Londres, Reino Unido. Chelsea. Mi madre me observa desde el otro lado, su mirada me transmite más de lo que quiere expresar, ignoro cada mensaje que me envía porque me encuentro cansada de discutir cada vez que sucede esto. —¿QUÉ? —bramo agotada. Su mirada recriminatoria me examina. —Tú no aprendes, ¿verdad? Y ahí están, esas palabras que escuche todos estos años. Lo mismo se vuelve a repetir año tras año cuando quiere decirme esas crudas y dolorosas palabras que aunque me duela aceptar, son ciertas. —No ahora, mamá. Ella tiene el conocimiento de que las recaídas fuertes tienen mucho que ver cuando intento encontrar una pista de él o la esperanza de que regrese. —Hemos hablado sobre este tema, no pienso volver a decir que no vale la pena morir de sufrimiento por alguien q

