Pero no hubo muerte alguna. El padre de la República supo manejar á unos y á otros con la misma habilidad que mostraba en los pasillos del Senado al surgir una crisis ministerial. Se acalló el escándalo. Margarita fué á vivir con su madre, y empezaron las primeras gestiones para el divorcio. Algunas tardes, cuando en el reloj del estudio daban las siete, ella había dicho tristemente, entre los desperezos de su cansancio amoroso: —Marcharme... Marcharme cuando ésta es mi verdadera casa... ¡Ay, por qué no somos casados!... Y él, que sentía florecer en su alma todo un jardín de virtudes burguesas ignoradas hasta entonces, repetía convencido: —Es verdad, ¡por qué no somos casados! Sus deseos podían realizarse. El marido les facilitaba el paso con su inesperada intervención. Y el joven Des

