Capítulo 12

824 Words
Narra Sam —¿Vas a seguir mirando la misma página? —preguntó Tati. Levanté la cabeza. —Estoy leyendo. —Llevas diez minutos en la misma línea. Bajé la mirada hacia el libro. Tenía razón. —Estoy pensando. —Eso explica mucho. —¿Qué quieres decir? —Que cuando piensas demasiado, te inventas problemas que todavía no existen. —No me estoy inventando nada. —Claro que sí. La miré mal. —Tati... —Está bien, está bien. No digo más. Intenté concentrarme nuevamente, pero no pude. La conversación con Alan seguía dando vueltas en mi cabeza. Sobre todo aquella última frase. Es mejor que te acostumbres, Sam. No sabía si quería acostumbrarme. Ni siquiera estaba segura de querer casarme. Y, sin embargo, allí estaba, intentando descubrir cómo demonios iba a funcionar todo aquello. --- Cuando terminamos de estudiar, salimos de la universidad juntas. Alan estaba esperándonos en el carro. Tati me dio un pequeño codazo. —Mira quién vino por su futura esposa. —No empieces. —No dije nada. —Tu cara lo dice todo. Alan bajó la mirada hacia su reloj cuando nos acercamos. —¿Todo bien? —Sí —respondí. —¿Cansadas? —Un poco. Subimos al carro. Alan esperó a que nos colocáramos los cinturones y arrancó. Durante los primeros minutos Tati habló prácticamente sin parar. Nos contó algo que había sucedido en la universidad y terminó haciéndonos reír a las dos. Alan iba concentrado en la carretera. Hasta que su teléfono comenzó a sonar. Miró rápidamente la pantalla. —Es del hospital. Contestó y activó el altavoz, ya que iba conduciendo. —Smith. Una voz masculina respondió al otro lado. —Doctor, disculpe la hora. El paciente de la dieciocho está teniendo una recaída. La expresión de Alan cambió inmediatamente. —¿Qué está presentando? —Está inquieto, frecuencia cardíaca elevada y volvió a presentar los mismos síntomas de esta mañana. Alan guardó silencio unos segundos. —¿Los signos vitales? El médico se los indicó. —Bien. Inyéctenle la dosis indicada del neuromodulador que dejamos formulado —dijo Alan—. Después déjenlo en observación durante una hora. —¿Considera necesario que baje? —No todavía. Es normal que se le aumente un poco el ritmo cardíaco después de la administración. No debería colocarlo en peligro, pero quiero que vigilen constantemente la frecuencia y la presión. —Entendido. —Si supera los parámetros establecidos o presenta cualquier otro síntoma, me llaman inmediatamente. —Sí, doctor. —Y no lo dejen solo. —Queda en observación. —Bien. La llamada terminó. Alan bajó el volumen del teléfono y continuó conduciendo. Ninguno de nosotros dijo nada durante unos segundos. Yo seguí mirándolo de reojo. Había algo diferente en él cuando hablaba de sus pacientes. No parecía frío. Parecía concentrado. Seguro de lo que estaba haciendo. Y, por primera vez, entendí que aquella manera suya de tomar decisiones probablemente no había aparecido conmigo. Era simplemente su forma de funcionar. Cuando asumía una responsabilidad, no parecía dejar espacio para medias tintas. Eso explicaba muchas cosas. Aunque no justificaba que quisiera decidir por mí. O eso seguía pensando. --- Primero dejamos a Tati. Ella se quitó el cinturón y tomó su bolso. —Nos vemos mañana. —Sí. Abrió la puerta, pero antes de bajar se inclinó hacia mí. —Pórtate bien con tu futuro esposo. —¡Tati! Se rio. —Buenas noches, doctor. —Buenas noches, Tati. Cerró la puerta. Esperé hasta verla entrar a su casa antes de volver a mirar hacia adelante. Ahora estábamos solos. El silencio dentro del carro se sintió diferente. Alan continuó conduciendo unos segundos más. —¿Qué pasa? —preguntó. —Nada. —Llevas todo el camino observándome. —No te estaba observando. —Sam. Suspiré. —Está bien. Me acomodé en el asiento. —Estaba pensando en lo que dijiste hoy. Alan me miró brevemente. —¿Sobre la boda? —Sí. Hubo un pequeño silencio. —Y creo que Tati tiene razón. —¿Sobre qué exactamente? —Sobre que no podemos pasarnos todo el matrimonio discutiendo. Alan no respondió inmediatamente. —No quiero discutir contigo todo el tiempo —dijo finalmente. —Yo tampoco. —Entonces tendremos que aprender a elegir nuestras discusiones. Miré por la ventana. —No significa que vaya a aceptar todo lo que digas. —Nunca esperé eso. Lo miré. —Pero tampoco voy a dejar que decidas todo por mí. —Tampoco quiero eso. Hubo otro silencio. —Aunque sigues sin poder convencerme de lo de la tarjeta. Alan sonrió apenas. —No lo estoy intentando. —Porque ya decidiste. —Exactamente. Solté una pequeña risa. —Eres increíble. —Me lo han dicho. Volví a mirar hacia adelante. Y, por primera vez desde que todo aquello había comenzado, pensé que quizá no necesitábamos estar de acuerdo para aprender a convivir. Quizá solo necesitábamos aprender cuándo valía la pena pelear.
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