La lluvia caía con una cadencia tranquila sobre los ventanales del estudio. No era una tormenta. Era ese tipo de lluvia serena que parecía limpiar más de lo que ensucia. Hana estaba de pie en la sala de conferencias de una nueva empresa, una que le había hecho llegar una oferta formal apenas unas semanas después del juicio. No era una multinacional ni tenía las grandes pantallas de promociones LED en Gangnam. Pero tenía algo más importante: respeto. Y libertad creativa. Frente a ella estaban tres directivos y dos productores. Gente joven, algunos con ropa desestructurada, todos con portátiles abiertos y rostros atentos. Nadie le preguntaba por su escándalo. Nadie evitaba su mirada. —Nos interesa tu visión artística, Hana —dijo uno de ellos—. No solo como cantante o actriz. Queremos que

