capitulo 6

1650 Words
Seis semanas pasaron, Sofia llevaba todo el funcionamiento de la empresa, logró mantener la calma y el manejo tres días seguidos ante la ausencia del señor Gottier. La primera semana sorprendió a todos, parecía como si llevara años trabajando en ese puesto o fuera la mismísima presidenta. Javier apareció más veces de las que recordaba Karla y todo lo relacionaban con la presencia de la chica, especialmente cuando el dueño no estaba presente. El récord de silencio seguía aumentando, Sebastian Gottier llevaba siete semanas en un completo mutismo, ni siguiera un gruñido, parecía un gatito en vez del tigre que todos conocían. Sin quererlo encontraron una domadora que sabía todas sus artimañas y ataques. El felino presuntuoso, obstinado y competitivo perdía sus fuerzas del rey de la selva. Sofia solo se sonrojaba sin perder la concentración en lo que fuera que estuviese trabajando. Temía a cada una de esas palabras, pronto su jefe se daría cuenta de su incompetencia y de una sola mordida la haría desaparecer, tan silencioso como el animal con que lo comparó en su momento. Gracias a Rebeca adquirió otro vestuario para trabajar, un conjunto de chaqueta y falda tuvo color n***o y una blusa con cuello n***o. Su compañera de trabajo era un ángel guardián, debía agradecerle cada día por el apoyo, aun cuando dijese que no era necesario. Si no fuera por esa compañía que le daba a diario, se sentiría más pequeña de lo que aparentaba ser. Esa mañana como siempre llegó antes que todos. Se le hizo costumbre llegar a las siete y treinta, ya no temía en caminar hacia la puerta de vidrio, que el sistema la identificara, ingresar el código y luego entrar dejando que la tecnología hiciera su trabajo al colocar su identificación sobre el sensor digital. Su trabajo solo era encender la cafetera, esperar la llegada de todos y organizar lo que su jefe necesitara cada mañana y para el resto del dia. La primera parada era la oficina del señor Gottier, subía las cortinas, ordenaba su agenda y dejaba los documentos importantes sobre el escritorio que necesitaban de su revisión antes de ser dirigidos a su destino. Encendía la televisión colocando el canal de noticias sin volumen, una pequeña costumbre que ella le creó una mañana, desde entonces no permitía que nadie cambiara el canal. Luego pasaba por la sala de conferencias, verificando que todo estuviera en su lugar; en caso de alguna reunión, preparaba el lugar o solo lo dejaba listo para los momentos de estrés de su jefe. La siguiente parada el despacho de Javier. Desde la tercera vez que se vieron, el hombre le obligó a tratarlo por su nombre y nada de señor. Por lo general, él se pasaba por las tardes y dejaba cualquier documento sobre su escritorio así los recogía por la mañana, los revisaba y entregaba a quien correspondiera dentro del edificio. En esas siete semanas, se dio cuenta que entre Karla y el señor Gottier existía una amistad muy fuerte a pesar de que este último no lo demostrara. La última detención era en la cafetera, dos minutos antes de que Sebastian Gottier saliera del ascensor hacia su oficina. Ella lo seguía en silencio, dejaba el café sobre el escritorio y luego se retiraba: sin dejar de mirarlo, caminando de espalda hasta llegar a la puerta; sentía sus ojos oscuros de reojo que daba la señal para poder salir. Así era cada día. Y le gustaba. Esa mañana Rebeca tenía una reunión con la señora Marta, pasarían gran parte de la mañana encerradas en la oficina solucionando detalles y cerrando el mes entre estadísticas y gráficos, por lo que Sofia debía encargarse si alguien necesitaba algo de recursos humanos o transferir las llamadas importantes. Su jefe estaba encerrado sin interrupciones en conversaciones con dos de sus socios. La puerta del ascensor de abrió dejando paso a una mujer adulta que nunca vio pisar la oficina, si bien conocía. Llevaba un vestido rosado ajustado hasta la rodilla, unos zapatos de tacón del mismo color junto con una cartera negra y accesorios en la misma tonalidad. Levaba el cabello peinado en ondas perfectas que caían debajo de los hombros. Cuando sus miradas se cruzaron, la mujer sonrió retomando el paso hasta quedar frente a frente con solo el mesón interfiriendo. Sus facciones eran perfectas, cabello rubio, sus ojos azules muy intensos, ni una sola línea de expresión en una piel hidratada. Podía ser que tuviera más de cuarenta años, sin embargo, aparentaba ser una joven de treinta. —Tú debes ser Sofia —la chica asintió sin hablar—. Perdón mi efusividad, estoy emocionada de por fin conocerte y admirar la persona propietaria de esa hermosa voz… Soy Luisa Gottier, la madre de Sebastian. —Lo sé, he tenido el gusto de verla en fotografías, si me lo permite es mucho más bella en persona —habló Sofia demostrando seguridad con una sonrisa y los nervios intentando ganar la batalla; la mujer con naturalidad se dio la vuelta para abrazarla. —Tranquila, pequeña, no sabes cuantas ganas tenía de conocer a la mujer que ha soportado los estados de humor de mi hijo en estas semanas. —Mamá. Ambas se dieron vuelta encontrando a Sebastian mirando con el ceño fruncido. La asistente quiso correrse, no obstante, Luisa no se lo permitió, le regaló una sonrisa a su hijo y luego se detuvo en la chica. —Buenos días, hijo. Ya iba al despacho, no sin antes agradecerle a esta hermosa muchacha por toda la ayuda que ha aportado en estas semanas. Es una de tus mejores asistentes. —Te estaba esperando, vamos —dijo el hombre con frialdad, antes de girarse habló—. ¿La señorita Montenegro te ofreció algo para beber? —La chica se tensó, el contacto de la mujer la calmó mágicamente. —Tranquila querida, no quiero nada… Vamos, cariño, será una reunión corta. Madre e hijo se perdieron por el pasillo hacia la sala de conferencia. Rebecca volvió a respirar intentando concentrarse en su trabajo. Respondió algunos llamados, se contactó con Ernesto Lacava, otro de los socios minoristas, que necesitaba una reunión con el señor Gottier y los demás inversionistas. La chica se comprometió a tener una respuesta lo antes posible. Por otro lado, ayudó con unos estados que el departamento de publicidad tenía pendiente de enviar al jefe, se encargó de corregirlos y mandarlos a destino al cual pertenece. Recibió una contestación de agradecimiento cinco minutos después. Javier la llamó preguntando si alguien solicitaba una declaración en tribunales, la chica negó prometiendo estar atenta a cualquier llamada externa para informarle o transferirla a su celular. Poco tiempo después aparecieron Luisa y su hijo. Éste la llevaba firme de la espalda, serio como siempre, atento a cada paso que daba. La mujer se giró mientras esperaba el ascensor para despedirse y acordar seguir en contacto. El señor Gottier esperó a que su madre desapareciera detrás de las puertas para girarse deteniéndose en ella más tiempo del necesario. —La quiero en mi oficina en cinco minutos. Sin más, siguió su camino sin esperar respuesta. Sofia tragó en seco, esto no era bueno. Sin quererlo se puso a temblar, ordenó los papeles que tenía enfrente, miró a su alrededor; no podía dejar el lugar solo, no habría quien recibiera o contestara las llamadas, tampoco podía desobedecer una orden, menos de él. No estaba segura de que sería peor, terminando por elegir dejar la recepción desierta antes de no responder a su jefe. Rápidamente llamó a recepción informando que no se recibirían visitas hasta que ella llamara nuevamente, tanto para el presidente como para el área de operaciones. Tomó aire un par de veces antes de incorporarse y caminar rápidamente hacia la puerta que tanto conocía. Tocó tan suave que temía no ser escuchada, aterrada de tener que golpear nuevamente, sin embargo, de adentro le invitaron a pasar. El señor Gottier sorpresivamente se hallaba sentado en la salita, había dejado la majestuosidad de su escritorio por un lugar neutral mas informal. La chica se quedó de pie en la entrada sin saber qué hacer, el hombre al notarlo la invitó a tomar asiento en el sillón caledonio al suyo. Sorprendida siguió las instrucciones. Sobre la mesa descansaba una carpeta que ella no reconocía como su trabajo; se fijó en la alfombra más tiempo del necesario como si fuera lo más interesante de la habitación, aunque el hombre a su lado podía opacar cualquier obra de arte dentro del espacio. Él carraspeó esperando a que levantara la mirada, sus ojos se cruzaron y con solo fijarse sintió la orden de que no la desviara. Con todo esfuerzo permaneció ahí, atenta en esos ojos verdosos y penetrantes, temblando de pies a cabeza. Ese tigre del que todos hablaban estaba ahí, atento, vigilante, esperando su momento para atacar… Y ella era la presa en ese instante. —Sofia es momento de que reconozca todo el trabajo que has hecho en estas siete semanas. Has sido una asistente eficiente, sabes llevar esta empresa demostrando que puedes solucionar cualquier problema sin necesidad de mi intervención. La chica abrió los ojos sorprendida ante sus palabras, nunca las hubiera esperado de ese hombre ni tampoco las quería oír, ella solo lo hacía para demostrarse a sí misma que podía con ello. Sonrió de cortesía. —Gracias, señor Gottier. —Ahora necesito que tomes un papel con mayor importancia dentro de la empresa y fuera de ella. Te has ganado mi confianza y sé que podrás con toda esa presión. —Sofia lo miró sin entender. Podía observar que el tigre se movía nervioso, no sabía si sacar las garras o dejarse dominar—. Pero antes debes firmar esto. El empresario deslizó la carpeta hacia ella junto con una pluma. La chica con las manos temblando la abrió dejando a la vista un documento:
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