Ese mismo día en la tarde teníamos un viaje fuera de la ciudad, que tomaría dos días. No estaba segura de ser necesaria mi presencia, pero mi jefe me quería ahí.
Hablé con James, y esta fue la gota que derramó el vaso: cortó conmigo definitivamente; si me iba, dijo que me olvidara de él, pero mi viaje era de trabajo y pensé que James estaba siendo egoísta al querer destruir lo que ya había logrado en Mars Enterprises.
Llegué al aeropuerto con la preparación habitual para cualquier viaje corporativo, pero al ver el jet privado de Alonso esperando en la pista, un extraño golpe de emociones me invadió. No solo era el viaje, sino la idea de estar completamente solos en un espacio cerrado durante horas.
Alonso estaba sentado frente a mí, absorto en su teléfono, manejando algunas cuestiones de la empresa mientras el avión volaba tranquilo, pero la atmósfera dentro del jet era diferente ahora.
De repente, las luces del avión parpadearon y una sacudida fuerte nos hizo a ambos tensarnos. Un rugido de trueno hizo que el avión temblara y, antes de que pudiera reaccionar, el piloto nos informó por el altavoz que una tormenta había surgido repentinamente, obligándonos a desviarnos y aterrizar en una ciudad cercana.
—¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a subir de nuevo. Mi claustrofobia no me ayudaba en estas circunstancias.
Alonso se inclinó hacia adelante, mirando el pequeño monitor con atención, pero sus ojos se encontraron con los míos en un segundo, como si pudiera sentir la preocupación en mi rostro.
—Una tormenta fuerte, parece que tendremos que esperar un poco antes de poder despegar —dijo con voz tranquila, pero incluso él no podía ocultar la tensión que había en el aire.
Finalmente, el jet aterrizó de manera bastante brusca, y al bajar, descubrimos que la tormenta nos había atrapado en medio de la ciudad. La lluvia torrencial y los vientos fuertes hacían que fuera imposible continuar el viaje. No había forma de salir de allí por el momento.
Alonso se veía tan sereno como siempre, pero yo no podía dejar de pensar en la situación. La tormenta se había desatado con tal fuerza que el paisaje se volvía casi apocalíptico. Sin embargo, Alonso no parecía preocupado.
—Vamos a buscar un lugar donde refugiarnos hasta que mejore —dijo él, con calma. No era la primera vez que una situación así le ocurría.
El piloto nos informó que tendríamos que esperar en la ciudad por unas horas, así que, sin muchas opciones, decidimos tomar un coche y dirigirnos a una pequeña cabaña de Alonso. Nos empapamos mientras nos dirigimos a la puerta.
El lugar era acogedor, rústico y cálido, pero los dos estábamos empapados y con la adrenalina a mil. Mientras nos quitábamos la ropa mojada, nuestras miradas no pudieron evitar encontrarse una vez más.
—Parece que no podremos irnos por un tiempo —dijo Alonso, su tono relajado, pero sus ojos brillando con una intensidad que ya no trataba de esconder.
Yo no pude evitar sonreír levemente, viendo cómo Alonso caminaba hasta la chimenea para encender el fuego.
El crepitar del fuego se mezclaba con el sonido de la tormenta que azotaba la cabaña, y yo me sentía extrañamente tranquila. Era la primera vez en mucho tiempo que estaba completamente desconectada de las presiones del mundo exterior.
Alonso se acercó y, sin mediar palabra, me ofreció una manta, pero cuando nuestros dedos se rozaron, algo dentro de mí se deshizo.
—No necesitamos más ropa, ¿verdad? —dijo con una sonrisa que me desarmó, y me di cuenta de que no necesitaba respuestas. Su voz, suave y confiada, me hizo cuestionar todo lo que había estado conteniendo.
Alonso se acercó y no dejaba de mirarme, sus ojos intensos, casi desafiantes, mientras sus manos recorrían lentamente mi espalda, haciendo que una corriente de calor recorriera mi cuerpo.
Sus labios se encontraron con los míos una vez más, pero esta vez fue más profundo, más urgente, como si estuviera exigiendo algo que no sabíamos cómo decir con palabras.
Sentí su cuerpo presionando el mío. Mis manos comenzaron a moverse por su torso, explorando su piel, mientras él me sostenía con fuerza, como si temiera que me desvaneciera de su alcance.
Alonso me levantó sin previo aviso, y antes de que pudiera reaccionar, me encontraba entre sus brazos, rodeada por su calor, mientras me llevaba hacia la chimenea. Sus besos eran desesperados, como si no quisiera perder ni un segundo más. Me dejé llevar, permitiendo que mis propios deseos se desbordaran.
—Tays... —Su voz era grave, baja, llena de una urgencia que me hizo estremecer. —¿Cómo detenemos esto?
Lo miré, buscando en sus ojos alguna señal de duda, pero no la encontré. Lo que vi fue algo mucho más intenso: un deseo tan fuerte como el mío, una necesidad de no parar.
—No quiero detenerlo —respondí, pero mi cuerpo le estaba diciendo todo lo que necesitaba saber. No quería detenerme. No quería volver atrás.
Alonso no esperó más. Con un movimiento fluido, me tumbó suavemente sobre el sofá, quedándose encima de mí, su cuerpo ardiendo contra el mío. La sensación de su peso sobre mí, mis manos recorriendo su espalda, sintiendo la firmeza de sus músculos, la suavidad de su piel.
Mis labios se encontraron de nuevo con los suyos, y esta vez no había freno. No había espacio para la duda, solo para la necesidad de estar cerca el uno del otro. El roce de su cuerpo contra el mío me hacía perder la noción de todo, de quienes éramos, de lo que estábamos haciendo. Mi cuerpo se arqueó hacia él, buscando su contacto, buscando más, sintiendo cómo se desvanecían las fronteras que habíamos levantado entre nosotros.
Alonso bajó sus labios a mi cuello, luego hasta mis senos y por último hasta mi zona ardiente, besándome suavemente, con una intensidad que hizo que mi piel se erizara.
Su mano recorrió mi muslo con delicadeza, pero la fuerza de su toque decía lo contrario: era un toque exigente, como si quisiera asegurarse de que estuviera completamente entregada a él.
—Tays... —dijo, y su voz tembló, como si estuviera perdiendo el control —no puedo... no puedo esperar más.
Sin pensarlo, me incorporé, deslizándome hacia él, quitándole la camisa con rapidez, dejándolo expuesto ante mí. Su cuerpo, tonificado, estaba justo ahí, ante mis ojos, y no pude evitar admirarlo, sentir cómo cada músculo, cada línea de su piel, me atraía aún más.
Me dejé llevar por completo. El roce de su piel contra la mía, la forma en que sus labios descendían por mi cuello, hicieron que todo en mí se desbordara.
El tiempo pareció desvanecerse cuando nuestras ropas finalmente quedaron esparcidas por el suelo, el fuego de la chimenea iluminando nuestro encuentro, mientras el sonido de la lluvia seguía golpeando las ventanas de la cabaña. Mis manos se aferraron a su espalda, sintiendo cómo su cuerpo se movía sobre el mío, creando una sincronía perfecta entre nosotros.
Cada movimiento, cada toque, era una liga de desesperación y deseo, y por un momento, no importaba nada más que lo que estábamos compartiendo en ese espacio pequeño, cálido y aislado del mundo exterior.
No sabíamos si la tormenta afuera algún día cesaría, pero dentro de la cabaña, la tormenta que habíamos creado entre nosotros ya no podía detenerse.