Alan metió una mano en el bolsillo de su saco y sacó una tarjeta.
La colocó sobre la mesa, justo frente a mí.
Era completamente negra.
La miré unos segundos, sin entender qué hacía allí.
—¿Qué es eso?
—Una tarjeta.
Levanté la mirada hacia él.
—Eso ya lo sé.
—Es para ti.
Volví a mirar la tarjeta.
—¿Para mí?
—Sí. Es ilimitada.
La tomé entre los dedos, observándola por ambos lados.
—¿Y se supone que yo qué hago con esto?
—Usarla para los gastos de la boda.
La dejé nuevamente sobre la mesa.
—No.
Alan permaneció en silencio.
—No la quiero.
—Puedes no usarla.
—Entonces llévatela.
—No es necesario.
—Para mí sí.
Lo miré esperando alguna explicación, pero Alan simplemente se recostó un poco en la silla.
—Sam, puedes contratar a la wedding planner que quieras. Puedes escoger el lugar, el vestido, la decoración, las flores, la comida, la música. Si quieres cambiar algo, lo cambias. No voy a estar detrás de ti diciéndote qué hacer con la boda.
—Qué alivio.
Ignoró mi comentario.
—Pero el pago lo voy a hacer yo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no voy a permitir que pagues la boda.
—¿Y quién decidió que no puedo hacerlo?
—No se trata de que no puedas.
—Entonces explícame.
Alan me sostuvo la mirada.
—Porque para mí es mi responsabilidad.
—¿Tu responsabilidad?
—Sí.
—¿Y yo qué soy? ¿Un gasto?
—No.
—Pues eso parece.
—No estoy hablando de ti como si fueras un gasto. Estoy hablando de una responsabilidad que asumí desde el momento en que acepté casarme contigo.
—Pero yo también acepté.
—Y por eso tendrás libertad para decidir cómo quieres que sea.
—¿Excepto para pagarla?
—Excepto para pagarla.
Solté una respiración frustrada.
—No entiendo por qué tienes que convertir esto en una cuestión de orgullo.
—No es orgullo.
—Entonces parece.
Alan se quedó callado unos segundos.
—No quiero que el día de nuestra boda tengas que sacar tu cartera para pagar absolutamente nada.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Para mí, lo tiene.
—Pero yo no estoy pidiéndote que me mantengas.
—Nunca dije que fuera a hacerlo.
—Entonces estamos hablando de lo mismo. Yo puedo pagar mis cosas.
—Y podrás seguir haciéndolo.
—¿Entonces?
—La boda la pago yo.
Lo miré con incredulidad.
—¿Te das cuenta de que estás diciendo exactamente lo mismo?
—Porque no ha cambiado nada.
—¡Pero yo no estoy de acuerdo!
Alan apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Puedes estar en desacuerdo conmigo. No voy a obligarte a usar la tarjeta, ni voy a decidir qué vestido debes ponerte, ni cuánto dinero puedes gastar, ni qué invitados puedes llevar. No voy a revisar tus compras ni voy a administrar tu sueldo cuando empieces a trabajar.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco voy a aceptar que pongas dinero para la boda.
Me crucé de brazos.
—¿Siempre eres así?
Alan frunció el ceño.
—¿Así cómo?
—Controlas todo.
Su rostro cambió inmediatamente.
La tranquilidad desapareció de sus ojos y durante unos segundos solamente me observó.
—No pretendo controlarte, Sam —dijo finalmente—. Y espero que tengas eso claro.
No aparté la mirada.
—Entonces no lo parece.
—Puedes pensar lo que quieras de mí en ese aspecto, pero no voy a permitir que confundas una decisión que estoy tomando sobre mis responsabilidades con una decisión sobre tu vida.
—Pues estás decidiendo algo que también me afecta.
—Claro que te afecta. Te vas a casar conmigo.
—Exactamente.
—Y por eso quiero dejar esto claro desde ahora.
Alan tomó la tarjeta nuevamente.
—Puedo ceder en muchas cosas. De hecho, probablemente ceda en más cosas de las que imaginas. Pero con el dinero no voy a ser flexible.
Su tono era tranquilo, pero no había ninguna duda en sus palabras.
—El pago va por mi cuenta y es algo que está decidido. No quiero tener que discutir contigo cada vez que aparezca una factura, cada vez que haya que pagar al fotógrafo o cada vez que haya que hacer una transferencia. No quiero que estés pensando cuánto te corresponde pagar ni que tengas que sacar tu dinero para cubrir algo.
—¿Y si quiero hacerlo?
—Entonces tendremos exactamente la misma conversación que estamos teniendo ahora.
—¿Y qué va a pasar?
Alan me miró directamente.
—Que yo seguiré pagando.
Lo miré fijamente.
—¿Incluso si no acepto la tarjeta?
—Si no la quieres, no tienes que usarla.
—¿Y entonces?
—Pagaré directamente a cada proveedor.
—¿Y si la wedding planner no trabaja así?
—Haré los pagos por adelantado.
Abrí los ojos.
—¿Todo?
—Todo lo relacionado con la boda que pueda pagarse por adelantado.
—Eso puede romper los términos del contrato.
—Entonces hablaré con ella.
—¿Y si no acepta?
—Buscaré otra wedding planner.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
Me levanté de la silla.
—¿Cambiarías a una wedding planner que nos gusta solamente porque yo quiero pagar una parte?
—No quiero que lleguemos a eso.
—Pero acabas de decir que lo harías.
—Porque prefiero perder un contrato antes que convertir esto en una discusión cada vez que haya que pagar algo.
Me quedé mirándolo.
Era desesperante.
No porque estuviera gritándome o imponiéndose de una manera agresiva.
Sino porque había algo peor.
Estaba completamente convencido de lo que decía.
—Esto es el colmo.
Alan levantó la mirada hacia mí.
Fue una mirada profunda, seria.
—Es mejor que te acostumbres, Sam.
—¿A qué?
—A que en unos meses serás mi esposa, nos guste o no.
Sentí que esa frase me golpeaba de una manera extraña.
No había ternura en ella.
Ni una declaración escondida.
Solo estaba recordándome la situación en la que ambos estábamos.
—Y no quiero que nuestro matrimonio se base simplemente en cuántas veces discutimos porque no aceptas que sea yo quien pague —continuó—. Tenemos suficientes cosas que aprender el uno del otro como para desperdiciar nuestro tiempo peleando por esto.
—¿Y qué se supone entonces que haré cuando empiece a ganar dinero?
Alan esperó.
—Porque voy a trabajar —continué—. Voy a tener mi propio sueldo. Voy a ganar mi propio dinero. No voy a depender de ti. ¿Qué hago entonces? Porque, según tú, no voy a poder ayudarte en absolutamente nada.
Alan me observó durante unos segundos.
Y entonces, con una tranquilidad que casi volvió a molestarme, respondió:
—Estoy seguro de que encontrarás en qué invertir ese dinero, Sam.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Tomó la tarjeta y la dejó nuevamente frente a mí.
—No necesitas usarla. Pero tampoco voy a retirar lo que acabo de decir.
Miré la tarjeta.
Después lo miré a él.
—Eres insoportable.
—Ya me lo habían dicho.
—No creo que hayas entendido lo que te acabo de decir.
—Lo entendí perfectamente.
—Pues no parece.
Alan se puso de pie.
—No tenemos que estar de acuerdo en todo.
Se acomodó el saco y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Pero sí tenemos que aprender cuándo vale la pena seguir discutiendo.
Lo miré.
—¿Y esta no vale la pena?
Alan giró ligeramente la cabeza.
—No.
Y salió de la habitación.
Me quedé sola frente a aquella maldita tarjeta negra.
La tomé.
La observé unos segundos.
Y terminé dejándola exactamente donde él la había puesto.
Ni siquiera sabía qué me molestaba más.
Si la tarjeta...
O que Alan pareciera tan seguro de que, tarde o temprano, iba a terminar acostumbrándome a él.