Capítulo 1

1681 Words
―¡Blue! ―El insistente grito la obligó a acelerar―. Vamos a llegar tarde, y no todas somos las favoritas de la jefa, así que, por el amor de Dios, ¡apúrate! ―Corriendo, salió de la habitación. ―Espera, ¡yo soy la jefa! ―Janina, la mejor amiga de Blue, se carcajeó―. No juegues así, Janina, ¡sabes que no lo tolero! ―La joven no podía parar de reír. ―Me encanta lo despistada que eres. ―La abrazó por los hombros―. ¿Cuándo te vas a acostumbrar que eres dueña y señora de la agencia? Blue suspiró. Todavía no podía creer que haber cuidado de aquel anciano solitario le hubiese traído tantas cosas buenas. ―Es que apenas hace dos meses y veinticuatro días lo perdí. ―Su mirada se entristeció―. Fueron tres años viéndolo gruñir, reír y maldecir como un demonio. ―Sonrió entre lágrimas―. Y ahora no está, y yo he quedado con tanto que no sé qué hacer. ―Te falta visión, mujer ―Janina la miró a los ojos―, pero no temas, aquí está tu amiga pobre con delirios de multimillonaria perra y desgraciada. ―Blue rio―. Vamos, hoy tienes la primera reunión con el equipo administrativo. ―Respiró hondo―. ¿Estás lista? Blue no dijo nada. Había estado huyendo de todo eso hasta que el abogado le montó persecución y la obligó a firmar los papeles para que todo pasara a su nombre. ―Blue, el señor Alexander te enseñó todo para que seas una tiburona. No puedes siempre temer. ―Lo sé. ―Blue resopló―. Es solo que sin él las cosas son más difíciles. Si me equivoco, no estará para ayudarme. ―Pero estoy yo ―le aseguró―. Le prometí que cuidaría de ti, y lo haré, ¿de acuerdo? No estás sola. Blue asintió. No podía ser una cobarde siempre. Desde que la persona que más amaba la abandonó en su peor momento, ella adoptó una personalidad distante y desconfiada que no le permitía ser quien de verdad estaba destinada a ser. La vida fue dura para Blue, pero finalmente un golpe de suerte la recibió al encontrarse con Alexander VanDhel, un hombre conocido por ser un importante empresario dueño de multinacionales, agencias de niñeras y otros negocios, como la hotelería y construcción. Blue entró junto a Janina, quien era su asistente personal, ya que tenía ese puesto cuando Alexander estaba vivo. Todos ahí quedaron embobados con la apariencia de la chica. Si bien la mayoría la conocía como una chica dulce y algo cohibida, ahora era toda una belleza casi irreconocible. ―Señorita VanDhel, bienvenida. ―Richard Beckman, quien había estado enamorado de Blue desde las sombras, se puso en pie para recibirla. ―Gracias. ―Blue adoptó un temple serio y seguro de sí. Si algo le enseñó su abuelo fue a no demostrar debilidad por mucho miedo que se tuviera―. Bien, pueden iniciar. ―Tomó asiento. Su mejor amiga se sentó a su lado en la mesa. Jamás la dejaba atrás. La junta era básicamente para explicarle todo a Blue y ponerla en contexto de lo que se hacía en la empresa, algo que le fastidió, porque estaba al tanto de cada cosa gracias a su abuelo, pero, con ánimos de hacerlos sentir seguros con su toma de poder, escuchó paciente. ―El próximo proyecto que queremos llevar al Reino Unido está por iniciar ―explicó Richard―. Estamos sacando un equipo para trasladarnos. ¿Viene con nosotros? Blue negó de inmediato. Llegó a Alemania con la esperanza de no volver a ver a la familia Rummage nunca más. ―Confío en su criterio, señor Beckman. Puede seleccionar al equipo y hacerse cargo. ―Le sonrió―. Lo pongo todo en sus manos. El hombre se sintió halagado. ―En cuanto a los futuros accionistas, estamos considerando firmar un par de contratos ―dijo otro de los hombres―. En un par de días haremos una fiesta para darles la bienvenida y ese mismo día firmaremos. ―Blue se sintió incómoda por esa mirada―. Usted debe estar ahí. Ella alzó las cejas. No se le pasó por la cabeza eso, pero aun así asintió seria. ―Bien, supongo que me quieren conocer. ―Todos asintieron―. De acuerdo, prosiga. Los hombres lo hicieron. La pusieron al tanto de todo. Y Blue finalmente comprendió que ahora era una multimillonaria dueña de muchas cosas, y el peso se sintió enorme. Una vez terminaron la junta, Blue se despidió de todos, pero Richard tenía otros planes. Había querido salir con ella, pero Alexander lo sentenció a muerte si se le acercaba. Sin embargo, ya no podía contenerse. Deseaba invitarla a salir. ―Lamento hacerla quedar. Sé que está muy ocupada ―le sonrió con nerviosismo―, pero quería invitarla a un almuerzo en su restaurante favorito. Blue le sonrió con amabilidad aun cuando deseaba salir corriendo de ahí. ―Bueno, si me alcanzas antes de que me marche, lo aceptaré con gusto. ―Le dio la espalda y salió de ahí. No pensaba quedarse por más de cinco minutos, y era solo para revisar cómo iba la decoración de su despacho. Janina caminó el edificio de más de ochenta pisos buscando a su mejor amiga y no la encontró. No sabía lo que pasaba, pero sin duda la ahorcaría en cuanto la encontrara. Blue, que estaba acostumbrada a pasar el día en la agencia de niñeras, se dirigió de inmediato hacia allá. La desventaja era que estaba a solo dos manzanas, y Richard logró verla. ―Auch. ―Blue miró al piso―. Ten cuidado, por favor. ―Puso en pie a la niña. ―Lo siento, cielo ―se disculpó, y la ayudó a limpiarse―. Estaba huyendo de alguien. No te vi. ―Le sonrió. ―¿Tu papi también te quiere poner una niñera mala? ―Blue alzó las cejas―. Mi papi quiere que alguien me cuide, pero yo estoy grande. Puedo cuidarme sola. Blue sintió tanta ternura que le fue inevitable acariciar las mejillas regordetas de la niña. ―¿Te digo un secreto? ―La niña fijó sus ojos grises en ella con total atención―. Yo trabajé de niñera por dos años, y soy muy buena. ―Señaló fuera del callejón―. Por ahí queda mi agencia. ¿Qué tal si hablo con tu papi y te doy a la niñera que tú elijas? ―¿Puedes ser tú mi niñera? Me gustas. Blue rio enternecida. ―No, cielo, yo ya no puedo ser niñera, pero hay otras chicas tan buenas como yo. ―Se enderezó―. Tu padre debe estar preocupado. ¿Por qué no vamos por él? ―La niña la miró esta vez con ojitos asustados―. ¿Qué pasa, cielo? ―También se preocupó. ―Es que papi está en una junta y yo me le escapé a la recepcionista. ―Hizo un puchero―. No sé en qué edificio es ―sollozó. ―Oh, no llores, cielo. ―La agarró de la mano―. Mira, mi agencia queda muy cerca. Podemos ir ahí y poner la alerta, ¿te parece? ―¿Y si me sacas los órganos? ―Blue la miró impactada―. La abuela dice que no debo irme con nadie porque a las niñas bonitas como yo les sacan los órganos. Eso fue aterrador para Blue. ¿Quién podía decirle eso a una niña? ―No, cielo, jamás haría eso. ―Suspiró―. Hagamos algo. ―Le sonrió―. Entremos a cada edificio y preguntamos por tu padre. ―No quiero que me encuentre ―se negó―. Las niñeras que me cuidan son raras cuando papá está. ―Descompuso el gesto―. Ellas no paran de reír y mover sus caderas de manera extraña. Blue lo comprendió todo y se sintió asqueada. ―Bien, entonces permíteme ponerte a salvo. No puedo dejarte sola aquí. ―Miró fuera del callejón. Ahora, si Richard la veía, podía cancelarle sin culpa―. Vamos, cielo. ―Avanzaron un par de pasos, pero se detuvo―. ¿Cómo es tu nombre? La niña alzó la mirada y se encogió de hombros. ―Cinnia. Blue se impresionó. ―¿Nombre celta? ―La niña asintió, y Blue sintió algo en su corazón que le recordó la tristeza más grande que había pasado en la vida―. Es hermoso, cielo. ―¿Y tú? ―Blue ―dijo con una enorme sonrisa―. ¿Nos vamos, Cinnia? La niña le apretó un poco más la mano y asintió. El hombre desesperado y agresivo asustó a todos, pero aterrorizó a una persona en especial. La recepcionista bajó la cabeza. Ella ni siquiera se dio cuenta de las intenciones de la niña. La envió por un jugo especial y la dejó sola, sin saber que se marcharía sin ser vista. ―Lo siento, señor ―sollozó―. De verdad no creí que la niña se iría de esa manera. Por favor… ―¡¿Por favor?! ¡¿Por favor?! ―gritó colérico―. ¡Una niña de cinco años dejó en evidencia lo lenta e incapaz que eres! ―A él no le interesó estar en la empresa con la que se suponía que haría un contrato. Estaba furioso. ―Señor… ―¡¿Qué?! ―Se dio la vuelta. ―La hemos encontrado ―contestó el hombre sin parpadear para no enfurecerlo más―. Se le vio con una mujer a dos cuadras de aquí. Desde eso ya hace tres horas, pero sabemos dónde están. ―Llévame ―ordenó, y le pasó por el lado sin importar que dejó a la mujer hecha un mar de lágrimas por la culpa y los insultos que no se midió en decir.
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