Mi corazón da varios vuelcos a la vez. Y no de la forma cursi, con mariposas en el estómago. No, este es el tipo de vuelco que te golpea de lleno en el pecho y hace que tus pulmones olviden cómo respirar. Cada recuerdo de anoche regresa como una pequeña y sucia presentación de diapositivas detrás de mis párpados. Mis muslos se aprietan por instinto. Tengo la boca seca. Mi pulso es un caos. —¿Conoces a Sol? —pregunta Victoria, recordándome que, de hecho, hay otras personas en la habitación. Perseo no aparta la mirada. —Sí. —¿De Nueva York? Se aleja de su madre y se deja caer en el sofá más cercano con esa gracia perezosa que siempre tiene. Al menos sus ojos ya no están puestos en mí, y por fin puedo exhalar. —En realidad —responde—, nos conocimos ayer Juro que oigo a Fede inhalar pro

