Transilvania-Rumania.
Bosque Encantado de Hoia-Baciu.
Sara
Después de caminar alrededor del bosque y darme cuenta de que estaba totalmente perdida, me senté en medio de la nada a esperar mi pronta defunción. Aquí es cuando te das cuenta de que todo pudo haber sido mucho mejor que antes. Que tal vez si te hubieses portado mal, haber respondido en vez de callarte, darte cuenta de que la vida es... vida y que solo se vive una vez.
Tal vez si yo me hubiese fijado en ser menos obediente y más yo, de seguro no estaría aquí.
¿Por qué estoy aquí, en este lugar, en este bosque sentada esperando mi final?
Que realmente no sé cuál sería mi final.
—Ni siquiera sabes en dónde estás —admite una voz de mujer, haciéndome sobresaltar.
Miro hacia los lados intentando no entrar en pánico, pero, vamos, mira que estoy no en pánico.
¡Estoy de infarto!
—¿Quién anda ahí? —me levanto del suelo, mirando hacia todos los lados del bosque—. ¡Quién anda ahí?! —vuelvo a preguntar asustada.
Oh, por Dios.
¿Por qué simplemente no me pude quedar dormida en la torre como un ser humano normal?
Miro los troncos de los árboles del bosque y solo quiero sentarme a llorar. Realmente me siento otra vez en el suelo a llorar. La parte de abajo de los troncos de los árboles parece una J, pero en vez de estar a la izquierda, la J, está a la derecha.
Esperen un momento...
¿En dónde está la torre por la que salí?
Con desespero y con lágrimas en los ojos empiezo a correr por el bosque buscando la torre. Tampoco es que sea pequeña la tonta torre así que debería encontrarla en cualquier instante. El sonido de ramas partidas y hojas secas, era lo único que se escuchaba mientras yo corría buscando mi regreso a casa.
¿Casa?
Mi padre debe estar a nada de un colapso mental porque no estoy.
—Yara, al fin te encontré —la voz gruesa de un hombre me hace sobresaltar.
Ahora escucho más voces.
Mi cabeza debe, puede y desea alimentar sus ganas de asustarme.
—Yoraco, estoy aquí —responde, la voz de una mujer que me habló hace un rato.
Me detengo nuevamente y miro hacia los lados.
¿Quién está hablando si no hay personas en este bosque? Aún es de día, pero el bosque no está muy lleno de luz.
¿En dónde estoy?
—¡Auxilio! —grito—. ¡Que alguien me ayude, por favor!
Silencio...
Silencio...
Silencio...
—¡Hay una persona aquí, por favor! —vuelvo a gritar, me siento en el suelo a llorar—. Por favor, ayúdenme...
Con mi rostro enterrado entre mis piernas lloro por no sé cuánto tiempo. Todo lo que escucho a lo lejos son los sonidos del bosque. Grillos, pájaros y no sé qué otro animal más. La brisa helada hace mi cuerpo titiritar del frío.
Recuerdo que anoche mi nana Mara me hizo poner está pijama. Fue un regalo de su parte por haber inaugurado un refugio para niños con problemas de calle. El pijama es un mono de tela gris y una camiseta grande blanca que tiene una luna llena en el medio.
—Amo la luna —dice, la voz de una mujer.
Yo también amo la luna y lo espléndida que es. Puede iluminar el camino más oscuro y al mirarla, de alguna manera te da paz. Mamá antes de divorciarse de mi padre, me contaba muchos cuentos sobre la luna y el pacto que tenían los licántropos con ella. Mi madre amaba las historias de los lobos y lo admito, en su momento, también me gustaron, pero tras el divorcio de mis padres todo cariño, amor y obsesión que tuve por ellos, desapareció.
Mi estómago empieza a rugir por falta de comida y lo había olvidado, pero muero por tomar un poco de agua. Saco la cabeza de mis piernas y miro al cielo.
—Que injusto, aquí todo sigue siendo tenebroso —digo, con voz ronca—. Vamos, Sara. Debemos buscar la manera de salir de aquí.
Me levanto nuevamente del suelo y con mis pies descalzos y todos lastimados, vuelvo a emprender mi camino. No me considero una mujer débil, desde pequeña he venido luchando por dejar mi marca en el mundo. He cambiado muchas cosas en mi país. Las mujeres y los niños son los más afectados ante las situaciones graves.
Violaciones.
Asesinatos.
Tráfico de personas.
Explotación de menores.
Mi padre al principio se buscó muchísimos problemas por mi culpa, pero siempre me apoyó en mi lucha. Él tiene una fundación para ayudar a hombres que son maltratados por las mujeres. El parlamento al recibir la propuesta que se presentó ese día, se rieron fuertemente. No podían creer que existían esos casos, solo porque les pareció divertido lo aprobaron. Al tiempo no podían creer cuántos hombres eran golpeados y hasta asesinados por sus esposas.
En mi nación defendemos los derechos de todos. Somos defensores de la vida y que todos sean tratados con igualdad. Lamentablemente, aunque muchas veces mis planes sean cambiados, espero que todo lo que una vez hice, deje huella en el corazón de la persona con quién traté.
*****
Caminé, caminé, caminé y mil veces más, caminé intentando conseguir la torre, agua o comida. En todas fallé. No sé si di vueltas en círculos, pero todo es igual al lugar del cual partí hace unas horas.
—Hola —la voz de una pequeña niña me sobresalta—, lo siento no quería asustarte.
—No lo hiciste, linda —respondo.
La niña me estudia de arriba hacia abajo y puedo notar que pareciera que olfateara el aire.
—Es peligroso estar en el bosque solo —comenta—. ¿Quieres que te haga compañía? Mi familia está cazando y aún no vienen.
Frunzo el ceño.
—¿Cazando? —la niña asiente—. ¿Cómo te llamas, linda?
—No puedo decírtelo, eres una extraña —rebusca entre sus cosas—. ¿Quieres comer o tomar algo? —me mira con sus hermosos ojos color avellana.
Una hermosa niña de tez oscura, cabello ondulado largo. Su mirada es profunda y arrugas en sus ojos al reír, en algunas ocasiones me hacía parecer que era una señora mayor.
—¿Yara? —frunzo el ceño—. ¿Yara, vas a comer? —vuelve a preguntar la niña.
Abro los ojos con sorpresa y me arrastro alejándome de la pequeña.
—¿Cómo sabes de ese nombre? —la niña se ríe, sigo alejándome en el suelo porque fuerza en las piernas, no tengo—. ¿Quién es Yara y por qué la nombras?
—¿No lo sabes? —vuelve a sonreír tiernamente—. Yara es la reina de todos nosotros —se intenta acercar, niego con la cabeza para que no lo haga—. Yara es nuestra luna. La que ilumina nuestros caminos en la oscuridad. Yara es la mismísima naturaleza. Las flores, los árboles, los insectos... Yara es todo.
Oh, por Dios.
—Niña, estás equivocada —me resbalo golpeándome el codo, haciendo una mueca de dolor le vuelvo a hablar—. Yo no soy Yara. Mi nombre es Sara. Estaba en mi torre leyendo un libro y no sé cómo, pero ahora estoy aquí —miro que un bicho que intenta subir a mi mano—. ¡Ay, no puedo más! —me levanto como puedo del suelo—. Muchas gracias, niña, y disculpa, pero no me puedo quedar contigo a esperar a tus padres.
Cuando intento alejarme, la voz gruesa de un hombre me hace congelar y no poder moverme más.
—¡Cheeses, deja a esa humana en paz! —voz profunda, fuerte y poco amigable, se escuchó con eco por todo el bosque.
—Hermano, es que ella es Yara —dice la niña con emoción—. La he encontrado para ti.
—Bruja malvada, vuelve a tu forma habitual y vete a casa —me volteo a ver a la niña—. No debes asustar a los humanos, así no era que debías usar tus poderes de bruja.
¿Bruja?
¡Estaba con una bruja!
—Yara, lo siento —la niña me sonríe, dice unas palabras en un idioma extraño y su cuerpo empieza a cambiar.
—¿Qué se supone que es eso? —mi corazón late con fuerza, lágrimas empiezan a caer y dando unos pasos hacia atrás, mi espalda golpea con un árbol.
El cuerpo de la niña se transforma en el de una mujer. Su cabello ondulado llega por su espalda, su tez oscura brillaba hermosamente, sus ojos color avellana resaltaban con sus pestañas largas. Sus curvas la hicieron ser una mujer llamativa y sexy.
—Yara, lo siento no quería asustarte —la voz de la niña aún se escuchaba, pero en ese cuerpo extraño.
—Me llamo Sara, no Yara —la corrijo—. ¿Dónde estoy y que es este lugar?
Sonríe dulcemente.
—Bienvenida a Rumania, Yara —abro los ojos hasta más no poder—. Me llamo Cheeses, soy la hermana menor del Alfa y la bruja de la manada Guaico.
¿Alfa?
¿Bruja?
¿Manada?
¿Rumania?
El aullido de un perro me sobresalta, la niña me sonríe nuevamente y alumbra el bosque.
Empiezo a ver todo borroso, muevo la cabeza intentando recuperar la cordura y que esto sea solo un mal sueño.
—Descansa, Yara —susurra alguien.
El frío se apodera de mi cuerpo y antes de caer al suelo desmayada, alguien me sostiene. Un aroma a naturaleza se apodera de mis fosas nasales.
—Al fin estás aquí, mi querida luna —la voz profunda de ese hombre fue lo último que escuché antes de caer dormida en un profundo sueño.
No soy Yara.