Pestañeé, confusa, con el corazón a mil por hora. La pulsera volvió a vibrar, haciéndome cosquillas en la muñeca, y un extraño sentimiento hizo que me levantara de la silla de repente, arrastrándola. Los mirones hicieron de las suyas otra vez. Paseé inquieta entre mi silla y las de al lado con el fuerte presentimiento de que tenía que salir urgentemente de allí para verle, metiendo mi mano en el pelo que nacía de mi frente y clavando la vista llena de dudas en el suelo, como si éste fuera a darme una respuesta o algo. Bajé la mano al pecho para que no se me saliera el corazón y apoyé la espalda en la cristalera. - Pensé que no había secretos entre vosotros – dijo Marshaliet. Algo me llamó la atención en esa frase y salí de mi nube. - ¿Qué? – conseguí murmurar al fin. - No entiendo por

