Federico Hartley: Dalia jadea y rebota encima de mí, con sus manos cuidadas apoyadas en mi pecho. Echa la cabeza hacia atrás como si estuviera en medio de algún tipo de experiencia religiosa, pero todo lo que siento es su peso: piel contra piel, movimiento sin significado. Mi mente está en otra parte. Ni siquiera estoy en la habitación. Estoy en Asheville. Sigo en esa maldita casa. Sigo atrapado en el momento en que Sol cerró de golpe la puerta del coche y se negó a mirarme. Intento concentrarme (en las manos de Dalia en mi pecho, en la forma en que jadea mi nombre), pero cada vez que cierro los ojos, veo a Sol. Su expresión vacía, su silencio más fuerte que cualquier despedida que pudiera haberme dado. No responde a mis mensajes. Ni a mis llamadas. Han pasado más de cuarenta y och

