CAPÍTULO DOS Zoe abrió la puerta de su apartamento con un suspiro de alivio. Este era su refugio, el lugar donde podía relajarse y dejar de intentar ser la persona que todos los demás aceptaban. Escuchó un suave maullido desde la cocina mientras encendía las luces, y Zoe se dirigió directamente hacia allí después de depositar sus llaves en la mesa lateral. ―Hola, Euler ―dijo, agachándose para acariciar a uno de sus gatos detrás de las orejas―. ¿Dónde está Pitágoras? Euler, un gato atigrado gris, sólo maulló de nuevo en respuesta, mirando hacia el armario donde Zoe guardaba las bolsas y latas de comida para gatos. Zoe no necesitaba un traductor para entender eso. Los gatos eran bastante simples. La única interacción que realmente anhelaban era la comida y alguna caricia ocasional. Tom

