Ayer, antes de dormir, había hecho algo que todavía me parecía un poco absurdo.
Le había enviado a Alan la lista de wedding planners que había encontrado.
Había revisado páginas, r************* , opiniones, fotografías y hasta bodas que habían organizado anteriormente. Al final había conseguido reducir la lista a siete.
Le mandé las siete opciones cerca de la medianoche.
Estas son las que más me gustan. Mañana podemos revisarlas.
No tardó demasiado en responder.
Ya las revisé. La cuarta me parece una buena opción. Si quieres, mañana podemos ir a verla.
Eso había sido todo.
Ni siquiera intentó decirme que escogiera esa.
Y, aunque no quería admitirlo, me había gustado.
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—Entonces, ¿ya decidiste cuál quieres? —preguntó mi tío mientras desayunábamos.
—No. Primero quiero conocerlas.
—¿A las siete?
—No. A las tres que más me gustaron. Después decido.
Mi tía asintió.
—¿Y Alan está de acuerdo?
—Sí.
—¿No ha intentado meterse?
Solté una pequeña risa.
—No.
—Eso es bueno.
—Excepto por una cosa.
Mi tío me miró.
—¿Cuál?
Suspiré.
—El dinero.
Mi tía sonrió como si ya supiera por dónde iba.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—¿Todavía sigue con lo mismo?
—Peor.
Dejé los cubiertos sobre el plato.
—No me deja pagar absolutamente nada.
—¿Nada? —preguntó mi tío.
—Nada.
—¿Ni siquiera una parte?
—Ni siquiera una servilleta, probablemente.
Mi tía soltó una carcajada.
—¿Y tú sigues peleando con él por eso?
—¡Pues claro!
Mi tío negó con la cabeza, divertido.
—Sam, déjalo pagar.
Lo miré indignada.
—¿Tú también?
—No estoy diciendo que tenga razón en todo. Pero si ese es el único punto en el que está decidido a encargarse, ¿por qué vas a convertirlo en una guerra?
—Porque yo también puedo pagar.
—Eso nadie lo está discutiendo.
—Entonces no entiendo por qué tengo que aceptar que él pague todo.
Mi tía me miró durante unos segundos.
—Tu padre era así.
Fruncí el ceño.
—¿Así cómo?
Ella sonrió, mirando hacia la mesa como si estuviera viendo una escena que ya no estaba allí.
—Desde el día uno no permitía que tu mamá pagara nada.
Se rio con nostalgia.
—Y tu mamá nunca pudo acostumbrarse al cien por ciento a eso.
No pude evitar sonreír.
Me acordaba de ellos.
De mi papá insistiendo.
De mi mamá protestando.
De esas pequeñas discusiones que ahora, viéndolas desde lejos, parecían hasta graciosas.
—Tu mamá decía que ella tenía su propio dinero y que podía comprar lo que quisiera —continuó mi tía—. Y tu papá siempre le respondía lo mismo: que nunca había dicho que no pudiera. Simplemente no quería que tuviera que hacerlo.
Mi sonrisa se hizo más grande.
—Era muy terco.
—Muchísimo.
Mi tío se rio.
—Y tu mamá tampoco era precisamente fácil.
—No —respondí, todavía sonriendo—. Definitivamente no.
Por un momento me quedé en silencio.
Mis padres habían sido muy diferentes.
Y, aun así, se habían querido de una manera que siempre me había parecido imposible de explicar.
No necesitaba que nadie me contara que se amaban.
Se notaba.
En la forma en que se miraban.
En cómo se cuidaban.
En las pequeñas cosas.
—Se querían muchísimo —dije.
Mi tía sonrió.
—Sí. Muchísimo.
Bajé la mirada.
Y durante unos segundos olvidé incluso que estaba molesta con todo aquello.
Hasta que mi tío volvió a hablar.
—Bueno, ¿a qué hora viene Alan?
Miré el reloj.
—En veinte minutos.
—Entonces termina de desayunar.
—Ya terminé.
—Tienes media tostada.
Miré el plato.
—Eso cuenta como terminado.
Mi tío negó con la cabeza.
—Definitivamente eres hija de tu madre.
—¿Eso es un insulto?
—Para nada.
Sonreí.
Y, por primera vez en varios días, el tema de la boda no me pesó tanto.
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Alan llegó exactamente a la hora que había dicho.
Cuando salí, estaba esperando junto al auto.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Lista?
—Más o menos.
—Entonces vamos.
Subí al auto y él arrancó.
Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa menos de la boda.
Hasta que Alan preguntó:
—¿Quieres que revisemos las otras opciones antes de llegar?
—Ya las revisé.
—¿Y?
—La cuarta sigue siendo mi favorita.
—La mía también.
Lo miré.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me gustó el trabajo que hacen. Son organizados y tienen buenos proveedores.
Asentí.
—Yo pensé exactamente lo mismo.
Hubo un pequeño silencio.
—Aunque no significa que vaya a escogerla todavía —aclaré.
—Nunca dije que lo hicieras.
Lo miré de reojo.
—Bien.
—Es tu decisión.
—¿Y tú solo vas a pagar?
—Básicamente.
—Qué conveniente.
Alan me miró un segundo.
—No empieces.
Solté una risa.
—No estaba empezando.
—Tu tono decía lo contrario.
—Tal vez.
Seguimos conduciendo.
Y, aunque no quería admitirlo, me estaba resultando mucho más fácil estar con él cuando no estábamos discutiendo.
La reunión fue exactamente como esperaba.
La wedding planner nos recibió, nos explicó sus servicios, nos mostró algunos de sus trabajos y empezó a preguntarme qué quería para la boda.
Y ahí descubrí que no tenía ni idea.
—¿Qué estilo tienen pensado? —preguntó.
Abrí la boca.
La cerré.
Miré a Alan.
Él me miró de vuelta.
—Todavía no lo hemos definido —respondí.
—¿Cantidad aproximada de invitados?
—Tampoco.
—¿Lugar?
—No.
La mujer sonrió.
—Perfecto. Entonces podemos empezar desde cero.
No sabía si aquello me tranquilizaba o me asustaba.
Empezamos a hablar de opciones.
Yo pregunté por precios, proveedores, decoración, organización, tiempos y contratos.
Alan permaneció atento, pero no tomó decisiones por mí.
Cuando llegó el momento de hablar del pago, la mujer explicó cómo manejaban los anticipos.
—El primer pago sería del treinta por ciento para reservar la fecha.
—Perfecto —dije.
Saqué mi tarjeta.
Alan habló antes de que pudiera siquiera entregársela.
—Yo me encargo.
Giré lentamente la cabeza hacia él.
—Alan...
—Yo me encargo.
La wedding planner nos miró a ambos, claramente intentando no meterse.
Guardé la tarjeta.
No quería montar otra discusión ahí.
—Bien —dije.
Alan me miró.
Probablemente sabía perfectamente que ese "bien" no significaba que hubiera aceptado.
Solo significaba que no iba a discutir delante de una desconocida.