Capítulo 2

1512 Words
Siento que me arde la cara. ¿Quién se cree que es esta chica? —No —responde Federico, sin siquiera detenerse a pensar. —Qué lástima. —Amber hace pucheros—. Aunque sí quiero verla desnuda. ¿Cuál es su problema? ¿Se está burlando de mí? ¿Se está burlando de la amiga simple y torpe? ¿O hay algo genuino en su interés? De cualquier manera, no quiero quedarme para descubrirlo. Me doy la vuelta y me abro paso entre la multitud, dirigiéndome al baño, necesitando espacio, aire, silencio. Estúpida, estúpida, estúpida, canto en silencio. ¿Qué esperaba que pasara esta noche? En el baño, me apoyo en el lavabo, mirando mi reflejo en el espejo manchado. —Ponte las pilas —murmuro—. Fue idea tuya. Mi brillante plan para animar a Federico ha fracasado estrepitosamente. En lugar de distraerlo de Dalia, lo he empujado a los brazos de Amber. Y ahora estoy escondida en un baño mientras probablemente intercambian saliva y números de teléfono. Me echo un poco de agua fría en las muñecas, me vuelvo a aplicar el lápiz labial y me preparo para volver a salir. Soy una mujer adulta. Puedo soportar ver a mi mejor amiga enrollarse con otra persona. Lo he estado haciendo durante una década. Pero cuando finalmente me atrevo a entrar al club de nuevo, buscando con la mirada la figura familiar de Federico en la pista de baile, no lo encuentro por ningún lado. El lugar donde él y Amber estaban bailando ahora está ocupado por un grupo de chicas universitarias tomándose selfis. El pánico me invade el pecho mientras me abro paso entre cuerpos sudorosos, buscando. Él no se iría sin mí. ¿O sí? Los veo justo cuando salen por la puerta principal, el brazo de Federico alrededor de la cintura de Amber, su cabeza echada hacia atrás riéndose por algo que él ha dicho. Se van. Juntos. Sin siquiera un mensaje de texto. Me abro paso hacia la salida, ignorando las maldiciones y miradas fulminantes que me lanzan. El aire fresco de la noche me golpea cuando salgo corriendo, justo a tiempo para ver a Federico jugueteando con las llaves (mis llaves) de mi coche. —Oye, oye, oye. ¿Adónde vas? —Me apresuro hacia ellos, mis tacones resonando en el pavimento. Federico levanta la vista, sorprendido. —Nos llevamos la fiesta a casa, Sol. —¿Y decidiste llevarte mi coche? Tiene la decencia de parecer avergonzado, levantando una mano para frotarse la nuca en ese gesto familiar que suelo encontrar cautivador. Pero esta noche, solo alimenta mi ira. ¿Cómo se atreve a quedarse ahí parado con aspecto infantilmente avergonzado mientras estaba a punto de robarme el coche? Amber simplemente pone los ojos en blanco. —Tranquila, mamá. Puedes ir a casa en Uber. —No haré tal cosa. —Le arrebato las llaves de la mano a Federico. —Ustedes dos están borrachos. Súbanse al asiento trasero. Yo conduzco. Los ojos de Amber se entrecierran, pero se desliza dentro del coche de todos modos. Federico la sigue, sin mirarme a los ojos. Cierro la puerta tras ellos con más fuerza de la necesaria. El viaje es insoportable. Tengo los nudillos blancos sobre el volante mientras conduzco por las calles oscuras, intentando ignorar lo que ocurre en el espejo retrovisor. Pero es imposible no oírlos: los susurros, las risitas, los húmedos sonidos de los besos. Subo el volumen de la radio, pero ni siquiera eso puede ahogar sus murmullos. —Te deseo tanto —dice Federico. —Tómame aquí y ahora —responde Amber. Su voz me pone los pelos de punta. —Qué asco. Si tienen sexo en mi coche, los tiro a ambos por la ventana —digo, desviándome ligeramente mientras me giro para mirarlos fijamente. Están enredados en el asiento trasero, Amber prácticamente en el regazo de Federico, con su lápiz labial corrido por su cuello. Su mano está peligrosamente alta sobre su muslo. Me mira a los ojos por el espejo retrovisor y sonríe. —¿Quieres unirte a nosotros? —Su lengua se lanza para humedecerse los labios—. Será divertido. Casi nos salgo de la carretera. —¿Qué? —Mi voz sale como un chillido. —Me has oído. Siempre he querido probar un trío. Los ojos de Federico se encuentran con los míos por el espejo retrovisor. Se da cuenta de que estoy cabreada. —Amber, no creo... —No me digas que no lo has pensado, Federico —lo interrumpe—. Tu pequeña amiga nerd sexy, toda excitada y desesperada. Apuesto a que se vuelve loca bajo toda esa... restricción. Me arde tanto la cara que me sorprende que las ventanillas del coche no se empañen. —Están borrachos —logro decir—. Los dos. —No tan borracha —ronronea Amber—. Solo lo suficientemente borracha para ser honesta. ¿Qué dices, Sol? ¿Tú, yo y Fede? Apuesto a que te has imaginado las manos de Federico sobre ti un millón de veces. El coche se queda en silencio, excepto por el zumbido del motor y mi propio latido atronador. Amber ha dicho mi secreto más profundo y guardado en voz alta, lo ha lanzado al aire entre nosotros como si nada. Como si fuera solo otra sugerencia de borracha, no lo que me ha mantenido despierta durante incontables noches. Agarro el volante con más fuerza, concentrada en la carretera, con miedo de volver a mirarme en el espejo. Miedo de lo que Federico pueda ver en mi cara. —Amber, para —dice Fede—. La estás incomodando. —¿Lo estoy? —Amber se inclina hacia mí—. ¿O solo digo lo que Sol está pensando? Por eso seguiste a Federico hasta aquí como su acompañante, ¿no? Lo quieres. Freno de golpe, acercándome bruscamente a la acera. —Salgan —digo con la voz temblorosa—. Los dos. Salgan de mi coche. —Sol, vamos —dice Federico. —Hablo en serio. Sal de aquí. Toma un Uber a tu casa. Yo me voy a casa. Amber se ríe, el sonido es como el de un cristal rompiéndose. —Dios mío, tenía razón. Quieres follar con él. —¡Amber! —sisea Fede—. Ya es suficiente. ¿Es eso todo lo que cree que es? ¿Una atracción física básica? No tiene ni idea de lo que Fede significa para mí. No tiene ni idea de la profundidad de los sentimientos que tengo por él. Ha reducido mi amor a algo sórdido, algo vergonzoso. Me tiemblan las manos cuando me giro para mirarlos. —Sal. De. Aquí. Ahora. Algo en mi expresión debe convencerlos de que hablo en serio. Fede sale primero y luego ayuda a Amber, que sigue riendo mientras tropieza en la acera. No espero a ver adónde van. Me alejo de la acera con un chirrido de neumáticos, mi visión borrosa por las lágrimas contenidas. ... Durante casi una semana, ignoro las llamadas de Federico. Mi teléfono suena. Lo dejo. Suena. Lo deslizo. Me sumerjo en el trabajo, esperando que sobrescriba la humillación que me quema las venas. Pero Federico Hartley es como una cucaracha. Siempre encuentra la manera de entrar. —¿Me estás evitando, Sol? —pregunta desde arriba. Levanto la vista del monitor. Él está allí, apoyado contra el borde de mi cubículo como si fuera el dueño del edificio. Su cabello es un desastre despeinado, sus ojos oscuros manchados por el insomnio. Parece... destrozado. Bien. —¿Quién te dejó entrar? —pregunto. —La recepcionista está enamorada de mí, ¿recuerdas? —Fede, estoy ocupada. —Vuelvo a la pantalla. —¿Podemos hablar más tarde? Miro a mi alrededor. Mis compañeros de trabajo me miran abiertamente. Jenna de contabilidad acaba de darle un codazo a Carla de informática. Fantástico. Ahora soy el espectáculo dramático de la oficina. —¿Podrías bajar la voz? —susurro—. La gente me está mirando. Sonríe. —Más bien me están mirando. —Estás tan lleno de ti mismo. —¿Qué pasa con esa actitud? ¿Es... esa época del mes o algo así? Oh. Oh, este cabrón. Giro mi silla hacia él, entrecerrando los ojos. —¿De verdad acabas de...? —¡Estoy bromeando! —Levanta las manos en señal de rendición—. Dios mío, Sol. ¿Qué demonios te pasa? ¿Qué me pasa? ¿De verdad está actuando como si no lo supiera? Bien, juguemos a este juego juntos. Lo miró fijamente, con la garganta apretada. —¿Qué quieres, Federico? Mete la mano en su chaqueta y tira algo sobre mi escritorio. —¿Qué es eso? —pregunto. -Un billete de avión a Asheville, Carolina del Norte. Lo reservé para dentro de siete semanas. Frunzo el ceño, sin gustarme hacia dónde va esto. —¿Por qué me das un billete de avión? —Tú y yo nos colaremos en la boda de Dalia.
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