TERCERA PARTE-11

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Pero inmediatamente sonrió al recordar á los que nacían. Nunca se había preocupado la gente como ahora de acelerar la reproducción. La misma señora Laurier ostentaba con orgullo la redondez de su maternidad, que había llegado á los mayores extremos visibles. Sus ojos acariciaron el volumen vital que se delataba bajo los velos del luto. Otra vez pensó en Julio, sin tener en cuenta el curso del tiempo. Sintió la atracción de la criatura futura, como si tuviese con ella algún parentesco; se prometió ayudar generosamente al hijo de los Laurier, si alguna vez le encontraba en la vida. Al entrar en su casa, doña Luisa le salió al paso para manifestarle que Lacour le estaba esperando. —Vamos á ver qué cuenta nuestro ilustre consuegro—dijo alegremente. La buena señora estaba inquieta. Se había

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