dispuesto a arriesgarme por ella. Nunca me había sentido tan atraído por alguien. Mi interés en Luna es más fuerte que cualquier otra cosa.
Luna, escuchando esas palabras, no pudo evitar reír nerviosa. Los ojos de Ángel, tan sinceros, la hicieron sonrojarse aún más. Patricia, al verla, no pudo evitar soltar una sonrisa.
—Ves, boba, parece y es por tu culpa —bromeó Patricia, aludiendo a la risa tonta de Luna.
Ángel se rió también, un poco más relajado, mientras Patricia lo observaba con una mezcla de complicidad y cautela. Finalmente, Patricia asintió, dándole su visto bueno, aunque aún quedaban dos amigas más con las que tendría que lidiar. Aunque Patricia había dado su aprobación, las demás amigas de Luna no serían tan fáciles de convencer. Pero Ángel no estaba dispuesto a rendirse. Porque, por primera vez, sentía que valía la pena arriesgarlo todo por alguien.