El lunes amanecí con la sensación de que llevaba semanas organizando una boda.
Y apenas habían pasado unos días.
Sobre mi escritorio tenía tres carpetas, dos libretas, varias muestras de invitaciones y una lista que ya había dejado de ser una lista para convertirse en una especie de amenaza.
La miré mientras tomaba café.
—Lugar: listo.
Taché la primera línea.
—Wedding planner: casi listo.
La dejé sin tachar.
—Invitados: desastre.
La encerré en un círculo.
—Vestido...
Me quedé mirando esa palabra.
La taché.
—No.
La volví a escribir.
—Vestido: no quiero hablar de eso todavía.
Mucho mejor.
Mi celular vibró.
Era un mensaje de la wedding planner.
Sam, ya tenemos disponibilidad para hacer la prueba de menú el próximo sábado. También quisiera que comenzáramos a definir el concepto general de decoración.
Abrí el calendario.
Sábado.
Miré la hora.
Después mi agenda de la universidad.
Tenía tiempo.
Respondí que sí.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
Perfecto. También necesitaríamos confirmar si el novio asistirá.
Me quedé mirando la pantalla.
El novio.
Era raro leer esa palabra.
No porque no supiera que Alan era mi prometido.
Sino porque todavía me costaba asociarlo con la idea de alguien que estuviera involucrado en todo esto.
Escribí:
Él tiene trabajo en el hospital. Le preguntaré si puede asistir.
No sabía por qué había escrito eso en lugar de simplemente decir que no.
Tal vez porque era justo preguntarle.
Abrí nuestro chat.
Yo: El sábado tengo prueba de menú y reunión de decoración. ¿Puedes asistir?
La respuesta no llegó.
Guardé el celular y me fui a la universidad.
---
No había pasado ni una hora desde que entré al salón cuando Tati se sentó a mi lado.
—Tengo una pregunta importante.
—Eso nunca termina bien.
—¿Ya viste vestidos?
—No.
—¿Cuándo vas a hacerlo?
—Cuando esté preparada.
—¿Y cuándo estarás preparada?
—No sé.
—Excelente planificación.
La miré.
—Estoy organizando muchas cosas.
—Ya lo sé. Te he visto convertir tu celular en una oficina.
—Porque todo el mundo escribe.
—¿Alan?
—La wedding planner.
—Ajá.
—Y también Alan.
—¿Qué te dijo?
—Le pregunté si puede ir el sábado.
Tati abrió los ojos.
—¿Y?
—Todavía no responde.
—¿Quieres que vaya?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—No sé.
—Eso significa que sí.
—No.
—Sam.
—De verdad no sé.
Tati apoyó los brazos sobre la mesa.
—Bueno, piénsalo así. No tiene que ir porque esté emocionado por la boda. Puede ir simplemente porque es el otro involucrado.
—Eso tiene sentido.
—Además, sería bueno que por lo menos pruebe la comida antes de que elijas el menú.
—Él come en el hospital. Probablemente ni siquiera le importe.
—No creo que sea tan difícil encontrar tres platos que le gusten.
—No conoces a Alan.
—Precisamente por eso.
Sonreí.
—Eres imposible.
—Pero útil.
La profesora entró al salón y la conversación terminó.
O eso creí.
Porque veinte minutos después mi celular vibró sobre la mesa.
Miré discretamente.
Era Alan.
El sábado tengo una cirugía en la mañana. Si la prueba de menú es en la tarde, puedo ir.
Me quedé mirando el mensaje.
Tati intentó leerlo.
Le tapé la pantalla.
—No.
—Solo quería ver.
—No.
Guardé el celular.
—Puede ir.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada todavía.
—Respóndele.
—Después.
—¿Por qué?
—Porque estoy en clase.
Tati me miró.
—Mentirosa.
—Cállate.
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La prueba de menú terminó siendo mucho más seria de lo que imaginaba.
Había mesas llenas de platos.
Entradas.
Carnes.
Pescados.
Arroz.
Ensaladas.
Postres.
Y una cantidad ridícula de opciones.
La wedding planner hablaba con el chef mientras yo tomaba notas.
Alan llegó veinte minutos después de la hora que habíamos acordado.
No parecía particularmente apurado.
Pero sí cansado.
Traía todavía la ropa del hospital debajo del saco y llevaba el celular en la mano.
—Perdón.
—¿Todo bien?
—Sí. La cirugía se extendió un poco.
—No importa.
Miró la mesa.
—¿Ya empezaron?
—Sí.
—Bien.
Se sentó.
La wedding planner comenzó a explicarnos las opciones.
Alan escuchó.
Yo también.
Probamos la primera entrada.
Después la segunda.
Después la tercera.
—¿Cuál te gusta? —pregunté.
Alan tomó un poco de agua.
—La segunda.
—A mí también.
Seguimos.
Llegó el plato principal.
Probé uno.
Después otro.
Alan probó ambos.
—Este —dijo.
—¿Por qué?
—Está mejor preparado.
—¿Solo por eso?
—La carne está mejor.
Lo probé nuevamente.
Tenía razón.
—Bien. Ese.
La wedding planner anotó.
Después llegaron los postres.
Yo escogí uno.
Alan probó otro.
—Ese está demasiado dulce.
—Eso no es un problema.
—Para mí sí.
—No tienes que comerlo.
—Lo sé.
Lo miré.
—¿Entonces por qué lo probaste?
—Porque me preguntaste.
Sonreí.
—Buen punto.
Por primera vez en toda la tarde, la conversación se sintió casi normal.
No parecía una pareja probando el menú de su boda.
Parecíamos dos personas tomando decisiones prácticas.
Y estaba bien.
Después de terminar, la wedding planner comenzó a hablar sobre decoración.
Yo le expliqué que quería algo sencillo.
Nada demasiado recargado.
Flores, pero no en todas partes.
Luces cálidas.
Mesas elegantes.
Alan permaneció callado.
No intentó decidir.
Ni siquiera cuando la wedding planner le preguntó directamente si tenía alguna preferencia.
—No.
Ella me miró.
—¿Y tú?
—Yo sí tengo algunas ideas.
Saqué mi celular.
Le mostré algunas fotografías.
La conversación siguió entre ella y yo.
Alan miraba de vez en cuando, pero no intervenía.
Hasta que su celular vibró.
Lo sacó del bolsillo.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió ligeramente.
Se levantó.
—Disculpen.
Se alejó unos metros y contestó.
Yo no presté demasiada atención.
Hasta que escuché:
—¿Qué frecuencia tiene?
Pausa.
—¿La presión?
Otra pausa.
—No, no le administren nada todavía.
La wedding planner siguió hablando conmigo, pero yo miré de reojo.
Alan estaba completamente concentrado.
—Necesito que me mantengan informado. Si vuelve a presentar dificultad respiratoria, me llaman inmediatamente.
Colgó.
Volvió a la mesa.
—¿Problemas? —pregunté.
—Un paciente.
No dijo más.
Y tampoco pregunté.
Porque entendía perfectamente que había cosas que eran más importantes que una mesa de postres o el color de las flores.
Terminamos poco después.
Afuera, mientras esperábamos el auto, Alan revisó nuevamente el celular.
—Gracias por venir —dije.
Levantó la mirada.
—Era necesario.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces gracias.
Asintió.
—¿Ya decidiste el menú?
—Sí.
—Bien.
Miré el reloj.
—¿Tienes que volver al hospital?
—Sí.
—Entonces vete.
Alan guardó el celular.
—¿Segura?
—Sí. Yo puedo terminar de revisar lo demás con ella.
—Está bien.
Se quedó unos segundos en silencio.
—Cuando tengas el contrato final, envíamelo.
—Lo haré.
—Y cualquier pago que haya que hacer, me avisas.
Sonreí.
—Ya sé.
Afuera, mientras esperábamos el auto, Alan revisó nuevamente el celular.
—Gracias por venir —dije.
Levantó la mirada.
—Era necesario.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé.
Él asintió.
La wedding planner seguía unos pasos detrás de nosotros, revisando unas notas en su carpeta.
Yo estaba a punto de despedirme cuando Alan se acercó.
No entendí qué iba a hacer hasta que sentí sus labios sobre los míos.
Fue apenas un segundo.
Un beso corto.
Lo suficiente para que cualquiera que estuviera mirando pensara que era un gesto completamente normal entre dos personas que estaban a punto de casarse.
Cuando se apartó, lo miré.
Él no dijo nada.
Ni siquiera cambió demasiado la expresión.
Solo me sostuvo la mirada durante un instante antes de mirar hacia la wedding planner.
—Nos vemos —dijo.
—Sí.
Se subió al auto y se fue.
Me quedé quieta unos segundos.
La wedding planner sonrió.
—Qué lindo.
Sentí que me daba un poco de calor la cara.
—Sí.
No sabía qué otra cosa responder.
Ella volvió a mirar sus notas.
—Bueno, entonces mañana te envío las opciones de decoración que hablamos.
—Perfecto.
Caminamos hacia el edificio.
Yo intentaba concentrarme en la conversación, pero una parte de mi cabeza seguía en ese segundo.
No porque hubiera sido un beso especial.
No lo había sido.
Era parte de lo que teníamos que aparentar.
Nadie fuera de nuestras familias sabía la verdad.
Para todos los demás, Alan y yo estábamos enamorados, comprometidos y organizando nuestra boda como cualquier otra pareja.
Y quizá precisamente por eso aquel pequeño beso se sentía tan extraño.
Porque durante un segundo había recordado que, aunque nuestra boda fuera un contrato, para el resto del mundo tenía que parecer amor.
Y Alan parecía saber hacerlo demasiado bien.