El edificio del tribunal no era lo que Nari había imaginado. Era más moderno de lo que esperaba, con muros de vidrio que reflejaban un cielo amenazante, gris y abrumador. Un cielo que parecía cargado con el peso de lo que estaba por decirse.
Liam ajustó la corbata frente al espejo retrovisor del auto. Sus ojos se cruzaron con los de ella a través del reflejo. No había palabras para lo que sentían. Habían dormido poco, comido menos y hablado lo mínimo necesario. Todo había sido prepararse, ensayar, contener el miedo… y ahora, el miedo caminaba con ellos, hombro a hombro.
El escándalo que los había llevado allí no era solo legal. Era humano. Era identidad, era verdad.
—¿Estás lista? —le preguntó Liam, sujetando su mano con la suya, tibia y temblorosa.
Nari asintió, aunque su estómago gritara lo contrario.
—Vamos a estar bien —murmuró él.
Cuando cruzaron la entrada del tribunal, las cámaras no tardaron en disparar flashes. Aunque la audiencia no era pública, la prensa ya tenía suficiente para armar teorías, editoriales y titulares venenosos. La seguridad los escoltó hasta una sala aislada donde aguardaban sus abogados. Los representantes de la agencia ya estaban allí, junto a sus respectivos defensores, trajeados, firmes, casi cínicos en su serenidad.
El ambiente era una mezcla entre sala de juicio y funeral.
La jueza ingresó. Todos se pusieron de pie.
Y así, comenzó.
—Según el registro de identidad presentado por el hospital general de Seúl, la señorita Song Nari fue ingresada el 15 de septiembre tras un accidente automovilístico, con múltiples heridas y sin identificación inmediata —dijo la abogada defensora—. Sin embargo, existen pruebas médicas, testimonios y evidencia fotográfica que indican que quien sobrevivió no fue Nari, sino su hermana gemela, Samantha Johnson.
Un silencio denso llenó la sala.
La jueza frunció el ceño.
—¿Está usted afirmando que la identidad de la artista conocida como Song Nari ha sido falsificada con el consentimiento de la agencia?
—No con su consentimiento, Su Señoría —aclaró el abogado de Liam—. Sino con su omisión. Cuando se dieron cuenta de que Samantha había sobrevivido en lugar de Nari, decidieron mantener el nombre, la imagen y el personaje de Nari, explotando su rostro, su confusión y su silencio como parte de la marca del grupo.
Los murmullos en la sala comenzaron a crecer, hasta que la jueza alzó la mano.
—Silencio. Proceda con los testimonios.
Fue entonces cuando Nari (¿Samantha?) se levantó. Caminó hacia el estrado. Su vestido era sobrio, su cabello recogido. No había rastro de maquillaje ni adornos, solo su voz, su piel y su historia.
—No recuerdo el accidente. Tampoco recuerdo todo lo que pasó antes. Pero recuerdo que cuando desperté, todos me llamaban Nari. Me mostraban fotos, me hablaban de cosas que no sentía como mías… y tenía miedo de contradecirlos. Me dijeron que mi vida estaba lista, que solo debía seguir. Me convencí de que debía ser quien todos querían que fuera.
Sus ojos se humedecieron, pero no dejó que las lágrimas la interrumpieran.
—Pero no era yo. No soy ella. Y no me permitieron llorarla. Me hicieron vivir como ella. Me maquillaron como ella. Me pusieron frente a cámaras, frente a fans, a grabaciones, a programas… sin detenerse a preguntarme si podía con todo eso. Me robaron el duelo y me impusieron un disfraz. Y yo… lo acepté. Porque no tenía nada más.
La jueza la observaba con una mezcla de sorpresa y compasión.
—¿Y por qué habla ahora?
—Porque quiero recuperar mi nombre. Porque quiero que mi hermana descanse en paz. Y porque… ya no tengo miedo.
Hubo un silencio reverente.
La agencia, por su parte, intentó defenderse con argumentos contractuales: que la imagen de Nari era propiedad intelectual, que había consentimiento tácito, que se protegía el legado de la artista. Pero cada palabra parecía más vacía frente a la verdad viva frente a ellos.
Liam también fue llamado a testificar. Su voz fue más dura, más combativa.
—Sí, la defendí desde el principio. Porque no soy un ídolo más. Soy un ser humano. Y el amor que sentía por Nari no murió con ella… se transformó. Amo a la persona que está sentada allí, a la que todos han querido enterrar bajo un nombre falso. Si eso me cuesta mi carrera, bien. Pero no voy a permitir que jueguen con la vida de nadie más.
Cuando terminó la audiencia, todo estaba en pausa. La decisión final se tomaría en una segunda sesión. Pero afuera, el mundo ya estaba girando.
Las redes hervían.
Los medios estallaban.
Y ellos, por primera vez en mucho tiempo, respiraban.
—¿Lo hicimos bien? —preguntó ella, con voz ronca, mientras caminaban tomados de la mano bajo la lluvia ligera que comenzaba a caer.
—Sí —respondió Liam sin dudar—. Dijimos la verdad.
Y por ahora, eso era suficiente.
La sala estaba en completo silencio.
Nari sentía su pulso en la garganta. Los flashes de las cámaras afuera del juzgado se habían vuelto ecos lejanos. Solo podía concentrarse en el murmullo leve de hojas moviéndose, en el roce del traje de Liam a su lado, en el peso de las palabras que estaban por caer como una sentencia divina.
El juez levantó la mirada por encima de sus gafas. La fiscalía había terminado su intervención. La defensa, también. Los testimonios, los documentos, el diario... todo estaba sobre la mesa. Todo estaba dicho.
—Esta corte, luego de deliberar con base en las pruebas presentadas y los testimonios recogidos, ha llegado a un veredicto.
Nari cerró los ojos por un instante. Liam la tomó de la mano bajo la mesa, su agarre cálido y firme. No lo miró. No podía. Temía quebrarse con solo una mirada.
—Respecto a la acusación de usurpación de identidad por parte de la señorita Song Nari, conocida anteriormente como Samantha Johnson...
Una pausa.
Las palabras se demoraban como si quisieran disfrutar la agonía.
—...esta corte considera que no existe intención dolosa por parte de la acusada. La evidencia demuestra que fue víctima de una confusión de identidad derivada de circunstancias médicas excepcionales, que se remontan a un experimento encubierto de separación de gemelas al nacer. Asimismo, se confirma que la identidad pública que ha mantenido desde su llegada a Corea no fue construida con fines fraudulentos, sino resultado de una situación compleja y fuera de su control.
Liam apretó más fuerte. Nari seguía sin moverse.
—Por lo tanto, esta corte declara no culpable a la señorita Song Nari.
Un suspiro colectivo llenó la sala como una ola. Algunos aplaudieron, otros soltaron lágrimas. El juez golpeó su mazo una vez y se levantó. La audiencia había terminado.
Pero Nari seguía quieta. Atónita.
Hasta que sintió el abrazo de Liam envolviéndola sin pedir permiso. Su barbilla en su hombro, sus palabras al oído.
—Ya está... ya pasó. Estás libre, Nari. Eres tú.
Las lágrimas finalmente salieron, cálidas y temblorosas. No sabía si eran de alivio, de dolor, de agotamiento. Tal vez de todo eso junto.
Horas después, en un cuarto más tranquilo, lejos de las cámaras, Nari y Liam se sentaban juntos con dos cafés fríos entre las manos. El silencio era cómodo, pero lleno de pensamientos no dichos.
—¿Crees que todo vuelva a la normalidad? —preguntó ella, apenas audiblemente.
—No va a ser como antes —respondió él, sincero—. Pero puede ser algo mejor.
Nari lo miró. Liam parecía diferente. Más maduro, más fuerte, pero también más vulnerable.
—A veces todavía me siento como una impostora —confesó—. Como si viviera una vida que no me pertenece del todo.
—Nari... —Él se inclinó hacia ella—. Esta vida la hiciste tú. No fue prestada. No fue robada. Te la ganaste con cada paso que diste, con cada fotografía, cada canción, cada caída. Eres tú. Y no pienso dejarte dudar de eso nunca más.
Sus labios se encontraron en un beso lento, sin urgencia. Un pacto silencioso de seguir adelante juntos.
Pero afuera, el mundo se preparaba para su siguiente movimiento.
Las redes explotaban. El nombre "Nari" estaba en tendencia mundial. Algunos la defendían como símbolo de fortaleza y verdad. Otros seguían dudando de ella, pidiendo su retiro, exigiendo explicaciones.
Y en medio del ruido, la agencia convocó a una nueva reunión. Las acciones legales no terminarían allí. Había empresas que exigían indemnización por los contratos firmados bajo el nombre equivocado, medios internacionales queriendo exclusivas, e incluso rumores de que la investigación sobre el experimento de gemelas podría reabrirse.
El veredicto había sido solo el principio.
El verdadero juicio ahora era frente al mundo.