Jessica realmente no sabía cómo describir lo que acababa de experimentar.
Aquello no había sido un desmayo normal, aunque tampoco estaba segura de poder afirmarlo, ya que nunca se había desmayado antes.
Ser drogada también parecía poco probable. No había habido ninguna señal de advertencia. Aún no había comido ni bebido nada aquella mañana. No percibía ningún olor extraño aparte del habitual olor húmedo y rancio de la celda, y le gustaba pensar que habría sido lo suficientemente consciente como para notar si le hubieran administrado algo de otra manera.
Sin embargo, ciertamente se sentía drogada.
Era como flotar bajo el agua, atrapada en una existencia nebulosa y onírica donde todo parecía apagado y distante.
Pero las manos apoyadas en sus caderas la devolvieron rápidamente a la realidad y, con una brusca inhalación, fue como si toda aquella bruma se hiciera añicos.
La celda que había llegado a considerar su habitación había desaparecido. En su lugar había algo mucho más grandioso.
Altas paredes adornadas con lujosos detalles se alzaban hacia un enorme candelabro de cristal. Suelos de mármol, alfombras mullidas y cortinas de terciopelo decoraban la estancia. Las sábanas de seda acariciaban su piel acalorada y un contacto cálido descansaba sobre su cuerpo.
Era la alucinación más vívida que Jessica había experimentado jamás y deseaba, por favor, que terminara de inmediato.
Conocía ese momento.
Y no tenía ninguna intención de revivirlo.
Aquella había sido la única vez que ella y Jason habían intentado acercarse desde su aburrida y decepcionante ceremonia de matrimonio.
Jessica había esperado que aquello ayudara a que floreciera algo más real entre ellos, algo que les diera una relación más significativa que la de dos piezas colocadas por conveniencia.
Pero había sido terrible.
Y, después de aquello, Jason se había vuelto aún más frío con ella, hasta el punto de que soportar su mirada se volvió insoportable y terminó evitando su presencia siempre que podía.
Reviviendo aquella insignificante muestra de pasión, aquellos toques que nunca lograron hacerla estremecer de emoción, Jessica no quería soportarlo una segunda vez ni enfrentarse de nuevo a la realidad de lo vacío y carente de amor que había sido su matrimonio.
—¿Por qué te detuviste? —preguntó una voz grave, enviando un escalofrío por su espalda.
Jessica se puso rígida.
Aquello ya no se sentía como un sueño.
Se sentía como una pesadilla.
Levantó la vista y encontró el rostro de su marido mientras permanecía sentada sobre sus piernas. Los dedos de él rodeaban con firmeza sus caderas.
Jason Blanc era un hombre atractivo, con profundos ojos oscuros y cabello n***o como la seda. Pero sus facciones también podían volverse afiladas y crueles, como dagas de hielo.
Ya se estaban formando moretones en su piel por la fuerza de sus manos. El calor de sus cuerpos no bastaba para disipar el frío que descendía por su columna mientras cada fibra de su ser se inundaba de miedo.
La primera vez había sido horrible.
Sus intentos de acercarse a él habían terminado con Jason abandonando la habitación antes de que ella despertara, sin siquiera dejar una nota.
¿Pero esta vez?
Esta vez él la observaba con algo que rozaba la ternura mezclada con deseo, cuando ella sabía perfectamente que no la amaba.
Después de pasar un año encerrada en una pequeña celda, sin conocer la calidez ni el afecto de nadie, aquello resultaba insoportable.
Era demasiado.
Demasiado.
El rugido en sus oídos y los dolorosos latidos de su pecho la hicieron gritar, y Jessica sintió un inmenso alivio cuando aquella extraña oscuridad la envolvió una vez más.
Déjame despertar.
Sin la mirada fría de su marido.
Sin el contacto de unas manos capaces de helarle la sangre y quemarle la piel al mismo tiempo.
Por favor, deja que este recuerdo termine.
Y así fue.
Despertó.
Pero Jessica ya no estaba en su celda ni vestía harapos.
Y, aunque seguía sintiéndose agotada, tampoco se sentía tan frágil como antes.
Con una comprensión abrumadora que amenazaba con hacerla llorar, Jessica se dio cuenta de que aquello no era un sueño. Era una pesadilla. Estaba completamente despierta y no iba a desaparecer.
Jessica estaba en su habitación.
No en su celda, sino en su verdadera habitación. La que había tenido antes de ser acusada de asesinato.
La reconocería en cualquier parte. Era imposible no reconocer el lugar donde había pasado la mayor parte de su tiempo antes de su encarcelamiento.
El blanco limpio y brillante, acentuado con detalles dorados y toques de color, principalmente rosas. La habitación estaba completamente amueblada con todo lo que alguien pudiera necesitar o desear.
Era lujosa, pero Jessica siempre la había encontrado bastante fría. Como si la hubieran llenado de objetos para compensar la ausencia de su marido en su vida. Ni siquiera compartían habitación, por el amor de Dios.
Estaban casados solo de nombre.
Y, aun así, ella nunca había sido realmente una Blanc.
Jessica miró hacia el techo y siguió observándolo durante un momento antes de darse cuenta de que no iba a desangrarse para convertirse en piedra y mortero. El aroma del popurrí no se transformaría en el olor húmedo y mohoso de una celda. No despertaría en aquella prisión a la que había sido enviada tras ser acusada del asesinato del duque Gerard, porque eso todavía no había sucedido.
¡Sonaba una locura!
Y cuanto más lo pensaba, más loca se sentía ella misma. Pero ¿qué otra explicación podía haber?
Ya había comprobado que aquello no era un sueño. Los moretones de sus caderas seguían doliendo y, cuando se incorporó, sus músculos también protestaron.
Sin embargo, ¿qué otra explicación existía aparte de que había regresado al pasado?
Era absurdo.
Y, aun así, tenía sentido.
Solo había habido una ocasión en la que tuvo intimidad con Jason, incluso si acababa de revivirla. Su cuerpo ya no mostraba las secuelas de la falta de alimento y de luz solar. Su cabello tampoco estaba descuidado por la falta de cuidados. Incluso tenía un brillo saludable.
En definitiva, Jessica no se parecía en nada a la mujer que había pasado un año encerrada en una celda.
Eso no cambiaba el hecho de que ella había sido esa mujer.
No, Jessica no creía poseer una imaginación tan desbordante como para inventar algo así. Pero eso solo dejaba más preguntas.
¿Por qué?
¿Y cómo?
Preguntas para las que no tenía respuesta.
Trató de recordar al soldado que había entrado en su celda. Más allá del uniforme idéntico al de todos los guardias, no había nada.
Nada distintivo.
Ni su rostro.
Ni su presencia.
Y, si había hablado, ella no lo había escuchado.
Jessica estaba segura de haberlo visto. De haberlo mirado directamente a los ojos.
¡Pero ni siquiera recordaba si tenía ojos!
Aquello era desconcertante.
¿Por qué?
¿Por qué?
¡¿POR QUÉ?!
Jessica nunca había perseguido el poder ni el prestigio. Nunca había intentado perjudicar a nadie. Siempre se había mantenido fuera del camino de su esposo.
Incluso había logrado aceptar su condena por crímenes que jamás cometió, delitos de los que nunca sería absuelta.
Y ahora estaba allí otra vez.
¿Volverían a arrastrarla y desecharla una vez más?
¿Tendría que sufrir aquel horrible destino de nuevo?
Una celda oscura y helada, donde el hambre corroía sin tregua. Donde la soledad dolía más que el cuerpo y la mente al no tener nada que hacer.
Solo pensar en ello la hizo temblar.
Le faltó el aire.
Y durante un largo rato, Jessica no pudo hacer otra cosa que llorar.
Lloró porque no sabía cuándo volvería a tener la oportunidad de hacerlo.
El mundo no era un lugar amable y ella nunca había estado preparada para sobrevivir entre nobles de tan alto linaje y prestigio.
Se permitió llorar porque, si realmente había regresado al pasado, si de verdad tenía que rehacerlo todo, entonces se negaba a aceptar el destino que había vivido.
Se negaba a vivirlo de nuevo.
Quizás no conseguiría ese maravilloso cuento de hadas con un final feliz.
Pero sería una maldita desgracia si, al menos, no lograba ser feliz en esta vida.
Y así, lloró.
Lloró durante largo rato, hasta que le dolieron los ojos, la garganta, los pulmones y las costillas, porque no sabía cuándo volvería a tener la libertad de hacerlo.
Porque los nobles no mostraban debilidad.
Y la duquesa Blanc, a partir de ese día, no sería tan débil como lo había sido la primera vez.