Cambiando el destino: Capítulo X (Parte 2)

4328 Words
—Hubo temas que no pude tratar con papá antes de casarme —comento cuando logro alcanzar a mi hermano. —Imagino que papá tampoco te habló de sexo porque supuso que con Olga ya habías aprendido lo suficiente; por eso te casaste: estaba embarazadísima —dice mi hermano sin dejar de continuar su andar. —Sin embargo, hablar de sexo no solo es explicar cómo se hacen los bebés —digo, y Julio se detiene para prestarme mayor atención—. La conversación que necesitaba no era sobre cómo no embarazarla, sino sobre lo que ella me hacía sentir, si era normal que una señorita de su casa fuera capaz de darme indicaciones precisas sobre lo que debía hacer para que ambos disfrutáramos del coito. Eran cuestiones morales, si estaba bien o no mantener una relación con ella, y hasta sentimentales, si es que en verdad me amaba o solo jugaba conmigo. No tuve a quien hacerle esas preguntas, quien me hiciera ver que ella no era adecuada ni correcta. Y después de ella, ya no tenía sentido hablar de esto con alguien porque se suponía que yo ya debía tenerlo bien claro, pero no ocurrió así. Yo no pude sanar todo el daño que me hicieron. Hasta hace poco recién entendí que mi mente relaciona el buen sexo con las mujeres libertinas, y que esa relación no es una verdad absoluta, que una señorita de su casa o una mujer digna puede ser una experta en la cama si se logra afianzar la confianza y comunicación con su pareja, que se puede tener buen sexo en el matrimonio. No era consciente de esa realidad, y por ello pensé que mi hombría, mi ego de macho, uno que se vio vapuleado por las mentiras, el engaño de Olga, solo lo podría recuperar demostrándome que puedo hacer gritar de placer a una mujer que conoce de sexo, que es una experta en el sexo, además que se me hacía más fácil irme a la cama con ellas porque yo no tenía que esforzarme para convencerlas. Julio me mira serio. La postura con las manos sujetas detrás de la espalda ha cambiado por una que lleva las manos a los lados de su cuerpo. Mi hermano aprieta los puños, señal de que está molesto, o así lo interpreto yo, por lo que, cuando empieza a acercárseme, yo espero un golpe, pero en vez de eso, me da un abrazo y comienza a hablar sin soltarlo. —Siento mucho el no haber estado ahí cuando Olga se te acercó una noche de fiesta en casa de Paco Sisniegas. Cuando debimos irnos para seguir con nuestras carreras en la Marina de Guerra, Fernando y yo pensamos que estarías bien sin tus hermanos mayores cerca, que no necesitarías de nosotros, pero no fue así. Ella te eligió a ti porque, además de ser el mejor en apariencia de tus amigos, eras el más ingenuo y sabía que tus hermanos mayores no estaban ahí para aconsejarte. Esto lo sé porque Paco se lo confesó a Fernando tras el enfrentamiento a golpes que tuvieron. Antes de que tú te sientas culpable por ocasionar mi traslado a Iquitos, yo ya me sentía culpable por no haber estado pendiente de ti para desenmascarar a Olga y evitar que terminaras embarazándola, hecho que ahora sabemos que siempre quiso provocar porque era parte de su plan para evitar sospechas de que mantenía su relación imposible con Ramiro Reyes. Eres tú quien nos debes perdonar a Fernando y a mí por no haber estado a tu lado cuando más nos necesitabas. Lo que acaba de decirme Julio me conmueve, por lo que aumento la fuerza de mi abrazo para no llorar. Lo revelado por mi hermano sirve de consuelo para mí porque siempre sentí que había fallado como hijo al ocultar mi relación con Olga a mis padres hasta que ya resultó imposible, pero la verdad es que yo era muy joven, ingenuo, una presa fácil. Mis demás amigos contaban con hermanos o primos cercanos mayores que, de alguna u otra forma, veían por ellos, pero yo estaba solo. Ahora entiendo por qué Fernando y Julio terminaron con varias amistades tras mi boda con Olga. Mis hermanos reclamaron a los amigos que sabían de mi relación con ella el no haberles comentado sobre lo que estaba ocurriendo conmigo, y por ello es que Fernando terminó agarrándose a golpes con Paco Sisniegas, a quien consideraba su amigo, pero fue el gran alcahuete de Olga por la relación sentimental que mantenía con la prima de esta. —Creo que, al sentir ambos culpa, estamos empatados y debemos dejar este sentimiento en el pasado —propongo sin soltar el abrazo. —De acuerdo —acepta Julio y termina con el gesto de fraternidad que compartíamos—. Ahora, para que tengas más clara la idea sobre el sexo y el matrimonio, permíteme comentarte mi experiencia —ofrece mi hermano, y yo pongo cara de asco—. No te voy a dar detalles, pervertido, solo te comentaré las reflexiones a las que he llegado tras estos dos años de casado. —Está bien. Eso es lo que necesito, reflexiones —agrego. —Aunque Grecia haya llegado al matrimonio virgen, puedo confesar que las mejores noches de sexo las tengo con ella, y creo que eso es posible porque, además que entre nosotros no hay secretos ni tabúes, es porque nos amamos. El amor hace que todo sea mejor, hasta el sexo. Así que, solo necesitas enamorarte, amar las imperfecciones de esa otra persona para decidir casarte, y en la intimidad que logres al construir junto con ella un hogar, vas a disfrutar del sexo aún más de lo que has podido hacerlo con Olga y las demás señoritas con las que has estado perdiendo el tiempo. Amor. Cuatro simples letras que agrupadas de la manera correcta guardan el significado más sublime que la humanidad haya podido conocer. Aquel que se construye en el interior de cada ser humano al ser un sentimiento que nos considera incompletos, por lo que buscamos fuera de nosotros aquello que nos complemente. Es por eso que el amor tiene niveles, desde el amor propio hasta el amor de pareja, pasando por el amor de padre, de madre, de hijos, de hermanos, de amigos, y otros tantos más que son muestra de la capacidad humana de manifestar lo bueno que existe en el universo. Dios nos enseñó que amar también trae consigo sacrificio, que no es solo placer y gozo, ya que muchos, por amor, han sido capaces de dejar las comodidades, lo que les hacía feliz con tal de conseguir que otros, aquellos a quienes aman, sean beneficiados con alguna gracia. Y de tantos tipos de amor que hay, desconozco el que ata a un varón a una mujer, el que hace que se conviertan en uno con el paso del tiempo. —Amor es reciprocidad —añade mi hermano—. Si solo uno de dos es quien entrega todo, eso no es amor. Se supone que en la pareja somos complemento, por lo que uno tiene lo que el otro necesita, y viceversa; es fundamental que los dos lo entreguen todo, un 100 % total. Si esto no sucede, significa que ahí no es, así que lo mejor es dar un paso al costado y alejarse corriendo lo más rápido que se pueda. —¿A qué te refieres cuando hablas de entregarlo todo? —pregunto porque no quiero que se me escape nada. —A que debes dejar atrás tu egoísmo, tu pensar individualista, tu comodidad y hasta tus sueños individuales para poder entregar todo tu tiempo, dinero, esperanzas e ideas en la construcción de lo que será el hogar —mi cara de “eso no me gusta” se manifiesta de inmediato—. No malinterpretes mis palabras. Me refiero a que dejas de pensar solo en ti y empiezas a hacerlo considerando a esa otra persona en tu vida. Es parecido a lo que ya haces porque tienes a Mariana; cada paso que das en tu vida, lo haces incluyendo a tu hija. La diferencia es que tú no tomas solo las decisiones para tu vida, sino que compartes la responsabilidad, pero eso no quiere decir que solo te preocupes del 50 % de lo que sucede en la relación, siempre debes estar completamente enfocado en ella. —Como sucede en el trabajo, que somos un grupo de ingeniero que debatimos sobre algún punto y llegamos en conjunto a una solución o acuerdo de ejecución —no sé si está bien hecha la comparación, pero a mí me sirve. —Exacto. En una relación, son dos personas evaluando las distintas situaciones de la vida y en unión van tomando decisiones que señalen el rumbo por el que irán hasta ser una familia. Tomemos como ejemplo la relación de Ignacio y nuestra hermana, Cecilia. Si bien te dije que uno deja sus sueños individuales es porque ese sueño deja de ser solo tuyo y pasa a ser de la pareja. En tal sentido, que Cecilia esté trabajando en un banco y busque destacar, hacerse jefa, gerente y progresar en una jerarquía laboral, también es el sueño de Ignacio porque él la apoya en el proceso, cuando contrata a la señora Bertha para que cuide del pequeño Roberto. En la pareja, cuando uno es feliz, también lo es el otro porque son uno solo. De regreso a la casa, caminamos en silencio, lo que me permite pensar sobre los sueños de Alejandra como mujer, para ella misma, no para sus hijos o su familia, sino aquellos que pudo desear hacer realidad siendo una niña. Los míos están casi completos, ya que estudié la carrera que siempre me gustó; tengo el trabajo que siempre quise; solo faltan el viajar por todo el mundo y tener una casa, que yo mismo construiré, con una vista espectacular, pero esos dos sueños los creé considerando estar acompañado de alguien especial, con quien hacer una familia sea posible. Conocer a Alejandra me permitirá saber si ella es aquella persona que me ayudará a hacer realidad los otros dos sueños que tengo pendientes por hacer realidad. Gracias a las especias y demás productos que compré por la lista de encargos que me indicó mi cuñada, pudimos almorzar varios platillos trujillanos como limeños durante nuestra estadía en Iquitos. Mi cuñada es muy buena en la cocina. Alguna vez soñó en tener un restaurante, como lo consiguió una de las señoras de servicio doméstico que trabajaron en su casa, pero sus padres fueron matando ese deseo porque ella, como señorita de familia bien, solo debía saber lo necesario para ser una perfecta esposa, no una cocinera. —Cuando ya esté estable en Lima, Grecia abrirá un restaurante de comida norteña —comenta Julio mientras almorzamos el delicioso shámbar (una sopa típica trujillana que es un plato completo al tener trigo, diferentes clases de menestras, así como de carnes) que mi cuñada preparó, aunque no sea lunes. —Pero eso significa hacer comida de Piura y Chiclayo también, ¿o no? —comento intrigado por saber si mi joven cuñada también conoce sobre la culinaria de esas otras dos ciudades norteñas. —Cuando era niña, la cocinera de mi casa era chiclayana, y viéndola cocinar aprendí los secretos de esa cocina, y el poco tiempo que estuve en Piura me sirvió para aprender a preparar las delicias de la gastronomía de esa región. Solo necesito practicar un poquito más para considerarme una experta —la mirada de Grecia se llena de alegría cuando habla de temas culinarios. —Entonces, como es un negocio seguro, yo quiero invertir en el restaurante —comento con seguridad porque desde hace meses pienso que es importante empezar a invertir una parte de mi dinero ahorrado. —¡¿Hablas en serio, Braulio?! —pregunta animada mi cuñada. —¡Claro! Este shámbar está delicioso, mejor del que comí cuando fui a Trujillo por su boda. Sé que fue hace un poco más de dos años, pero recuerdo muy bien la calidad de ese platillo, y esta versión es mejor. Te felicito, Grecia, cocinas delicioso. —Apoyo lo que dice papito mío. A mí no me gusta la sopa, ¡pero esta pudiera comerla todos los días! Que papito mío invierta en tu restaurante, tía Grecia —complementa mi niña, que feliz come el pedazo de jamón serrano que ha encontrado en su plato. —Entonces, ya tenemos un primer inversionista —certifica mi hermano, aceptando mi propuesta—. Había pensado hacer uso de todo lo que tengo ahorrado, más el patrimonio que tengo de las empresas de la familia, lo que papá me entregó cuando me casé. —Ni te atrevas a vender tus acciones. Yo invierto en el negocio como socio capitalista. No me voy a meter en las decisiones que tomen, salvo en chequear la infraestructura del local donde será el restaurante, para que cumplan con todos los lineamientos que se exigen —señalo y todos ríen porque en lo único que sé de un negocio de comida son las normas técnicas de Defensa Civil que todo establecimiento comercial debe respetar—. Es más, si le decimos a Fernando, él también invierte en el restaurante. Hasta papá estaría dispuesto a invertir, así como Cecilia y Elena. Todos los hermanos Bertolotto, excepto sor Fiorella y Lorena, que ahora son Flor de María y María Lorena, ya que ellas han desistido de beneficiarse con la riqueza de nuestra familia. —Pero pueden apoyar consiguiendo que vaya un sacerdote a bendecir el local —indica mi cuñada. Julio y yo estamos de acuerdo con ello. —Ahora que mencioné a nuestras hermanas religiosas, ¿por qué llamaron Fiorella a su primera hija? Ya hay una en la familia —pregunto curioso. —Porque quería que haya una nueva Fiorella Bertolotto, ya que nuestra hermana ahora se llama Flor de María —responde Julio mientras termina el último sorbo de shámbar. —Y cuando tengamos una segunda niña, le vamos a llamar Lorena —complementa Grecia. —Y si no tienen más hijas, sino hijos, ¿lo llamarán Loreno? —pregunta Mariana, haciendo que todos riamos por su ocurrencia. —Estaremos buscando la segunda hija hasta que esta nazca —responde Julio con el rostro serio de siempre. —¿Y si después de la bebé Fiorella, la cigüeña trae seis bebés varones? —la curiosidad de Mariana por conocer la respuesta de mi hermano es notoria, ya que se ha bajado de la silla para pararse a su lado y escucharlo claramente. —Pues tendremos ocho hijos con tu tía Grecia. Tendrás primos de sobra con quienes jugar y ayudar a cambiar los pañales —comenta Julio mirando a mi cuñada, a quien se le nota la ilusión que también comparte por tener una casa llena de hijos. —¡No, tío Julio! A mí llámenme para ayudar a bañarles o cambiarles de ropa, ¡pero no para lo del pañal! —todos reímos a carcajadas, hasta la señora Hilda que nos acompaña en la mesa. Estos días en Iquitos me han permitido relajarme y distraer la mente de los temas del trabajo, las habladurías del club, pero no de Alejandra. Me la he pasado pensando cómo estará; qué tal le estará yendo en el trabajo; si todo estará bien en su familia. Ahora sé que, tras conocernos y decidir ser pareja, tendré que hacer sus sueños míos, y así esforzarme por hacerlos realidad, ya que, si ella es feliz, yo también lo seré. Como sucede con Julio y Grecia, puesto que mi hermano está completamente comprometido con el sueño del restaurante, uno que nació en mi cuñada, pero fue acogido por mi hermano con amor. Son la 1 p. m. del domingo cuando descendemos del taxi que nos deja en casa. Mariana sale disparada del vehículo para tocar el timbre. Los de seguridad reconocen a mi hija, por lo que la dejan correr hacia la puerta. Ellos sonríen al saben que para el general Braulio Bertolotto sus nietos son importantes porque el amor que le entregan lo recargan de energía. Toda la familia sale a la puerta porque Mariana pide ayuda para llevar las maletas y los paquetes de más que hemos cargado porque Julio y Grecia han enviado medio Iquitos en encomiendas para todos en Lima, además de las que debo enviar mañana a primera hora hacia Trujillo. —Señora Elena, ¿y cómo vamos a preparar estos chorizos y cecina? —pregunta María preocupada al ver los kilos de kilos que mi hermano envió para que en casa nos deleitemos con las bondades de la cocina de la selva. —Es fácil, María. Solo se tienen que poner a la parrilla para que termine de cocinarse la carne, ya que la cecina y el chorizo tienen una preparación previa —instruye mi hija como toda una experta—. Mi tía Grecia me enseñó que puedes darles un gustito diferente a las menestras al agregarles chorizo o cecina en el aderezo. También, con una riquísima zarza criolla, se pueden comer con pan, al estilo sánguche. —¿Mi niña ha ido a Iquitos a pasear o a aprender de cocinar? —pregunta mi padre divertido por escuchar tan sabionda a mi princesa. —Lito Braulio, ya soy una niña que está a punto de cumplir siete años, por lo que ya es tiempo de que aprenda a cocinar. Tía Grecia me contó que a escondidas de su madre aprendió a freír huevos a los seis años, y yo estoy a nada de cumplir los siete, ¡y no sé ni encender la cocina! Lita Elena, tú y María me tienen que enseñar a cocinar, ¡pero pasito a pasito!, que también requiero tiempo para ir al colegio, hacer mis tareas y entrenar el tenis. Todos reímos por la ocurrencia de mi pequeña. Su prima Sarita le ofrece enseñarle a encender la cocina y freír huevos, ya que considera que María y mamá están muy ocupadas preparando las comidas. Mariana acepta la propuesta de su prima mayor, así que ambas piden al abuelo Braulio dinero para comprar huevos, muchos, porque pueden algunos estropearse a la hora de romperlos, destreza que mi princesa tiene que practicar porque es parte de aprender a freírlos. —¡Estas niñas!, con la excusa de comprar huevos para aprender a cocinar, ya me sacaron dinero para chocolates y caramelos —comenta con buen humor papá mientras me lleva a su oficina en casa, ya que me ha pedido conversar con él unos minutos. —Están creciendo rápido. Eso me recuerda que ya debemos empezar a planificar el quinceañero de Sarita —comento y el recuerdo de la hija mayor de mi hermana Elena aprendiendo a caminar llega a mí. —Ese tema lo hablamos por la noche, antes de irnos a dormir, ya que debemos ver el tema del local y otros detalles más, pero no te he pedido que me acompañes para tratar el tema de los quince años de mi primera nieta, sino porque tu primo Alberto y luego el general de sanidad Beltrán hablaron conmigo sobre un tema que tú has solicitado investigar en el Hospital de la Policía. A mi primo Alberto, el mismo que recibió a Olga tras sufrir el accidente en la carretera al sur, le pedí que investigara al tal Gustavo Benítez, el médico asimilado a la Policía que acosó a Alejandra cuando ella acababa de dar a luz a su segundo hijo. El martes, un día antes de mi viaje, mi primo me confirmó que el caso de Alejandra no había sido el único. Conversando con enfermeras y técnicas de enfermería, Alberto descubrió que al tal Benítez le gusta andar de picaflor en el hospital, enamorando a las trabajadoras mujeres y a las pacientes, llegando a proponerles actos indecentes a cambio de beneficios económicos u otros facilitados por él. Con la información sobre los abusos y testigos recabados, Alberto se presentó antes el doctor Beltrán, el director del hospital que tiene el grado de general, ya que el comportamiento de Benítez distaba mucho de lo profesional. Beltrán creía en la palabra de mi primo y la de los testigos, pero necesitaba el respaldo de alguien por encima de ellos, y ese era mi padre. El director del hospital le preguntó a Alberto por qué había empezado a investigar a Benítez, y mi primo no dudó en comentar el caso de Alejandra, así como la cercana relación que tengo con ella. Beltrán indicó que, si mi padre apoyaba la investigación y pedido de remover a Benítez de su puesto para enviarlo a alguna zona alejada, donde acabaría sin opciones a poder seguir ascendiendo en el escalafón policial, él lo haría de inmediato. Alberto se comunicó con papá, le explicó todo lo que le comenté y lo que descubrió, por lo que, cuando Beltrán se comunicó con él, mi padre apoyó la investigación de Alberto, así como indicó que Alejandra era muy cercana a la familia, y al revelarnos lo que había ocurrido con Benítez, decidimos que eso no podía quedarse en nada, aunque los hechos hayan ocurrido dos años atrás. Es así como Beltrán, por su cargo de director del hospital, elevó el caso de Benítez a Inspectoría de la Policía Nacional con el fin de que se le inicie un proceso sancionador. —No podía quedarme con los brazos cruzados cuando Alejandra me comentó lo que le había ocurrido acabando de parir a su segundo hijo. Ella se encontraba sola, sumergida en la tristeza porque no contaba con el apoyo de quien prometió amarla y protegerla hasta que la muerte los separe, y ese infeliz se aprovechó al hacerle tan indecente propuesta —siento que la sangre me hierve al recordar el momento cuando se me reveló el abuso. —Hiciste bien. Quienes trabajamos en la Policía estamos para apoyar y proteger a la ciudadanía, no para acosarla y abusar descaradamente de ella. He movido mis influencias para que a ese médico lo expulsen de la institución. Si lo enviamos a otra zona, seguirá haciendo lo mismo, y con mayor impunidad, así que es mejor deshacernos de esa clase de personas que no suman al prestigio de la institución —para mi padre, un abusador es la escoria más putrefacta que puede existir en nuestra sociedad, por lo que se debe exterminar—. Por otro lado, sigues en contacto con la señora Alejandra. Espero que hayas reflexionado en lo que conversamos hace dos domingos atrás. Eres mi hijo, pero no pienso permitir que dañes a quien ya ha sufrido mucho —mi padre es un buen hombre, y defender al débil siempre ha sido una regla de vida que no piensa trasgredir nunca, menos en mi caso. —Papá, he podido darme cuenta del error que había caído al dejarme llevar por mis inseguridades. El pensar que no puedo ser feliz al lado de una mujer de principios y valores, que se haga respetar y sepa su valor fue lo que me llevó a equivocarme y perder los últimos tres años y medio de mi vida, pero ahora que tengo el panorama claro, me he propuesto conocer a Alejandra y presentarme ante ella tal y como soy con el propósito de descubrir si somos el uno para el otro y tenemos una oportunidad de iniciar una relación seria. Yo ya no estoy para juegos, y ella tampoco. Ambos somos padres y queremos lo mejor para nuestros hijos, por lo que no estamos dispuestos a andar con la persona que no va a sumar para mejorar la vida de nuestros pequeños. —Es importante pensar en los hijos, pero también es necesario pensar en uno mismo —señala papá mirándome muy serio—. No te atrevas a iniciar una relación con la señora Alejandra solo porque Mariana se lleva bien con ella. Que una mujer pueda ser una buena madre no basta para que un hombre decida hacerla su esposa, ya que antes que padres, somos hombres y mujeres, seres mortales que tenemos necesidades afectivas que deseamos satisfacer, por lo que debes amar a la mujer antes que a la madre. Papá, en su completa sabiduría obtenida por los años, acaba de darme el mejor consejo de todos. —No te preocupes, papá. Alejandra llamó mi atención como mujer antes de darme cuenta que con Mariana congenian. Si he decidido acercarme a ella para conocernos es porque me gusta como mujer, como persona. No te voy a mentir que el hecho de la buena relación que existe entre ella y mi hija es algo que me anima a buscar el contacto con Alejandra, pero no es el motivo principal para analizar la posibilidad de que sea la mujer que quiero para compartir mi vida. —Como ya te dije antes, hijo, yo te amo y me preocupo por ti, pero jamás sacrificaré a un inocente porque tú seas feliz o aparentes serlo. Si en tu comportamiento veo actitudes que van a hacer a la señora Alejandra sufrir una vez más, ten por seguro que seré el primero en hacer todo lo posible para alejarlos, para que esa relación acabe. Tengo hijas y nietas, y no me gustaría que ningún desalmado se atreva a hacerles daño solo por cubrir sus necesidades emocionales, afectivas y sociales. Ambos deben ser beneficiados en todo sentido con la relación que entablen, si no va a ser así, mejor desisten y se alejan. A papá termino revelándole que saldré con Mariana después del almuerzo a pasear con Alejandra y sus hijos. Él me mira serio, sé que aún desconfía de mí, pero le aseguro que no estoy dispuesto a hacerle a otro lo que hicieron conmigo, que mala persona no soy. Y con su bendición, puedo irme tranquilo a la primera cita oficial con Alejandra.
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