Capítulo 1

4979 Words
La ciudad de Barquisimeto está entre las tres aglomeraciones urbanas más grandes y pobladas de Venezuela. Desde finales del siglo XIX es uno de los principales centros mundiales de comercio y Cultural. Barquisimeto se caracteriza por ser cosmopolita, dadas sus influencias a nivel Nacional en los medios de comunicación, en la política, en la educación, en el entretenimiento y la moda, justo en todo aquello en que ella no sabía nada. Estaba perdida. Se detuvo en medio de la calle echando un vistazo al tráfico descontrolado de la ciudad. Entre sus manos el periódico, a cada paso más doblado, perdía toda esperanza ya que, los clasificados se acababan como también las horas del dia. Bajó la mirada cerrando los ojos con fuerza, esta era su última oportunidad y a la vez la más lejana de conseguir. Era imposible que le dieran el empleo ahora que se detenía frente al gran edificio. ¿En qué pensaba cuando decidió gastar su último pasaje de autobús para llegar hasta ahí era muy elegante el edificio? Las manos y las piernas le temblaban. De reojo contempló el lugar. La Av. Bracamontes agitada como siempre, justo en uno de los sectores más concurridos, así llamaba mayor atención, el gran edificio de Joyerias Gottier sobresalía entre los demás gracias a su altura y modernidad y belleza. Paneles de vidrio Verde Tuqrquesa, más de cuarenta pisos y el reflejo del sol daba la sensación de estar en el Olimpo mismo. Tomó aire antes de dar un paso y otro, uno más acercándose a la puerta que definiría su destino. Ahora todo su cuerpo también temblaban. Si el exterior era deslumbrante, dentro verdaderamente se sentía en el cielo. Las paredes y los pisos con franjas blancas y negras dando un estilo muy moderno y elegante. Desde el techo colgaban cuatro candelabros sobre el mecanismo de ingreso al lugar. Muchos deslumbraban con elegantes trajes, vestidos ajustados y con una tarjeta blanca en mano o colgando desde el cuello, todos esperando su turno para que el sistema reconociera su función en la empresa y dejarles el paso. Hacia el lado derecho se apreciaba un sector despejado que se encontraba cerrado con un panel de vidrio y lo que parecía ser una puerta con dos grandes letras, prolijamente unidas por un gran círculo en medio: IF. Se sintió observada, levantó la cabeza percatándose que uno de los guardias ceñía el entrecejo caminando en su dirección. Un estremecimiento la hizo reaccionar dando algunos pasos en dirección contraria. En el lado derecho se ubicaba la recepción, dos chicas, al parecer muy ocupadas, recibiendo a los extraños que necesitaban un pase de visita para entrar a las dependencias del edificio. Tragó en seco entendiendo que ese era el lugar, no sin antes volver a vislumbrar el lugar vacío que había tras esas puertas herméticamente cerradas. Intentó alizar su falda negra que llegaba bajo la rodilla. No tuvo tiempo de plancharla por lo que se podían apreciar algunas arrugas a lejos, no obstante, era lo mejor que conservaba entre las ropas que logró llevar con ella. Temerosa y asustada vigiló los movimientos de ambas mujeres tras el recibidor. Una de ellas concentrada en el computador enfrente y contestando llamadas con un auricular inalambrico y el micrófono frente a su boca. No dejaba de teclear ni hablar, concentrada en ambas cosas, a su opinión, muy eficiente debido a que ella no se percibía en esas condiciones para nada. ¿Todo aquel que trabajara ahí debía tener esas aptitudes? Podría aprender, ¿cierto? La otra chica recibía correspondencia, entregaba pases para ingresar a los organismos del edificio y atendía cualquier cosa que llegara en un segundo muy rapido. Suspiró, sabía que era el lugar donde menos la escogerían de todos, pero ya estaba ahí. Lentamente se acercó exponiéndose vulnerable ante la exotica rubia que tenía frente a ella: esbelta, bien vestida y maquillada para un trabajo como este parecia mas una modelo que una recepcionista. La chica le dio la bienvenida con una sonrisa cordial. —Buenos días, ¿qué necesita? —Ve-vengo por… Vengo por la información del trabajo en… La rubia se estiró para poder examinarla de pies a cabeza como si guera un bicho raro. Se sintió cohibida por lo que bajó rápidamente la mirada al suelo como si fuera lo más interesante del edificio La chica sentada al otro lado soltó aire antes de regresar a su postura de trabajadora eficiente y a detenerse los papeles sobre el escritorio. —Las entrevistas fueron hace un par de horas… Si hubieras llamado antes, lo sabrías. —Es que… So-solo llegué aquí ho-hoy y no he podido lla-llamar —tartamudeó intentando demostrar la confianza que no existía en ella. —Lo siento, ya pasó el tiempo, será para otra ocasión, si me disculpas… —¿Marta? Tanto la rubia tras recepción y ella se dieron vuelta para encontrarse con una mujer mirándolas con el ceño fruncido. Como todos los que pertenecían a ese lugar, vestía pulcramente un traje de dos piezas de color n***o con una blusa blanca, su cuello y orejas eran adornados con perlas. El cabello lo llevaba tomado y un leve maquillaje que la hacía parecer más profesional de lo que debía ser realmente. Su parada era determinante fuerte, confiada y capaz de intimidar a cualquiera, tal cual lo forjaba con la chica rubia detrás del escritorio. Al igual que la recepcionista, aquella mujer se quedó atenta en su vestimenta, algo absolutamente no apropiado para un lugar como aquel, ya lo sabía desde que entro. Cuando sus ojos se encontraron con esa fuerte mirada, cabello rubio y ojos claros detrás de unos lentes ópticos sin marco se quedó contemplando fijamente más tiempo del que debia. Buscó en todo su ser no evadir sus ojos como hubiera hecho con otros, debía superar esos miedos si quería por lo menos salir con la frente en alto cuando le dijeran que no era apta para aquel lugar de trabajo. Se estremeció de pies a cabeza. La mujer asintió una vez, se giró hacia la recepcionista que seguía atenta a todo. Se quitó los lentes un segundo para volver a colocarlos en su lugar, la escaneó de la misma forma y finalmente negó. —Procura que el uniforme sea el correcto, sabes que solo se aceptan dos colores y sobriedad… Esas joyas están de más y ese escote dice que fueras la recepcionista de un bar nudista, ¿entendido? —Sí, señora Wickham. Contestó la rubia quitándose las pulseras de oro que llevaba en la muñeca guardándolas en alguna parte oculta de cualquier visitante. La señora Marta volvió a detenerse en ella percatándose que seguía sin siguiera pestañar, tan quieta como si fuera parte de los muebles del lugar. —¿Tu nombre? —So-Sofia, señora —se ruborizó al percatarse de que no había dado su apellido—. Sofia Montenegro, señora. —Bien, señorita Montenegro, sígame. La señora Marta avanzó a paso firme hacia el sector donde seguían los empleados, presentando su identificación para concurrir a su lugar de trabajo, sin embargo, la mujer siguió hacia esa puerta de cristal con las letras entrelazadas. Al sentir que la chica no la seguía se giró mirándola con impaciencia por favor. Sofia se estremeció corriendo para alcanzarla como un perrito asustado, no podía ni quería imaginar hacia donde la llevaba; no podía tratarse de un salón de policía, ella no había hecho nada, ¿o sí? El guardia de la entrada la detuvo luego de que la señora Marta ingresara, ésta carraspeó llamando la atención del grandote informando que venían juntas, la credencial de visita se la pasarían luego. El hombre asintió levemente permitiendo el ingreso luego que la mujer pasara su credencial activando una luz verde demostrando que se hallaba registrada en el sistema operativo de la empresa. No esperaron más de cinco segundos a que las puertas del ascensor abrieran dejando a la vista un lujoso espacio casi del porte de su habitación alquilada. Para sorpresa de la chica un hombre alto, de tez oscura, cabeza rapada, con traje n***o, camisa blanca y corbata negra las saludó con un asentimiento. Se sintió incómoda cuando éste se le quedó viendo más tiempo del debido. La mujer a su lado digitó un código en el panel y las puertas volvieron a cerrarse. Temerosa se quedó alejada de ellos. Ninguno hablaba y tampoco parecían sentirse incómodos al respecto. Observó el panel donde anunciaba los pisos que dejaban atrás. Se sorprendió lo rápido que subían cuando vio el número 22 y 23 pasar muy rápidamente. Su cuerpo al completo se sobresaltó cuando una voz computarizada informó que iban a llegar a la Presidencia. Dejó de respirar, no sabía en qué se metía. Cuando el panel mostró el número 42 el ascensor de detuvo y la voz se volvió a escuchar: “piso 42, Presidencia”. Las puertas se abrieron dejando a la vista un gran vestíbulo en tonalidades blanco y gris. Frente a ellos una recepción para dos trabajadores, a cada lado una salita con sillones de cuero n***o y mesas de vidrio sobre un sector de alfombra. Todo el resto del piso era de algun marmol muy cotosos eso se veia a distancia. Hacia ambos costados un pasillo que debía llevar a las oficinas, las cuales debían ser completamente privadas para el ojo espectador. El hombre tras ellas carraspeó sobresaltándola. La mujer fue la primera en salir y luego le siguió Sofia dando una mirada de vez en cuando hacia atrás para verificar que el hombre la seguía de cerca. Respiró cuando éste tomó el pasillo del lado izquierdo. Se apresuró en seguir a la señora Marta que ya se encontraba junto a la chica de recepción; parecía ser más amistosa que Sarah, la rubia del vestíbulo principal. La chica de cabello corto y castaño, con un corte muy original, le regaló una sonrisa antes de prestar total atención en la señora Marta. Como si no estuviera presente comenzaron a conversar sobre asuntos del trabajo, algunos archivos de los cuales no entendía y luego de personas que debían trabajar en la empresa hasta que bajaron la voz para referirse a una persona especial: Sebastian Gottier. Por la expresión en sus rostros, algo no andaba bien con aquel hombre del que hablaban. Justo en el momento en que se inclinaba para escuchar con disimulo, por el pasillo de la derecha apareció un hombre alto, vestido con un elegante traje a medida gris. Llevaba corbata azul rey y camisa blanca, sin embargo, su ropa no era lo que llamaba la atención, sino esos profundos ojos verdosos y su cabello n***o azabache tan prolijamente arreglado hacia atrás. El hombre demostraba ser el dueño de ese piso, o quizás en todo el edificio. Conocía el suelo que pisaba y como cualquiera que interfiriera en su camino se movería para dejar que siguiera su rumbo sin interrupciones. Fue tan el estremecimiento, que inmediatamente se escondió tras la silueta de la señora Marta, quien observaba precavidamente del hombre frente a ellas. Para su sorpresa, tras ese sujeto intimidante, apareció el hombre moreno que subió con ellas en el ascensor. Rígido, con las manos detrás de la espalda, los pies levemente separados y ahora llevaba unos lentes oscuros, aun cuando no eran necesarias dentro del espacio. Se estremeció cuando sintió la mirada fría y penetrante, a pesar de no ir dirigida a ella, sino a quien estaba delante. Podía distinguir fuego en ellos, algo le molestaba y necesitaba desquitarse con quien se interpusiera en su camino, solo se detuvo en el puesto vacío junto a la chica tras la recepción y nuevamente en la mujer que seguía como si nada frente a él. —¿Ya se fue? —preguntó el hombre. Una voz profunda y fuerte, demandante. —Al parecer sí… —Necesito otra en cinco minutos, has algo, Karla —interrumpió sin siquiera fijarse en la presencia de Sofia. La mujer suspiró corriéndose y dejándola enfrente. —Bien, parece que tienes suerte. Te presento a Sofia… —la mujer le miró con la intención de que terminara la frase al olvidar el resto. —Montenegro —susurró la chica mirándola con mucha timidez. Sentía una necesidad de admirar al hombre firme enfrente, a la vez sentía miedo de que pudiera destruirla con solo una expresión de su rostro. Parecía ser de esos millonarios que derribaban todo a su paso sin importar cuantas cabezas rodaran y ella podía ser una de esas. Su cuerpo comenzaba a traicionarla, temblaba como si se tratara de una película de terror. Sabía que la escaneaba, examinando cada centímetro de su presencia, si bien debía mirarlo demostrando confianza, le era imposible. Lo escuchó carraspear, soltó todo el aire antes de levantar y contemplar esos ojos castaños querellantes. El hombre sacudió la cabeza con resignación mientras murmuraba algo por lo bajo, de seguro no le gustaba su cabello castaño. Se volvió hacia la secretaria. —En una hora la quiero con el uniforme y presentable… Ya veremos si puede pasar la tarde. Sin más se giró volviendo por donde había aparecido perdiéndose por una de las puertas que escucharon golpearse con dureza. Todos en el vestíbulo quedaron en silencio, la señora Marta la ojeó de arriba abajo, luego compartió un vistazo con la chica que ya tomaba su cartera y permanecía detenida junto a ella. La mujer miró al hombre de tez morena que seguía en la recepción, éste asintió. Se volvió hacia las chicas, regalándole una sonrisa a Sofia. —Al parecer es tu día de suerte, demuestra que mereces este puesto. —Se fijó en su secretaria —. Ya escuchaste, Rebeca, tienes una hora para cambiarla y enseñarle el funcionamiento de Joyerias Gottier. Éxito. —Gracias —contestó la secretaria sonriendo con amabilidad; miró a chica asustada—, de prisa, no tenemos mucho tiempo y hay bastante por hacer. —¿Puedes llevarlas, Camila? —preguntó Karla, antes de adentrarse en el pasillo del lado izquierdo—, estoy segura que el señor Gottier no necesitará de tus servicios por un rato, lo mantendré ocupado. —Claro, señora. Rebeca la tomó del brazo, guiándola de vuelta al ascensor seguidas por el hombre fornido. Rebeca se esmeró en hallar algo rápido y perfecto para un día de trabajo, solo necesitaban encontrar algo formal en tonos n***o y blanco, colores que dictaban las normas de la empresa. Mientras tanto le informaba cada cosa importante que tuviese que tener presente al momento de enfrentarse al puesto que llevaría a prueba. El puesto al cual postulaba no era cualquiera, se trataba de ser la asistente del presidente y dueño del imperio de Joyerias Gottier, es decir, ser tan o más rápida que el hombre en cuestión. Muchas intentaron ocupar ese puesto y pocas duraban más de una semana, tanto si se retiraban por inoperantes o por el hecho de no soportar al señor Gottier. El récord fue una chica que duró cuarenta y cinco días. Sofia escuchaba atenta a cada instrucción, a veces se perdía debido al acento de Rebeca, de seguro inglés por la marcación en algunas palabras, o también cuando debía entrar al probador y perdía el volumen de su voz. Eso sí, siempre volvía al corriente intentando memorizar cada cosa que la chica creyera importante para sobrevivir una tarde con el temible magnate de Barquisimeto, como lo había denominado su compañera en unas cuantas ocasiones. Tampoco perdía de vista a Camila, quien las acompañaba silenciosamente como un perro guardián para todas partes. No dejaba de preguntarse cuál era su función dentro de la empresa, hasta que Rebeca la descubrió mirándolo y le informó que el moreno era el guardaespaldas privado del señor Gottier, se encargaba de asuntos confidenciales. Era de sorpresa que dejara su puesto para seguirlas. Finalmente, la trabajadora de Joyerias Gottier se decidió por un vestido n***o entallado que le llegaba a la rodilla y una blusa de manga corta de encaje de color blanco. Le dijo que se lo llevara puesto y que los gastos corrían por la empresa; si se quedaba, se descontaría de su primer sueldo y en el caso contrario, sería un lindo recuerdo por su estadía. Sofia a cada momento estaba más nerviosa recordando que se trataba de su última oportunidad que tenia, la cual no podía desperdiciar en nibgun momento, ni intimidarse ante un hombre que parecía ser el lucifer en la tierra. Tampoco se sentía cómoda con su nuevo atuendo, jamás llevaba una prenda tan ajustada a su cuerpo pues la havia setir insegura, nunca le gustó destacarse, no obstante, según Rebeca era la ropa perfecta para llamar la atención del señor Gottier. Una buena presencia y eficiencia eran signo de aprobación. Cuando volvieron al último piso del imperio de entretenciones, fueron directamente tras el mostrador mientras Camila asentía en silencio y seguía por el pasillo derecho sin decir una palabra, como fue el viaje de compras. Rebeca le mostró donde guardar sus cosas, le preguntó si sabía usar una computadora a lo que Sofia asintió con rapidez haciendo que la cabeza le diera vueltas. Su compañera le enseñó cómo utilizar algunos programas y las cosas necesarias para manejar la agenda del jefe. —Espero tengas memoria, la necesitarás mucho. —Es una de mis fortalezas —murmuró la chica mirando cada aparato frente suyo. La secretaria se mostraba sorprendida cuando contestó que este sería su primer trabajo en la ciudad. Podía percibir en sus ojos que tenía miles de preguntas, por lo que, evitando la mirada, agradeció que no las hiciera y solo las mantuviese en su mente. Ambas se sobresaltaron cuando el interfono sonó. Rebeca fue la primera en reaccionar al percatarse de la llamada interna directa desde el despacho del señor Gottier. Después de solo dos monosílabos volvió a colgar, tomando de la mesa un block de notas y un lápiz, entregándoselas a la chica y guiándola por el pasillo de la izquierada, entendiendo que todavía no sabría manejar un sistema más moderno. Se detuvieron frente a una puerta color grafito y amplia con una manija de acero inoxidable. Rebeca la vio de pies a cabeza. Arregló su cabello castaño, el cual destacaba entre los colores neutros que vestía, procuró que el tocado en el pelo siguiera en su lugar, calmando los rizos sin definir. Le regaló una sonrisa antes de explicarle cuales eran las reglas para poder llevar el temperamento del señor Gottier: Hablar lo justo y necesario, solo cuando él lo indique. Recordar o anotar cada pedido. Hacer y tener cada uno de ellos como y a la hora que designó. Si podía con esos tres puntos sobrevivía al resto del día, y así poder respirar a un segundo mas. Sofia tragó en seco para luego tocar la puerta antes de entrar. La oficina era más grande de lo que podía imaginar, como todo en el edificio. El gris predominaba en la habitación: paredes, muebles, alfombra, sin embargo, no importaba el color, todo parecía ser exclusivo y hecho a medida para el señor sentado frente a un escritorio de granito n***o con dorado. Sin hablar cerró la puerta logrando hacer el menor ruido posible. Se sobresaltó cuando se percató de la presencia de Camila, de pie a un costado de la sala. Éste asintió, comentó algo con elegancia hacia el señor Gottier, quien solo imitó el gesto sin despegar la vista de la computadora. Se fijó que a un lado había dos puertas pintadas de la misma tonalidad que las paredes; se preguntó que podría haber de tras de ellas. Frente a ella una salita con tres sillones negros modernos rodeando una mesa blanca del mismo material que el escritorio. Bajo esta, una alfombra de una tonalidad más clara de gris y otra textura. Dos sectores llenos de estantes que albergaban muchos libros y otros implementos que debía utilizar el presidente o solo de decoracion. Dos paredes tenían grandes ventanales que daban vista a gran parte de la ciudad, dos sillas frente al escritorio que ahora permanecían vacías y el gran sillón donde estaba sentado el hombre ahora mirándola fijamente sin quitarle la mirada. Se sonrojó disculpándose en un murmullo, acercándose rápidamente hasta quedar enfrente con la tablet sus manos. El hombre se acomodó en su puesto sin quitar la mirada de su persona, como si estuviera escaneando cada parte de su cuerpo, especialmente con la nueva vestimenta que llevaba. Rebeca le dijo que esa era la primera prueba. Nerviosa y cohibida esperó. —Necesito que me comunique con Ernesto Lacava antes de las cuatro de la tarde. Requiero de una videollamada para mañana en la mañana con Miguel Sifuentes; su secretaria tiene una carpeta con todos los temas a tratar que necesito en mi oficina a primera hora de mañana. El señor Cavalier, debería haber dejado unos contratos que debo firmar, busquelos y tráigalos antes del mediodía. Necesito saber que pendientes tengo para esta semana y desocupar el miercoles, usted se encarga de eso. Mi madre necesita ayuda con el evento a beneficio que se realiza a finales de mes; busque dentro de la agenda quienes pueden ayudarla… La chica no levantaba la vista de la tablet entre sus manos, haciendo de todo su esfuerzo para mantener su atención en lo que decía el hombre y no perder detalle alguno al teclar. Sentía que los nervios la traicionaban y sería fatal para su permanencia en ese trabajo, su mente trabajaba a mil por hora, pensando en cómo encontrar respuesta a cada uno de esas exigencias, no conocía absolutamente nada y menos entendía algo, no obstante, no podía perder esta oportunidad. —¿Tiene todo? —La chica se sobresaltó deteniéndose en él, asustada. —Eso cre-creo —respondió dudando, lo cual notó el señor Gottier quien negó volviendo su atención a los papeles sobre la mesa. —Lárguese. Sus pies no funcionaban, se hallaba tan nerviosa que su cuerpo parecía de liquido, lo que significa que un paso en falso y terminaría en el suelo, algo fuera de lugar. Dio un paso hacia atrás sin dejar de mirarlo, él perdía todo interés sobre ella, hacía como si ya hubiese desaparecido desde hace rato. Tomó aire y dio otro paso sin dejar su posición alerta… luego otro, otro y otro, jamás dándole la espalda. Cuando llegó a la puerta abrió con lentitud y como si supiera cuál sería la reacción del señor, esperó dos segundos antes de salir. El hombre quitó la vista de los documentos centrándose nuevamente en ella y su cuerpo. —¿Quiere un capuchino, señor? —preguntó de inmediato sin temor, sorprendiéndose de sí misma al igual que él. —Claro. —¿Con poca azúcar? —No, solo, gracias. —No hay de que, señor. En esta ocasión sí se dio la vuelta y salió rápidamente apoyándose en la puerta luego de cerrar. Tomó aire con la necesidad de llenar sus pulmones de oxígeno nuevamente, pero se quedó por la mitad cuándo vio al hombre de tez oscura a su lado apoyado en la pared. Se llevó las manos a la boca para no gritar, Camila dejó ver una leve sonrisa mientras le indicaba el camino a seguir con la mano. Apretó la libreta contra su pecho y salió rápidamente en la dirección señalada; ese hombre aparecía y desaparecía con tanta facilidad. Ya en su lugar se dejó caer en la silla, puso la tablet sobre la mesa junto al lápiz y por primera vez respiró con decencia, entregándole la cantidad necesaria a su sistema. Miró a Rebeca que parecía dudar si llamar a una ambulancia o felicitarla por sobrevivir, no escuchó ni un solo grito de parte del jefe. Una gran sorpresa. —¿Dónde le preparo un café al señor Gottier? —preguntó Sofia sin dejar de examinar la tablet. —Puedo mandar a pedir que lo traigan… —NO, yo quiero hacerlo —interrumpió la chica quitando la mirada por fin de la tablet recién escritas con sus dedos en la aplicación y regalándole una sonrisa a la chica a su lado. —Claro, mandaré a pedir todo lo necesario —contentó Rebeca muy sorprendida—, ¿estás bien? ¿Necesitas algo? —Sofia sonrió negando. —No gracias, todo está bien. Deberían colocar una mesita aquí en la recepción donde todos los días tengan los implementos necesarios para preparar un capuchino o lo que sea para quienes trabajan aquí. La secretaria sorprendida asintió, tomando el teléfono y llamando al cafetin y pidiendo exactamente lo que la chica acaba de sugerir. Ambas se pusieron a trabajar en sus pendientes, de vez en cuando Sofia le pedía ayuda a su compañera con cosas que no sabía dónde buscar, a lo cual era rescatada sin problemas y con una gran sonrisa. En varias ocasiones, en un rango de diez minutos, vieron salir y entrar al guardaespaldas del pasillo realizando alguna llamada, pero ninguna ponía atención a esas alturas, parecía ser algo normal en la oficina, aunque nunca dejaba el piso por nada del mundo. Un perro guardián para el emperador. ¿Tan necesario sería? Descubrió la agenda telefónica de la computadora que iba conectada al teléfono por lo que solo era necesario un clic y las llamadas se transferían al tono contestando con un sistema moderno que llevaba en la oreja con su manos libre, como aquel que llevaban las recepcionistas del vestíbulo esa mañana. Gracias a eso se le hizo más fácil trabajar en dos cosas a la vez, no dejaba de llamar y contactar con todo lo que fuera necesario para tener cada pedido. Solo se detuvo cuando llegaron dos hombres con todo lo que sugirió: una cafetera italiana digital, tazas y agregados. Colocaron los implementos en un costado de los sillones de la sala de espera. Sofia pidió que le explicaran el funcionamiento para tenerla lista todos los días, así tener un capuchino fresco para el jefe. Los hombres sorprendidos solo asentían, dando explicaciones nada acostumbrados a que la asistente del señor Gottier estuviera tan preparada como ella. En cinco minutos preparó un capuchino que llevó en una bandeja de plata que encontró como adorno sobre una mesa. Tocó la puerta y entró sin esperar a que le dieran permiso, siguió hasta la mesa dejando el capuchino a un costado luego de regalarle una sonrisa a Camila, que nuevamente se encontraba dentro de la oficina, esta vez con el celular pegado a la oreja. No dejó de observarlo mientras caminaba hacia atrás. Cuando llegó a la puerta, al igual que la vez anterior, el señor Gottier levantó la mirada y ella habló. —La-lamento la demora, este piso no está implementado para preparar un capuchino o cafe, pero ya me he encargado de eso. He pedido todos los implementos para tener un mejor capuchino para usted, espero que el que preparé sea de su agrado. El hombre se detuvo en ella mientras tomaba la pequeña taza y probaba el brebaje. Sin poder evitarlo cerró los ojos por un par de segundos y luego la contempló seriamente. Agradeció el capuchino volviendo a su trabajo. Sofia sonrió con cortesía y salió de la oficina. Cuando volvió a su puesto, Rebeca ponía al tanto a la señora Marta sobre algunos documentos. Ambas se quedaron calladas percibiendo cada uno de sus movimientos, aun cuando trataba de ignorarlas. Podía verlas de reojo como se comunicaban con la mirada y alternaban para detenerse en ella, esperando cualquier reacción, sin embargo, se mantuvo firme siguiendo con su trabajo realizado. La jefa de operaciones balbuceó algunas palabras y luego tomo el pasillo de la izquierda, su compañera carraspeó un par de veces y luego volvió a su trabajo organizando los documentos que le entregó la mujer. A la hora del almuerzo, Sofia fue la única que se quedó en el piso. El señor Gottier se retiró a una comida de negocios volviendo en dos horas, Marta, como siempre, bajaba a su restaurante favorito y Rebeca luego de invitarla al cafetin de la empresa, al que negó debido a la cantidad de trabajo que aún no terminaba, se despidió hasta dentro de una hora. Secretamente tampoco tenía dinero para gastar, lo cual no tenía por qué comentarlo. Nadie dijo nada, la dejaron quedarse mientras seguía haciendo llamados y funcionando en la computadora que necesitab hacer. A eso de las cinco de la tarde, hora en la que su jefe pidió varios de los recados, se comunicó por su línea privada para informar que aparecería dentro de media hora, ya que debía realizar una visita importante primero. Ordenó que nadie debía dejar su puesto a lo menos que pasaran las seis de la tarde ya a esa hora podian retirarse, luego pidió que le comunicaran con el piso de contabilidad. Eso fue todo hasta llegar la hora indicada. Rebecca no podía estar más nerviosa, o eso creía, tenía varias carpetas sobre su mesa, recibió algunos llamados que no sabía cómo organizar, aun cuando Rebeca se intentó encargarse de ellos. Se sobresaltó cuando las puertas del ascensor exclusivo se abrieron dando paso al hombre imponente que sin mirar en su dirección pasó directo al despacho. La chica de un salto se puso de pie con todo lo realizado en el día entre las manos, caminó con lentitud dándole tiempo al hombre de prepararse para su visita. Dio una ojeada hacia atrás percatándose que Camila no venía con él. Frente a la puerta contó hasta tres antes de tocar. Esta vez esperó a que le dieran la pasada y como hizo durante el día entró en silencio, cerró tras ella y avanzó hasta quedar frente al escritorio. El señor Gottier levantó la mirada esperando lo que fuera que ella trajera a su escritorio. Parecía cansado y molesto. —Aquí están los contratos que necesitan su firma, los revisé y corregí algunos puntos que, según contratos del mismo proceso, no debían estar ahí.
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