2000 La primavera de ese año se planteaba como un gran preludio del verano en el que ambos amigos alcanzarían la mitad de sus carreras. Habían jugado la mejor temporada de su camada y estaban cerca de obtener el campeonato. Ese sábado tenían una fiesta a la que los habían invitado expresamente dos chicas del equipo de hockey. Con gran valentía los habían esperado al final de un partido, en la salida del vestuario y venciendo la timidez propia de la adolescencia, habían sido bastante convincentes como para que ambos se encuentren terminando de vestirse para asistir. Martin, dos años después, todavía albergaba la esperanza de volver a ver a la rubia de ojos grandes a la que no había podido explicar el motivo de su huida, si bien no dejaba de encontrar consuelo la mayoría de los fines de sem

