Capitulo 15: Una Semana

1143 Words
La tarde que Ángel tomó la decisión, el sol comenzaba a despedirse del horizonte. No fue un acto impulsivo, sino el resultado de días de incertidumbre, de dudas que se habían ido acumulando en su mente hasta desbordarse. La sensación de traición se apoderaba de él, y algo dentro de su pecho lo empujaba a dar el paso definitivo. Ya no podía seguir adelante con Luna. El simple hecho de que le hubiera pedido, casi rogado a ella, hace tiempo que no tuviera contacto con Blas fue un acto que lo desbordó. Sabía que Luna nunca había sido completamente transparente, pero al principio había querido creer que su amor era sincero. Al principio, se dijo a sí mismo que sus errores podían ser perdonados, que el pasado no tenía por qué definir el futuro. Pero esa vez, esa pequeña mentira, ese pequeño gesto de desconfianza, fue la gota que colmó el vaso. —Lo siento, Luna —se dijo a sí mismo en su mente, mientras caminaba por los pasillos del hospital— no puedo seguir ignorando lo que me demostraste. No solo le había pedido que no tuviera contacto con Blas hace unos meses, sino que el simple hecho de que él estuviera en el mismo turno de ellos ya parecía un inconveniente. Había algo en el aire, algo que no podía ser ignorado. Había algo más allá de las palabras, algo que no podía explicarse con racionalidad. Y entonces, en ese mismo instante, Ángel decidió cambiar su rutina. No lo pensó mucho, pero esa noche, cuando llegó a su casa, hizo una llamada a la jefatura. El turno de noche tenía la ventaja de ser más tranquilo y menos propenso a que Luna estuviera cerca. Y aunque trabajar durante la noche no era algo que le entusiasmara, era una medida necesaria. Era una forma de evitarla, de protegerse. En su cabeza, la idea de no cruzarse con ellos, de no tener que enfrentar esas preguntas incómodas que lo atormentaban, le ofreció algo de paz. Los días pasaron lentamente, cada uno más pesado que el anterior. Cada vez que Ángel cruzaba por el pasillo del trabajo, sus ojos buscaban, como si en algún rincón, se fuera a esconder la respuesta que tanto deseaba. Y aunque el silencio era su refugio, la verdad seguía siendo un peso que no podía soltar. Luna le había hablado, le había pedido que confiara en ella. Pero Ángel no podía quitarse de la cabeza las palabras de su amiga, aquellas que hablaban de Blas y Luna, encerrados juntos en el ascensor. ¿Qué podía haber ocurrido en esos minutos, en esas horas? No era solo el hecho de que lo habían hecho a escondidas. Era la certeza de que había mentido, que había ocultado algo importante. Y si Luna podía ser infiel a su esposo William, alguien con quien compartía años de matrimonio, ¿por qué no lo haría con él? Con alguien que solo llevaba unos meses en su vida, una relación que aún estaba en construcción, pero, al parecer, ya había sido víctima de las mismas sombras que envolvían su matrimonio. Cada vez que pensaba en las excusas que ella le dio sobre el intercambio de teléfonos, sobre ese nerviosismo incómodo que se había evidenciado, Ángel se sentía más confundido. Los días transcurrían, pero las preguntas, esas mismas que lo habían atormentado desde el primer instante, seguían siendo las mismas. Algo dentro de él le decía que debía confiar en ella, pero otra parte, la más racional, no dejaba de poner en duda cada palabra, cada gesto. Hasta que, en la séptima noche, Luna apareció nuevamente. El turno nocturno ya estaba en marcha, y Ángel estaba solo, haciendo su trabajo con una calma tensa. La noche, fría y larga, parecía estirarse ante él. Entonces, cuando ya se había acostumbrado a la soledad del turno, la figura familiar de Luna apareció frente a él, rompiendo el silencio de la madrugada. —¿Podemos hablar? —su voz era suave, pero Ángel podía escuchar la carga de desesperación que la acompañaba. Ángel la observó por un momento, sin palabras. No sabía qué decir, ni cómo reaccionar. No quería hacerle daño, pero el dolor de la traición lo había dejado ciego a las excusas y a las promesas. —Necesito que sepas que te Amo —continuó Luna, acercándose lentamente, como si cada paso fuera una súplica—. Jamás te haría eso. Jamás te traicionaría. Y si a mi esposo lo tengo en esta situación, es porque lamentablemente no tengo otra opción, entiéndelo… ¡Te Amo!. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Ángel no podía mirarla a los ojos, no podía soportar la imagen de ella tan vulnerable. Aún así, esas palabras no lograban borrar la incertidumbre que se había instalado en su mente. Se giró, dándole la espalda, incapaz de mantener la compostura. —¿Acaso tú no me amas? —la voz de Luna temblaba llena de dolor, pero también de esperanza—. ¿Vas a irte así, sin decir nada? Ángel se detuvo por un momento, mirando al suelo, las palabras atoradas en su garganta. Se giró lentamente y la observó, enfrentando su mirada. Sus ojos, llenos de lágrimas, le hablaban de arrepentimiento, de arrepentimiento por algo que aún no podía comprender. —No volveré a confiar en ti —le dijo, su voz temblorosa, pero firme—. No importa lo que digas. Ella avanzó un paso más, sus manos extendidas hacia él, en un gesto desesperado. Los ojos de Luna brillaban con una mezcla de tristeza y determinación. —Yo te Amo Ángel. Y sé que lograré que vuelvas a confiar en mí —su voz estaba llena de certeza, aunque el dolor era evidente—. Créeme, te lo juro por la vida de mis hijos, jamás te he engañado ni mentido. Al menos. Dame un último abrazo, lo necesito. Ángel sintió cómo el aire frío lo rodeaba, cómo su cuerpo reaccionaba de manera instintiva al calor de su cercanía. Intentó resistirse, intentar mantener su distancia, pero algo dentro de él cedió. Su corazón, aunque herido, aún se veía atrapado en el lazo que Luna había creado. Finalmente, no pudo más. Abrazó a Luna con fuerza, sintiendo la calidez de su cuerpo, el consuelo en el gesto que, aunque doloroso, era lo único que podía ofrecerle en ese momento. Una lágrima, que no había logrado contener, se desbordó de sus ojos, cayendo silenciosa sobre su rostro. Pero en ese abrazo, sintió como si todo lo que había vivido hasta ese momento se desmoronara. Lamentablemente, la noche de ese 2 de julio quedó grabada en su mente para siempre. Un momento de despedida, un último intento de recuperar lo irrecuperable. Sabía que, tarde o temprano, descubriría la verdad, y que esa verdad, ya fuera cual fuera, lo cambiaría todo.
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