La sala de juntas estaba congelada en una especie de silencio tóxico. Siete directivos. Dos abogados. Un representante de relaciones públicas. Un CEO que parecía tallado en mármol. Y al frente de todos ellos: Samantha y Liam.
—Bien. Vamos al grano. —dijo el CEO con voz cortante, mientras lanzaba un dossier sobre la mesa—. Lo que ustedes han hecho... no tiene precedentes. Para mal.
Samantha tragó saliva. Liam entrelazó los dedos, impasible, pero su pierna derecha temblaba bajo la mesa.
—Revelar información médica sin autorización. Hablar en público sin coordinación con el equipo legal. Desacreditar la identidad registrada de nuestra artista. Violación directa del contrato en cláusulas 3, 7 y 11.
—Mi nombre nunca debió ser Song Nari. —intervino ella, con la voz firme, aunque sabía que la frase era como una bomba de humo—. Ustedes lo sabían. Desde hace meses. Tuvieron acceso a los análisis de ADN. Lo ocultaron.
Uno de los abogados se acomodó las gafas y se adelantó:
—Lo supimos después de firmar los contratos. Y legalmente, la marca Song Nari nos pertenece. Todo lo que produzcas bajo ese nombre es nuestro.
—Yo no soy una marca. —escupió Samantha—. Soy una persona. Fui sometida a una mentira que ustedes mantuvieron por conveniencia.
El PR intentó calmar las aguas:
—Todos hemos perdido con esto. La imagen pública está en ruinas, nuestros inversores están retirando fondos, y no sabemos si podremos sostener su carrera.
—Entonces no lo hagan. —Liam habló por fin, la rabia contenida en cada palabra—. Nosotros la sostenemos.
El CEO lo miró como si acabara de anunciar que abriría una tienda de galletas en medio del Sahara.
—¿Y cómo piensas hacer eso, Liam? ¿Con tu canal de YouTube? ¿Con tu sueldo de productor freelance? Ustedes están quemados. Nadie quiere trabajar con un escándalo.
Samantha se levantó. Sus ojos brillaban, pero no de lágrimas: de furia.
—Entonces rompan el contrato. Atrévanse.
—¿Qué? —murmuró uno de los ejecutivos.
—¿Van a demandarme por decir la verdad? ¿Por desenmascarar que explotaron a una menor, que falsificaron documentos médicos, que construyeron una identidad sobre el c*****r de mi hermana?
Silencio absoluto.
—¿O prefieren sentarse a renegociar, ahora que todos los focos del mundo están sobre mí?
El CEO apretó los labios. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Tienes agallas, Samantha.
Ella lo miró directo a los ojos:
—Tengo algo más: memoria. Y aliados. Y si no me dan un nuevo contrato, el próximo video no será una conferencia. Será un documental.
Liam sonrió, por primera vez en todo el día.
—Y créanme —añadió—, el final no les gustará.
Los titulares no tardaron en explotar como granadas de fragmentación:
“La impostora de Song Nari: Samantha Johnson rompe el silencio”
“Agencia DNX acusada de ocultar identidad verdadera de idol coreana”
“‘No soy un producto’: la frase que sacudió a la industria del K-pop”
La respuesta de la agencia llegó menos de 48 horas después. Y no fue una nota pública, fue una filtración anónima.
Una cuenta verificada —vinculada por internautas a un manager de DNX— publicó una serie de capturas y documentos “exclusivos” que mostraban:
Supuestos mensajes de Samantha firmando contratos sin leerlos.
Fragmentos de sesiones psicológicas donde se la catalogaba como “inestable emocionalmente”.
Una supuesta grabación editada de una pelea entre ella y Euni.
La red ardió.
Los hashtags #FakeNari y #LiamOut se convirtieron en trending topic en Corea, j***n y parte de Europa.
Pero Samantha no se dejó destruir.
Desde una transmisión en vivo —sin maquillaje, en su estudio, con Liam a su lado—, mostró pruebas claras:
El contrato original alterado.
El ADN falso presentado por la agencia.
El testimonio de un ex médico de DNX que confesó que fue presionado para “ajustar” el diagnóstico de identidad.
—No soy una traidora. Soy una sobreviviente. —dijo—. Y estoy cansada de quedarme callada mientras me borran.
El fandom se partió como un cristal:
Una parte, aún fanática de la “imagen” de Nari, la acusó de destruir a su idol favorita.
La otra, compuesta de fans más informados y ex trabajadores del medio, la defendió a capa y espada bajo el lema: #NariEsReal
Mientras tanto, en la sede de DNX…
Los ejecutivos veían las gráficas desplomarse. Tres patrocinadores se retiraron. Dos grupos menores pidieron romper sus contratos. Y, lo más preocupante: el Ministerio de Cultura abrió una investigación por suplantación de identidad y explotación laboral.
En la siguiente reunión privada, uno de los altos cargos dijo en voz baja:
—Si esto sigue así… podrían ir a prisión.
Y en otro rincón del mundo, Samantha, con un nuevo nombre artístico bajo la manga y el apoyo de una productora independiente, se preparaba para su próxima jugada:
Un comeback. Pero esta vez, por su cuenta.
El estudio improvisado en el pequeño departamento se llenaba de vida poco a poco. No era glamoroso. No había luces blancas, ni estilistas, ni cámaras girando en 360°. Pero había algo más poderoso: intención.
Samantha sostenía una libreta vieja, de tapas rotas, donde había comenzado a escribir letras nuevas.
—¿Esto... es para la canción que hablamos? —preguntó Liam desde la cocina, con una taza de té.
—Sí —respondió ella, sin levantar la mirada—. Pero no es una canción para “regresar”. Es solo… para existir. Para respirar otra vez.
Mientras las r************* ardían y los canales de noticias todavía discutían teorías sobre “la verdad oculta tras el caso Song Nari”, ella trabajaba en silencio.
Regrabó una canción que había escrito antes del accidente, una balada suave que hablaba de identidad fragmentada y memoria borrosa. La lanzó en SoundCloud bajo el nombre: Hana.
Sin promoción. Sin sellos. Sin manager.
Solo su voz, una pista sencilla, y una imagen en blanco y n***o.
El impacto fue inmediato.
No viral. No trending topic. Pero real.
Los comentarios eran honestos. Brutales a veces. Hermosos, otras tantas:
—“No sé quién eres, pero esta canción me salvó hoy.”
—“Eras Nari, ahora eres Hana, y en ambos nombres siento verdad.”
—“No necesito etiquetas. Solo quiero seguir escuchándote.”
Esa noche, sentada en el sofá junto a Liam, lo miró en silencio.
—¿Y si no me aceptan nunca más? —susurró.
Él no respondió con palabras. Solo la abrazó, fuerte. Como si pudiera sostener todos los pedazos que el mundo había intentado romper.
—No regreses —le dijo—. Renace.
Al día siguiente, un correo llegó a su bandeja de entrada.
Remitente: Yoon Jae-seok (ex productor musical de DNX)
Asunto: Si vas a hacerlo… no lo hagas sola.
Era breve, directo. Ofrecía producción, asesoría legal y un pequeño equipo de profesionales que también habían renunciado tras descubrir lo que DNX había hecho.
El mensaje cerraba así:
“Queremos hacer música. Pero sobre todo, queremos hacer justicia con el arte.”
Samantha lo leyó tres veces. Sonrió.
—La tormenta aún no acaba —le dijo a Liam—, pero al menos ahora, tengo paraguas.