Sol Mercer;
No puedo creerlo.
Tres horas en un avión. Una hora atrapada en ese miserable aeropuerto de Asheville. ¿Todo para encontrar a Federico con la lengua metida en Dalia Crestfield?
Federico tiene la audacia de parecer culpable.
—Sol, siento mucho que hayas tenido que ver esto-
—¿Perdón? —Lo interrumpí, con la voz temblorosa de rabia—. Espero que tengas un mínimo de respeto por ti mismo, Federico. Esa mujer se casa en dos días, ¿y tú te estás besando con ella?
—¿Preferirías que se besara contigo? —pregunta Dalia.
—No hagas eso —le espeta Fede.
—¿Por qué no? Es miserable porque nadie la quiere. Por eso se pasa la vida intentando controlar la tuya. Eres lo suficientemente mayor para hacer lo que quieras.
—¿Suficientemente mayores? Ambos se están comportando como niños —digo—. ¿Cuál es el plan, Fede? ¿Escabullirse a espaldas de su prometido? ¿Acostarse con ella en la suite nupcial mientras el pobre Santiago está desmayado?
Dalia se ríe como si todo esto fuera una broma retorcida. Su anillo de compromiso brilla en la luz, algo obviamente caro, lo que solo hace que mi sangre hierva más.
—Dalia va a dejar a Santiago —dice Fede, luciendo confiado.
Pero Dalia frunce el ceño. —No, no lo voy a hacer. ¿De dónde sacaste esa idea?
—Acabamos de besarnos.
—¿Y? No significa que deba cancelar mi boda.
—Eso es exactamente lo que significa, Dalia.
—¿Hablas en serio ahora mismo? La boda se va a celebrar, Fede.
Veo cómo la esperanza desaparece del rostro de Fede en tiempo real, reemplazada por el dolor.
Esto lo está matando. Y me enfurece. ¿Cuándo aprenderá?
—Saca tu yo manipulador e infiel de aquí —le espeto.
Dalia sonríe. —¿O qué?
—Disfrutas esto, ¿verdad? Disfrutas torturándolo. Disfrutas colgándote delante de él, sabiendo que está demasiado enamorado de ti como para ver el juego enfermizo y manipulador al que estás jugando.
Dalia pone los ojos en blanco. —¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Regañarme hasta la muerte? Dios mío. Incluso Fede está cansado de tus regaños, Sol.
—Cierra ese agujero en tu cara —gruño, dando un paso hacia ella—. Lárgate.
—Cariño, él fue quien me invitó. Tal vez si fueras tan sexy y tan hábil en la cama como yo, miraría en tu dirección.
Me abalanzo sobre ella.
Pero Perseo me atrapa.
Había olvidado por completo que estaba aquí. Sus brazos me envuelven la cintura como bandas de acero, atrayéndome contra su pecho y alejándome de mi objetivo
—Suéltame, Perseo —le digo.
—No puedo hacer eso, Sol.
Lucho contra él, la furia me da fuerza. —Voy a ponerme muy violenta contigo ahora mismo.
—Déjalo ir, Gatita. Déjalos en paz.
—¿Gatita? ¿Por qué demonios haría eso? —pregunto.
—Porque necesitan arreglar las cosas entre ellos. Tu presencia solo va a empeorar las cosas. Démosles algo de privacidad.
Quiero discutir. Quiero gritar. Pero tiene razón. Y odio que tenga razón.
Así que dejé que me alejara.
Puedo oír la voz de Fede detrás de mí, suave y rota, mientras le ruega a Dalia que no se vaya. Me dan ganas de vomitar.
Para cuando llegamos a la sala de estar, siento como si me hubieran prendido fuego por dentro. Me dejo caer en el sofá, echando humo.
Perseo se sienta a mi lado, estirándose.
—¿Así de dramática sueles ser? —pregunta—. Por cierto, lo estabas haciendo dolorosamente obvio.
—¿Hacer obvio qué?
—Que estás enamorada de Federico.
Mi corazón da un vuelco. ¿Cómo lo descubrió?
—No estoy enamorada de él —digo.
—Oh, sí lo estás —dice Perseo perezosamente—. Incluso Fede lo sabe.
—¿De qué estás hablando? ¿Dijo algo?
Perseo se encoge de hombros, estudiándome con esos ojos oscuros y conocedores.
—¿Tiene que hacerlo? Nos acabamos de conocer hoy, y lo presentí. Te conoce desde hace años. Haz los cálculos.
Me levanto y empiezo a caminar de un lado a otro, con las manos temblorosas mientras intento procesar esto. La habitación de repente se siente demasiado pequeña, el aire demasiado enrarecido.
—Bueno, te equivocas en lo que sea que creas saber. No estoy enamorada de Fede.
—Cierto.
—No lo estoy, Perseo.
—Lo que sea que te ayude a dormir por la noche, Gatita.
—Deja de llamarme así.
—¿Qué? ¿Gatita?
Antes de que pueda lanzarle algo (un insulto, un jarrón), Dalia baja las escaleras furiosa, corriendo hacia la puerta principal. Fede la persigue como el maldito tonto que es. Ambos salen corriendo y la puerta se cierra de golpe tras ellos, el sonido reverberando por toda la casa.
Ni siquiera me detengo a respirar. Me muevo para seguirlos, pero Perseo, siendo el alborotador que es, me agarra por la cintura de nuevo.
—¿Cuál es tu problema conmigo? —siseo, girándome para mirarlo.
—No quiero que hagas algo estúpido en casa de mis padres.
—Me preocupo por mi amigo. Claramente no te importa el tuyo, o estarías llamando a Santiago ahora mismo para decirle que su prometida lo engaña.
Perseo resopla. —¿Crees que Santiago no lo sabe? Lo ha estado engañando durante meses.
Me quedo boquiabierta. —¿Hablas en serio?
¿Cómo lo hace? ¿Cómo tiene tanto poder sobre estos hombres?
Perseo me empuja hacia la ventana, su agarre firme alrededor de mi cintura. Puedo sentir cada centímetro de su cuerpo presionado contra el mío. El calor. Los músculos. Su aroma. Todo me envuelve, haciéndome imposible pensar con claridad. Es una sensación extraña, tan extraña que ni siquiera sé cómo llamarla. Todo lo que puedo decir es que soy dolorosamente consciente de la presencia de Perseo. Es como si estuviera en todas partes a la vez. O tal vez estoy reaccionando de esta manera porque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre me tocó.
Intento concentrarme en la escena al otro lado del cristal.
Federico y Dalia están junto a la piscina, discutiendo. Fede tiene las manos apretadas a los costados y la mandíbula apretada por la frustración. Dalia, por otro lado, parece tranquila. No puedo oír lo que dicen, pero no lo necesito. He visto esta escena demasiadas veces: Fede suplicando, Dalia dándole largas. Se me forma un nudo en el estómago.
—Si quieres espiarlos, gatita —dice Perseo, con los labios cerca de mi oído—, puedes tener una buena vista desde aquí. Así no interferirás en sus asuntos. Incluso podemos cotillear sobre ellos si quieres. Ahora dime, Sol, ¿de qué crees que están discutiendo ahora mismo?
Intento no notar lo cosquilleante que es su aliento, cómo me pone la piel de gallina.
—Probablemente sobre cómo ella lo va a dejar para siempre —digo.
—Te equivocas. Ella nunca lo dejará. Y él nunca la dejará ir. Son almas gemelas. Tóxicas. Pero es lo que es. El ciclo nunca termina.
Hay algo casi resignado en su tono, como si hubiera visto este drama desarrollarse demasiadas veces como para contarlas. A diferencia de él, yo todavía no estoy lista para renunciar a mi mejor amigo.
—Noticia de última hora, Cupido —digo—, se va a casar con otra persona. Tu teoría del alma gemela no es del todo cierta.
—¿Crees que la boda se celebrará?
—Por supuesto que sí.
—No lo hará.
Me burlo, girándome para mirarlo. —¿Qué quieres decir con eso? ¿Vas a sabotearlo?
—No necesito hacerlo. Es solo que son así. Rompen, se reconcilian. Es su pequeño ciclo tóxico.
—Estás enfermo, Perseo. ¿De verdad esperas que la prometida de tu amigo le rompa el corazón?
—Nada me alegraría más que ver a Dalia de vuelta con Fede. —Su tono es tan casual, tan despreocupado. Quiero quitarle esa mirada de suficiencia de la cara—. Santiago es un buen hombre. No se merece pasar por esto.
—¿Y tu hermano? ¿Se merece esto? ¿Se merece ser torturado constantemente por esa mujer?
—¿Cuál crees que es mi respuesta a esa pregunta, Sol?
—Espero que actúes como si te importara.
—¿Crees que no? —pregunta.
—¿En serio? Si lo supieras, estarías echando a Dalia de esta casa ahora mismo.
—¿Por qué haría eso?
—Porque es tu hermano.
—Un hermano que obviamente está enamorado.
—No puedo creerlo. ¿A eso le llamas amor? Ella lo está usando. ¿Cómo es eso amor? Tal vez nunca te has enamorado antes, así que no sabes cómo se ve. Puedo decirte con todo mi corazón que no se ve así.
—¿Cómo se ve, Sol? ¿Es lo mismo que los sentimientos que tienes por Fede? Porque eso se ve realmente miserable.
Siento que algo se rompe dentro de mí. ¿Cómo es que amar a Federico me hace miserable?
—Suéltame, Perseo —le digo con voz temblorosa—. Puede que no seas un buen hermano, pero yo soy una buena amiga. No voy a quedarme sentada viendo cómo engañan a mi amigo de nuevo. Voy a salir.
Perseo no se mueve. Su agarre en mi cintura permanece firme, su cuerpo inamovible.
Con una voz tan tranquila que solo alimenta mi rabia, dice: —No puedo dejarte salir, gatita. Te sujetaré físicamente si es necesario.
—¿Quién demonios te crees que eres? —le espeto—. No puedes controlarme, Perseo. Déjame. Ir.
—No te estoy controlando. Estoy impidiendo que hagas el ridículo otra vez.
Si tuviera las manos libres, probablemente ya le habría dado una bofetada.
—Empiezo a entender por qué Fede casi nunca te mencionó en los diez años que lo conozco. Eres un imbécil arrogante y exasperante que no se preocupa por nada más que por sí mismo. Prefieres ver cómo le arrancan el corazón a tu propio hermano antes que hacer algo al respecto.
Los ojos de Perseo se oscurecen y, por un momento, juro que veo algo malvado pasar por ellos.
—Esa es la cuestión, Sol. A Fede le gusta que Dalia le arranque el corazón. Le gusta su toxicidad. Es adicto a ella. La única persona que ve un problema entre que esos dos estén juntos eres tú. Deja de proyectar tus sentimientos en Fede.
—No puedes decirme qué hacer o sentir, odiador de hermanos.
Perseo sonríe. —Piensa lo que quieras. Pero yo quiero lo que haga feliz a Fede. Desafortunadamente para ti, esa es Dalia. Siempre lo ha sido. Siempre lo será.
—Eres repugnante.
—¿Qué puedes hacer exactamente al respecto, Sol? ¿Quieres encerrarlo en una prisión de máxima seguridad en algún lugar del extranjero? ¿Encadenarlo en tu sótano? Fede siempre volverá con Dalia. ¿Crees que eres la primera persona obsesionada con terminar su tonta historia de amor? Déjalo. Ir.
—No puedo.
Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas. Mi pecho palpita, mi cara arde y estoy ahí de pie como un idiota con el corazón sangrando por todo el suelo por un hombre que está ahí fuera persiguiendo a alguien más.
Perseo inclina la cabeza, estudiándome con los ojos de un depredador que acaba de encontrar la parte más débil de su presa.
—¿Qué tal si hacemos una apuesta? —dice.
Entrecierro los ojos. —¿Una apuesta?
—Si esta boda se lleva a cabo entre Dalia y Santiago, te dejaré en paz para que puedas perseguir a Fede hasta los confines de la Tierra si te apetece, como un cachorro devoto. No moveré un dedo para detenerte.
—¿Y si no?
Una lenta y peligrosa sonrisa se extiende por su rostro.
—Si la boda se va al carajo, que se irá, te perseguiré violentamente, Sol Mercer. No habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí y donde no te encuentre. Me arrastraré dentro de tu cabeza, tu cuerpo, tu alma. Te arruinaré para cualquier otra persona. No podrás pensar, respirar ni dormir sin sentirme en todas partes. Haré que olvides que Federico Hartley alguna vez existió. Las cosas que podría hacerte. Las cosas que quiero hacerte...
Por alguna extraña razón, ya no puedo respirar. Me alejo de Perseo, mirando hacia la ventana de nuevo, preguntándome por qué mi cuerpo se ha electrificado. Es odio, me digo a mí misma. Odio puro y puro lo que hace que mi cuerpo reaccione de esta manera; no deseo, nunca deseo. Sin embargo, de alguna manera soy hiperconsciente de cada centímetro de espacio entre nosotros, como si no hubiera ninguna barrera de ropa separando su piel de la mía.
Intento apartarme, pero me abraza, sus labios rozando mi oreja. El contacto me da una sacudida en el cuerpo.
—Todo lo que necesitas es algo más por lo que obsesionarte —dice—. Algo hacia lo que canalizar toda esa energía obsesiva tuya. Déjame proporcionártelo. Déjame darte un pasatiempo, Gatita, uno muy placentero.
Quiero que lo haga.
Dios mío.
¿Qué me pasa?
Este es el hermano de Federico. No puedo estar enamorada de un hombre y luego convertirme en un desastre con su hermano. Sin embargo, mi cuerpo me está traicionando, respondiéndole de maneras que nunca le he respondido a nadie.
—No puedes hacer esto —digo, sin reconocer mi propia voz—. Eres el hermano de mi mejor amigo. Hay un código de conducta sobre estas cosas.
—¿Un código? Al diablo con tus códigos —dice—. Yo veo lo que quiero y lo tomo. A diferencia de ti, que te consumes en silencio, dejando pasar tu vida. Eso es algo que te voy a enseñar, Sol Mercer, cómo doblegar la voluntad del universo y tomar lo que quieres.
Mi respiración se entrecorta. —No necesito tus lecciones. Muchas gracias.
Toca mis caderas, atrayéndome más hacia él, y no creo que me quede ni un solo hueso en mi cuerpo para resistirme.
—Siempre consigo lo que quiero —dice, su voz una oscura promesa—. Y como lo que quiero en este momento eres tú, más te vale que esperes que esa boda se celebre. No hay nada que desee más que atarte y enterrarme tan profundamente dentro de ti, hasta que te desmayes.
Juro que mis piernas están a punto de ceder. Mi piel arde, mi pulso martilla en mi garganta. Nunca antes había sentido este tipo de atracción animal, esta necesidad cruda y primaria que domina la razón, la moralidad, la lealtad. No se compara en nada al dulce dolor que siento por Fede. Esto es algo más oscuro, más peligroso e infinitamente más aterrador.
—Aléjate de mí —susurro.
—Acepta el trato, Sol.
Estoy temblando. Mi cerebro grita "¡corre!", pero mi cuerpo se inclina hacia él como una pequeña perra traidora.
En este momento, me odio a mí misma más que a él, porque a pesar de todo, a pesar de mis sentimientos por Fede, una parte de mí quiere ver qué pasaría si me rindiera.
Trago saliva con fuerza, desesperada por poner distancia entre nosotros, por recuperar algo de control.
—Bien —digo, girándome para mirarlo a los ojos—. Tenemos un trato. Si la boda se celebra, no vuelvo a saber de ti. Si no... haz tu mejor esfuerzo.
La sonrisa de Perseo es puro pecado. —Oh, gatita. No tienes ni idea de lo que acabas de hacer.
Estoy bastante segura de que acabo de entregar mi alma al diablo a cambio de nada.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad? —dice—. Tengo una boda que sabotear.
—¿Qué? No. No. No. Dijiste que no ibas a sabotear la boda.
—Eso fue antes de que aceptaras mi trato. ¿Crees que puedes ganar jugando limpio?
—He terminado contigo y tus estúpidas apuestas. Si siquiera respiras mal durante este evento, te derribaré.
Se ríe. —Oh, está en marcha, Gatita. Deja que gane el más fuerte.
Antes de que pueda responder, la puerta principal se abre de golpe y Fede entra, con aspecto de haber pasado por un infierno. Tiene el pelo despeinado, los ojos enrojecidos y los hombros hundidos en la derrota. Verlo roto, vulnerable, tan claramente herido, me devuelve a la realidad, recordándome por qué estoy aquí, qué importa.
Ambos nos giramos hacia él, y la forma en que los ojos de Fede se mueven entre Perseo y yo, notando nuestra proximidad, me hace doler el estómago.
Oh, Dios.
—¿Qué están haciendo ustedes dos? —pregunta Fede, con la sospecha goteando en cada palabra.
Me alejo de Perseo como si me hubieran quemado. —Nada.
Fede entrecierra los ojos. —¿Estaban ustedes dos... Dios mío? ¿Se estaban besando?