un poco, como si no le gustara del todo la idea. Meg lo dejó correr. Fuera cual fuere la razón de su incomodidad, no quería desarrollarla cuando todo iba tan bien entre ellos: tanto que no parecía que hubieran estado meses peMeg dos. —Bueno, asuntos laborales aparte… —cambió de tema. Se apoyó en la mesa —. ¿Por qué has venido? —No pongas los codos ahí, es de mala educación. ¿Y por qué no iba a venir? Iba siendo hora de que nos viéramos, ¿no crees? —Sí, es verdad, pero ¿por qué justamente ahora? ¿Y por qué sin avisar? —De acuerdo, es posible que esté aquí por alguna razón, pero preferiría reservarla para el final del viaje. —Sonrió con tiento, como cada vez que iba a decirle algo que sabía que no le gustaría. Meg lo estudió de hito en hito—. No me pongas esa cara, no es nada malo. Solo

