Capitulo 9

892 Words
Y no sabía qué pensar exactamente. No porque creyera que estaba enamorada de él, porque definitivamente no lo estaba. Ni siquiera lo conocía lo suficiente como para saber si me caía bien. Lo que me confundía era la situación. En menos de una semana había pasado de ser una estudiante de medicina preocupada únicamente por sus clases, a tener un prometido al que prácticamente no conocía. Y para empeorar las cosas, ya me había besado dos veces. Aunque, siendo justa, ninguna de las dos veces había ocurrido porque alguno de los dos estuviera intentando iniciar una historia de amor. El primer beso había sido culpa de Samuel. Y el segundo... Bueno, el segundo también. Solo que esta vez había sido idea de Alan porque su hermano estaba prácticamente pegado a la ventana observándonos. No sabía qué era peor. Me quedé unos segundos frente a la casa, mirando cómo el auto desaparecía por la calle. —¿Vas a quedarte ahí toda la noche? Casi salté. Me giré. Tatiana estaba en la puerta, cruzada de brazos y con esa sonrisa que conocía demasiado bien. —No empieces. —No he dicho nada. —Pero estás pensando. —Muchísimas cosas. Entré a la casa. —Pues deja de pensar tanto. —Es difícil cuando tu prometido acaba de besarte en la puerta de tu casa. —No fue porque quisiera besarme. Tatiana arqueó una ceja. —¿Ah, no? —Samuel estaba mirando. —Eso ya lo sé. —Entonces no sé por qué preguntas. —Porque quiero saber si te gustó. Me detuve en seco. —¡Tatiana! Ella comenzó a reírse. —Solo era una pregunta. —No voy a responder. —Eso significa que sí. —Significa que eres insoportable. —También. Subimos las escaleras mientras yo intentaba ignorar el calor que todavía sentía en las mejillas. —De todos modos —dije—, hay algo que tengo claro. —¿Qué? —Alan tampoco quiere casarse. Tatiana dejó de sonreír. —¿Estás segura? —Sí. —¿Te lo dijo? —No directamente. Pero se nota. —¿Y eso te tranquiliza? Pensé unos segundos. —Un poco. —Entonces, ¿qué piensas hacer? —No tengo idea. —Excelente plan. —Gracias. —Para eso están las mejores amigas. Entramos a la habitación. Me cambié de ropa y me acosté. Por primera vez desde que todo aquello había comenzado, sentí que quizá no estaba completamente sola en aquella locura. Alan tampoco había pedido esto. Y eso, de alguna manera, hacía que todo fuera un poco menos aterrador. A la mañana siguiente, bajé a desayunar con Tati. Mi tío ya estaba en la mesa junto a mi tía. —Buenos días —saludé. —Buenos días, niñas —respondieron ambos. Me senté y comencé a comer. Intenté actuar con normalidad. No quería pensar en bodas. Ni en Alan. Ni en matrimonios. Mucho menos en besos. Pero aparentemente el universo tenía otros planes. —Sam —dijo mi tío. Levanté la mirada. —¿Sí? —Alan quiere hablar contigo esta mañana. Dejé de mover la cuchara. —¿Conmigo? —Sí. —¿Para qué? Mi tío se encogió de hombros. —Supongo que para hablar de todo esto. —¿Todo esto? —La boda. Casi me atraganto. Tatiana me dio una palmada en la espalda mientras mi tía intentaba contener una sonrisa. —¿No podemos simplemente olvidarnos de la palabra boda por unos días? —Me temo que no —respondió mi tío. Suspiré. —Está bien. Una hora después, encontré a Alan en el estudio. Estaba sentado frente al escritorio revisando unos documentos. Levantó la mirada cuando entré. —Hola. —Hola. Cerré la puerta detrás de mí. —Me dijeron que querías hablar conmigo. —Sí. Señaló la silla frente a él. —Siéntate. Me senté. Alan dejó los documentos a un lado. —Quiero hablar contigo sobre la boda. —Excelente. Mi tema favorito. Sonrió apenas. —Sé que ninguno de los dos quiere esto. Lo miré sorprendida. —¿Así de claro lo tienes? —Bastante. —Bien. —Por eso no quiero complicarte más la situación. Me quedé en silencio. Alan sacó una carpeta. —Nuestros padres ya están tomando algunas decisiones, pero hay cosas que todavía podemos manejar nosotros. —¿Como qué? —La organización. Abrió la carpeta. —Si quieres contratar una wedding planner, hazlo. Parpadeé. —¿Qué? —Una wedding planner. Puede encargarse de todo. —¿Y tú? —Yo no voy a involucrarme en los detalles a menos que sea necesario. Lo miré incrédula. —¿Estás hablando en serio? —Sí. —¿Me estás diciendo que puedo organizar mi propia boda sin que tú tengas que aparecer? —No exactamente. —Pues parece eso. —Sam, no quiero que esto se convierta en una guerra entre nuestras familias. Si ellos quieren una boda, tendrán una. Pero no voy a pasar meses discutiendo sobre flores, manteles, invitaciones o el color de las servilletas. No pude evitar soltar una pequeña risa. —¿Color de las servilletas? —Es un ejemplo. —Dios mío. Negué con la cabeza. —Está bien. Entonces yo me encargo de eso. —Perfecto. Hubo un pequeño silencio. Entonces Alan sacó algo de su bolsillo. Una tarjeta negra.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD