Arrastro a Fede por la chaqueta hasta el estacionamiento de mi empresa, ignorando sus protestas.
En el momento en que estamos frente a su auto, me doy la vuelta para mirarlo.
—¿Qué te pasa? —pregunto—. ¿De verdad quieres colarte en la boda de tu ex? ¿Has perdido completamente la cabeza?
Fede se pasa una mano por el pelo. —Necesito cerrar el tema, Sol.
—No, Federico. Necesitas ayuda profesional. Terapia.
—No puedo quedarme quieto y ver a la mujer que amo casarse con otro.
Dios. Quiero golpearlo en la cara. Quiero besarlo hasta que olvide que Dalia Crestfield alguna vez existió. Quiero gritar hasta que las estrellas caigan del cielo.
—Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Vas a irrumpir en el altar? ¿Arruinar su gran día? ¿Empujar al novio del altar y declarar tu amor eterno como un protagonista cliché de comedia romántica? Dios mío, Federico, eres mejor que esto.
—No quiero arruinar la boda —murmura—. Solo... necesito que me mire a los ojos y me diga que se acabó.
Se me corta la respiración.
Lo odio. Odio lo estúpida y patéticamente enamorado que sigue estando de Dalia. Cómo después de todo, después de los interminables desamores, todavía cree que ella colgaba el sol, la luna y las estrellas.
—Bueno, no voy contigo —digo.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero.
—Vas a ir, Sol. Fin de la discusión.
—No voy.
—Te necesito.
Oh.
Ahí está. Las palabras que me parten en dos y me dejan sangrando por todo este estacionamiento.
Odio cómo se me acelera el pulso. Odio cómo todavía tiene este poder sobre mí.
—Si las cosas... no salen exactamente como las planeé —continúa, acercándose—. Necesito a mi mejor amiga a mi lado. No estoy seguro de poder sobrevivir solo si Dalia sigue adelante con esta boda.
Por supuesto que me necesita. Siempre me necesita.
He estado reconstruyendo a Fede durante tanto tiempo que probablemente podría reconstruirlo de memoria. Conozco cada grieta, cada fractura.
He sostenido los pedazos rotos de él en mis manos y los he vuelto a colocar en su lugar más veces de las que puedo contar.
Pero estoy cansada.
Estoy tan cansada de amarlo cuando él ni siquiera ha pensado en amarme.
Me trago el nudo en la garganta y me obligo a mirarlo a los ojos. —No soy tu animal de apoyo emocional, Federico.
—Por favor, Sol. No te lo pediría si no fuera importante.
Y así, cedo.
Porque soy débil. Porque soy patética. Porque lo amo.
Siempre lo amaré.
—Bien —digo—. Pero cuando esto inevitablemente te explote en la cara, no voy a recoger los pedazos esta vez. —Incluso mientras lo digo, ambos sabemos que es mentira.
Fede sonríe, esa sonrisa infantil y torcida que me hace dar un vuelco el corazón.
—Trato hecho.
—¿Al menos me conseguiste un boleto de primera clase?
—Sabes que no viajo en clase turista, Sol.
—Como sea.
Me doy la vuelta y regreso a la oficina.
De verdad vamos a hacer esto.
De verdad vamos a volar por todo el país para colarnos en la boda de su ex.
¿Qué podría salir mal?
Siete semanas después….
He estado esperando en el Aeropuerto Regional de Asheville durante más de una hora, con la maleta apoyada contra mis piernas.
Se suponía que Federico me encontraría en el momento en que aterrizara. Pero, por supuesto, Federico Hartley, maestro del caos emocional y la mala toma de decisiones, no aparece por ningún lado.
He intentado llamarlo. No hay respuesta.
He intentado enviarle un mensaje de texto. Lo dejó en visto.
Reviso mi teléfono por centésima vez. Sigo sin nada. La batería está al 12%, lo suficiente para llamar a un Uber y encontrar el hotel más cercano si es necesario.
Estoy a segundos de tirar mi teléfono contra la pared cuando escucho el ronroneo bajo de un motor que suena como si hubiera salido del infierno, un gruñido profundo y atronador que hace que varias personas cercanas se giren y se queden mirando.
Levanto la cabeza justo a tiempo para ver un monstruoso Ford Mustang Shelby GT500 n***o detenerse frente a mí.
La ventanilla baja y, Dios me ayude, el hombre al volante parece el pecado mismo.
Es hermoso de una manera que se siente mal. Peligroso. De mandíbula afilada, cabello oscuro y vestido completamente de n***o como si estuviera a punto de cometer un incendio o un asesinato.
Sus ojos me recorren de pies a cabeza, evaluándome. Resisto la tentación de alisar mi ropa arrugada por el viaje o arreglarme el pelo.
—¿Sol Mercer? —dice.
Parpadeo. —¿Quién eres?
—Supongo que puedes llamarme el hermano equivocado —responde.
—¿Qué?
—Perdona mis modales —dice con voz suave, profunda y molestamente sexy—. Soy Perseo Hartley. El hermano de Federico, él me envió para que te llevara a casa de nuestros padres.
Así que este es el infame Perseo.
He oído historias.
Federico habla de él como si fuera un lobo callejero que ocasionalmente aparece en tu fogata, te roba la comida y desaparece en el bosque. Salvaje. Impredecible. Tal vez incluso un poco desquiciado.
Ahora que lo pienso, se parece a Fede: la misma estructura ósea afilada, la misma boca molestamente perfecta. Pero donde Federico es sol y encanto, Perseo parece salido de una revista de estilo de vida para gánsteres sofisticados.
—¿Cómo sé que no eres un secuestrador? —pregunto, levantando la barbilla—. Tendrás que proporcionar pruebas de que eres quien dices ser.
—¿Como una tarjeta de identificación?
—Eso funcionaría.
—No tengo ninguna.
—¿Ves? Tiene vibras de secuestrador —digo.
—¿Por qué no llamas a Federico y lo confirmas?
Cruzo los brazos. —No responde. ¿Por qué crees que he estado aquí parada durante una hora como un perro abandonado? —Miro el coche—. Y que aparezcas en un muscle car de aspecto agresivo que grita 'jefe de la mafia' no te está ayudando precisamente.
—¿Vas a subir o no? Tengo que ir a otros sitios, jovencita.
—¿Jovencita? ¿De verdad me acabas de menospreciar?
Perseo suspira, un sonido de sufrimiento que sugiere que estoy poniendo a prueba su poca paciencia.
—Entra, Sol.
Lo miró fijamente, inexpresiva. Luego suspiro, porque claramente no tengo ningún instinto de supervivencia. Ya he aceptado ayudar a Federico a colarse en la boda de su ex. Subir a un coche con su hermano potencialmente asesino ni siquiera es la peor decisión que he tomado este mes.
—Abre el maletero —le digo.
Perseo abre el maletero desde dentro y yo meto mi bolso dentro, murmurando para mí misma sobre cómo así es como las mujeres terminan en podcasts de crímenes reales.
Cuando me deslizo en el asiento del pasajero, Perseo no se mueve.
—¿Por qué no conduces? —pregunto, mirándolo de reojo.
—Tu cinturón de seguridad.
Oh.
Un secuestrador potencial preocupado por la seguridad. Eso es... inesperado.
Lo coloco en su lugar con un clic y él acelera el motor, saliendo de la zona de recogida del aeropuerto y entrando en la autopista con una suave aceleración que me empuja hacia atrás en mi asiento.
En el momento en que salimos a la carretera, acelera, el Shelby Mustang ruge debajo de nosotros como una bestia desatada.
—¡Ve, más despacio! —mis manos se agarran instintivamente al borde de mi asiento.
—¿Quieres salir? —pregunta.
—No. Pero te mueves demasiado rápido. Ni siquiera puedo ver la ciudad.
—¿Asheville? No hay nada que ver.
—Es fácil para ti decirlo. Probablemente has vivido aquí toda tu vida y has viajado por el mundo. Casi nunca salgo de Nueva York. Cuando lo hago, me gusta... llenarme los ojos.
Suena poético cuando lo digo en voz alta, casi vergonzoso. Pero es verdad. Colecciono momentos, imágenes, sensaciones. Los guardo para las noches solitarias cuando mi apartamento se siente demasiado vacío y mis pensamientos demasiado ruidosos.
—¿Crees que vivo en Asheville? —pregunta.
Me vuelvo hacia él. —¿No?
—No. En Nueva York.
Espera un minuto.
—Has estado en Nueva York todo este tiempo —digo.
—Suenas sorprendida.
—Es solo que... Fede nunca lo ha mencionado. Nunca. ¿Cómo es que ambos viven en la misma ciudad y nunca se cruzan?
—Federico y yo tenemos una... relación compleja.
La forma en que lo dice me hace cambiar de tema.
Conducimos en tenso silencio durante un rato, hasta que Perseo se desvía repentinamente de la carretera principal sin previo aviso, y el coche toma una curva cerrada que me hace aferrar la manija de la puerta.
Aparca frente a un edificio poco iluminado con letras rojas de neón que dicen:
DELICIAS SENSUALES.
—Umm... ¿Es esta la casa de tus padres? —pregunto, sabiendo muy bien que no lo es.
Perseo sonríe con suficiencia. —¿Delicias Sensuales? ¿En serio? ¿Te parece una casa?
El lugar es exactamente como esperarías que fuera una tienda para adultos. Ventanas oscuras. Callejón sombrío.
—¿Una tienda de juguetes sexuales? —pregunto.
—Bingo.
Mi cerebro hace cortocircuito. —¿Por qué estamos en una tienda de juguetes sexuales?
—Necesito comprar un regalo de bodas.
—¿Para quién?
—Mi amigo y su novia.
Dudo, tragando saliva con dificultad mientras las piezas encajan en mi mente.
—Espera... ¿tu amigo es Santiago? ¿El novio?
—Sí.
—¿El prometido de Dalia?
Perseo sonríe con malicia. —Sí.
Oh, por Dios.
¿El hermano de Federico es amigo del prometido de Dalia?
¿Por qué Fede nunca ha mencionado nada de esto? Es como si no supiera nada de mi mejor amigo.
Esto es solo una bomba de tiempo a punto de explotar.
—¿Quieres esperar aquí o entrar? —pregunta Perseo.
Miro el edificio, luego vuelvo a mirarlo a la cara.
Al diablo.
Me desabrocho el cinturón de seguridad y salgo del coche, ajustándome torpemente las gafas y alisando las arrugas imaginarias de mi blusa.
—Vamos a comprar algunos dispositivos de tortura en nombre de Dalia —digo, sin bromear en lo más mínimo.
Perseo se ríe entre dientes. —De acuerdo, señora. Pero debo advertirle que algunas chicas disfrutan siendo torturadas.
Ya veremos. Voy a conseguir algo con suficiente voltaje para borrar el falso e infiel trasero de Dalia de la faz de la Tierra para que no pueda arruinar más a Federico.