Así como así, el deseo desaparece del rostro de Perseo. —¿Difícil? —dice. —Claramente no le va bien que me vaya. Y es comprensible. He sido la única constante en su vida durante años. Apenas va a casa. No te tiene a ti. No tiene amigos. Solo a mí. Y a Dalia, por supuesto. ¿Quién sabe qué hará después? Podría acabar encarcelada o algo peor. Necesita ayuda, Perseo. No amenazas. No más traumas. Aprieta la mandíbula. —¿Qué estás diciendo exactamente? —Estoy diciendo que me dejes conseguirle la ayuda que necesita. No hay ninguna regla que diga que no puedo salir con un hermano y ayudar al otro. —Sol... —Vamos. No podré vivir conmigo misma si hace algo de lo que no pueda recuperarse. Está loco. Debería haber sabido que no se lo tomaría bien. No lleva bien el abandono. Solo necesito asegur

