La tempestad familiar

1283 Words
—¿Vas a contestar? —preguntó Alonso, notando mi reacción. —No... no sé si deba —respondí, dudosa. —Tienes que contestar. Es mejor aclarar las cosas ahora. —Su tono era firme, pero suave. Al final, accedí y atendí la llamada. De inmediato, la voz de Rossan salió de la línea, imponente y tensa. —Tays, ¿dónde están Alonso y tú? No me contestó los mensajes y no entiendo por qué no se presentó hoy en la oficina. Ya sabes lo que esto significa, ¿verdad? —su tono estaba impregnado de un enojo contenido. La situación se sentía cada vez más difícil de manejar. Mientras tanto, Hernán, quien estaba al tanto de lo sucedido, intervino en la videoconferencia. —¿Qué está pasando, Alonso? —su voz sonó a través de la pantalla del teléfono, como un látigo que se estiraba más de lo que yo esperaba. Hernán no era conocido por su paciencia. Alonso no se alteró. Mantuvo el rostro serio, mientras me dirigía una mirada breve, como si todo estuviera bajo control. —Tuve que ausentarme hoy, papá. Estuve resolviendo asuntos personales. Ya volveré a la oficina mañana. —Alonso estaba calmado, pero sus palabras, al igual que su tono, daban a entender que no iba a permitir que nadie lo presionara más de lo que ya lo estaban haciendo. Pero Rossan no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácilmente. —¿Y qué es todo esto con Tays? ¿Qué estás haciendo? Esto es absolutamente inaceptable, Alonso. No puedes simplemente desaparecer sin avisar y menos con ella... —Su voz se rompió, como si ya no pudiera soportar más. Alonso, sin perder la compostura, giró ligeramente hacia mí mientras me tomaba la mano, reconociendo lo que estaba pasando. —Ya basta, Rossan —dijo Alonso con firmeza. —¿No entiendes? Tays es parte de lo que está pasando en mi vida, y eso es todo lo que necesitas saber. Antes de que Rossan pudiera responder, Hernán intervino de nuevo, levantando la voz: —Esto no va a quedar así. Necesito que todo esto se resuelva rápidamente. Y usted, Tays, ¿es realmente necesario todo esto? ¿No se da cuenta de lo que está en juego aquí? Las palabras de Hernán me dolieron, pero fue la forma en que Alonso me apretaba la mano lo que me hizo recordar que, a su manera, él estaba ahí, defendiendo lo que sea que tuviéramos. —Ya lo hablaremos, los cuatro si es necesario. Esto no es un tema para discutir por teléfono. Mañana estaremos todos en la oficina y aclararemos lo que haya que aclarar. La llamada terminó abruptamente. Julián había estado en silencio, observando todo con una mirada curiosa. Sin embargo, Alonso no permitió que el ambiente se quedara demasiado tenso. —Vamos a dar un paseo, Julián. —Relájate, ya todo está bien —le dijo Alonso con una ligera sonrisa. Pero en mi mente, todo seguía dando vueltas. Las palabras de Rossan, las de Hernán y las miradas de Alonso me hacían sentir que la paz que habíamos logrado esa mañana estaba a punto de romperse. El trayecto hacia la mansión fue tranquilo. Julián parecía ajeno al torbellino de emociones que Alonso y yo intentábamos contener. Alonso volvió al auto y, en cuanto se sentó, el ambiente cambió. Sus ojos se encontraron con los míos por un segundo demasiado largo, se acercó a mi boca y besó mis labios tiernamente. —¿Quieres que vayamos a la oficina o prefieres tomarte el día? —me preguntó de repente. —Será mejor que no regresemos juntos, que me quede en casa; recuerda mi licencia médica. Ya sabes cómo están las cosas después de esta mañana. Él soltó una leve risa, sin apartar la vista del camino. —No tenemos que escondernos, Tays, pero que esperen. No pienso disculparme por tomarme un día; iré, hablaré con ellos y, si se pone muy intenso, pues... — Alonso regresó al edificio después de acompañarme a un restaurante cercano. Su semblante había cambiado, aunque mantenía la calma exterior. Al entrar a su oficina, Hernán ya lo estaba esperando junto con Rossan, ambos con expresiones tensas y acusatorias. —¿Puedes explicarme qué demonios te pasa? —fue lo primero que dijo Hernán, su voz resonando en el espacio. Alonso cerró la puerta tras él y se acercó al escritorio sin prisa, con una tranquilidad que parecía diseñada para irritar aún más a su padre. —No sabía que tomar unas horas personales requería tu aprobación —respondió con tono neutral. —¿Horas personales? ¿Es eso a lo que le llamas desaparecer toda la mañana con una asistente? —Hernán estaba rojo de ira. —Eres el CEO, Alonso, no un niño jugando a las escondidas. Tu irresponsabilidad afecta la imagen de la empresa. —¿Mi imagen o la tuya? Porque hasta donde sé, quien está obsesionado con mantener las apariencias eres tú. —¡Eso no importa ahora! —intervino Rossan, cruzándose de brazos. En su mirada había decepción. —¿Te das cuenta de cómo esto me afecta a mí también? ¡La gente ya está hablando! Y todo porque decides desaparecer con... con ella. — Alonso la miró fijamente, con sus ojos oscuros de frialdad. —¿Hablas de "apariencias" mientras mantienes esta farsa de relación solo porque te beneficia socialmente? ¿De verdad crees que tienes derecho a reprocharme algo, Rossan? Rossan abrió la boca para responder, pero la intensidad en la mirada de Alonso la hizo retroceder. Hernán, por su parte, no estaba dispuesto a ceder. —Esto no es solo sobre Rossan, Alonso. Es sobre la empresa, sobre el respeto que mereces como líder. No puedes permitir que una mujer como ella...— —¡Cuidado con lo que dices! —Alonso lo interrumpió, su voz grave y peligrosa. —Tays no tiene nada que ver con tus frustraciones ni con tus prejuicios. Y si insistes en meterla en esto, te aseguro que no me voy a quedar callado. El silencio que siguió fue denso. Hernán apretó los labios, claramente conteniendo un estallido, mientras Rossan miraba a Alonso como si no lo reconociera. —¿Estás dispuesto a arruinar todo por ella? —preguntó Rossan finalmente, su voz quebrándose. —¿Por una simple asistente? Alonso respiró profundamente, cerrando los ojos por un segundo antes de responder. —Estoy dispuesto a defender lo que creo que vale la pena. Y tú, Rossan, hace tiempo que dejaste de ser parte de eso. —¡Alonso, no seas necio! Esta empresa es tu vida. Todo lo que tienes es gracias a esto, gracias a mí. —No, padre. Todo lo que tengo es gracias a mi esfuerzo, no al control tóxico que intentas imponerme. Con eso, Alonso se dio la vuelta, abriendo la puerta para salir. Antes de irse, se giró para mirarlos a ambos. —Si no les gusta cómo manejo las cosas, siempre tienen la opción de irse. Pero no voy a seguir viviendo bajo sus reglas. El golpe de la puerta al cerrarse dejó claro que la conversación había terminado. Alonso caminó con paso firme hacia su auto, dejando atrás la oficina y las acusaciones. Al verme esperándolo cerca de la entrada, su semblante pareció suavizarse un poco. —¿Todo bien? —pregunté con cautela, notando la sombra de tensión en su rostro. —Ahora sí —respondió, extendiéndome una mano. Y mientras nos alejábamos del edificio, supe que, aunque el día había sido difícil, algo en Alonso estaba cambiando. Y ese cambio, aunque complicado, lo acercaba cada vez más a ser el hombre que realmente quería ser.
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