Capítulo 11

1012 Words
—Te juro que ese hombre está loco. Tati dejó de escribir y levantó la mirada de sus apuntes. —¿Qué hizo ahora? —Me dio una tarjeta negra. Tati parpadeó. —¿Una tarjeta negra? —Sí. —¿De esas que uno ve en las películas y después el protagonista termina comprando una isla? —No sé si compra islas, pero es ilimitada. Tati abrió los ojos. —Sam... —No. —Ni siquiera he dicho nada. —Ya sé lo que vas a decir. —Yo iba a decir que te cases con él mañana. —¡Tati! Ella soltó una carcajada. —¿Qué? ¡Es ilimitada! —Ese no es el punto. —Para mí sí. —Quería que la usara para pagar los gastos de la boda. Tati dejó el bolígrafo sobre la mesa. —Ah. —¿Ves? —No, espera. Déjame procesarlo. —No hay nada que procesar. Le dije que no la quería. —¿Y? —Que él va a pagar todo. —Bueno... —Todo, Tati. —Pues qué problema tan terrible. —¡Tati! —Perdón, perdón. Se acomodó en la silla, intentando ponerse seria. —Entonces ¿cuál fue la pelea? —Que no entiende que yo también puedo pagar. —¿Y él qué dijo? —Que no. —¿Solamente? —No. Intenté explicarle que no necesito que pague por mí, que voy a trabajar, que voy a tener mi propio dinero... —¿Y? —Que la boda la paga él. Tati hizo una mueca. —Terco. —¡Exactamente! —¿Y tú qué hiciste? —Discutí. —Obviamente. —Y me dijo que puedo decidir todo lo demás. El vestido, la decoración, la wedding planner, el lugar... lo que quiera. —Pero la plata no. —La plata no. Tati soltó una risa. —Ese hombre tiene prioridades. —No tiene gracia. —Un poquito sí. La fulminé con la mirada. —No ayudas. —Estoy intentando. —Pues inténtalo mejor. Tati volvió a tomar el bolígrafo, pero antes de escribir volvió a mirarme. —¿Y qué más pasó? Le conté el resto de la conversación. Cuando llegué a la parte en la que le dije que él estaba controlándolo todo, Tati dejó de sonreír. —¿Y qué te dijo? —Que no pretendía controlarme y que esperaba que tuviera eso claro. —Bueno... —Después dijo que podía ceder en muchas cosas, pero que en eso no. —Eso sí suena bastante a él. —¿A él? Si apenas lo conoces. —Lo suficiente para saber que cuando ese hombre decide algo, probablemente ni un terremoto lo hace cambiar de opinión. —Gracias por tu apoyo. —De nada. Volvió a reírse. Yo negué con la cabeza. —Y después me dijo que era mejor que me acostumbrara porque en unos meses iba a ser su esposa. Tati se quedó callada. —¿Y tú qué dijiste? —Que esto era el colmo. —Muy diplomática. —No estaba para diplomacia. —Me imagino. Hubo unos segundos de silencio. Tati jugó con el bolígrafo entre los dedos. —Sam. —¿Qué? Esta vez su voz fue diferente. Más seria. —Tiene razón en una cosa. La miré. —¿En qué? —En lo de discutir. Fruncí el ceño. —¿Me estás diciendo que él tiene razón? —No te emociones. No estoy diciendo eso. —Acabas de decirlo. —Estoy diciendo que... —hizo una pausa— no pueden pasarse todo el matrimonio discutiendo. Me quedé callada. —Ya sé que no quieres casarte con él —continuó—. Y también sé que él no quería casarse contigo. Ninguno de los dos eligió esto. Pero si al final van a hacerlo, no pueden convertir cada cosa en una batalla. Bajé la mirada hacia mis apuntes. —Es que siento que todo lo decide él. —Entonces dile cuando realmente esté intentando decidir por ti. —¿Y lo del dinero no cuenta? —Claro que cuenta para ti. Pero también tienes que entender que él puede tener sus propias reglas. —¿Reglas? —Sí. Sus límites. —Pues ese límite me parece absurdo. —A mí también me parece un poquito antiguo. Sonrió. —Pero tampoco está intentando decidir qué hacer con tu sueldo, ¿verdad? —No. —¿Te dijo que dejaras de estudiar? —No. —¿Que no trabajaras? —No. —¿Que dejaras de salir con tus amigos? —No. —¿Que no vieras a tu familia? —No. Negué con la cabeza. —Entonces quizá esto sea simplemente una cosa que para él significa algo diferente. —¿Y tengo que aceptarlo porque sí? —No. Tati apoyó los codos sobre la mesa. —Pero tampoco tienes que convertirlo en una guerra. La miré durante unos segundos. —No quiero una guerra. —Entonces no la tengas. —Fácil decirlo. —No dije que fuera fácil. Se quedó mirándome. —Pero, Sam, si vas a casarte con él, tendrás que aprender a distinguir entre las cosas que realmente importan y las cosas que simplemente te molestan porque no se hacen como tú quieres. Aquello me dejó pensando. —¿Y cómo sé cuál es cuál? —Eso te tocará descubrirlo. —Qué útil. —Soy psicóloga, no bruja. Solté una carcajada. —Todavía no sé por qué soy tu amiga. —Porque sin mí ya te habrías vuelto loca. —Ya estoy loca. —Entonces llegué tarde. Las dos nos reímos. Pero después de unos segundos volví a mirar mis apuntes. La verdad era que la conversación con Alan seguía dándome vueltas en la cabeza. No por la tarjeta. Bueno... quizá un poco por la tarjeta. Pero sobre todo por algo que había dicho Tati. No podían pasarse todo el matrimonio discutiendo. El problema era que todavía no sabía cómo se suponía que uno construía un matrimonio con alguien con quien ni siquiera había elegido casarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD