—Por supuesto que tengo que pensar en él —digo, más para mí misma que para Perseo. —Es lo que cualquier persona normal haría. Me ajusto las gafas apresuradamente, con la montura torcida por nuestra apasionada, alucinante e imprudente aventura. Mis dedos tiemblan al subir los cristales por el puente de mi nariz. Soy muy consciente del rímel que corre por mis mejillas, pintándome como la imagen misma del desorden poscoital. Me paso las manos por el pelo, intentando domar los mechones rebeldes, y alisar mi vestido. En el reflejo del espejo, Perseo me observa. Su expresión es ilegible. Sus ojos oscuros siguen cada uno de mis movimientos, y aunque intento no mirarlo directamente, puedo sentir el calor de su mirada. —Tu claridad poscoital es molesta —dice—. Me siento utilizado ahora mismo, ga

