El silencio que siguió a las palabras de Alan fue pesado.
Daniel parpadeó, claramente sorprendido.
—¿Tu… prometido? —repitió, mirando a Sam.
Sam sintió cómo el calor subía lentamente a su rostro. No era exactamente vergüenza… pero tampoco esperaba que Alan lo dijera de esa forma, delante de todos.
—Sí… —respondió finalmente, tratando de mantener la naturalidad—. Él es Alan.
Daniel asintió despacio.
Sus ojos pasaron brevemente de Sam a Alan.
—No sabía que estabas comprometida.
—Es algo… reciente —explicó Sam.
Daniel bajó la mirada hacia los libros que llevaba bajo el brazo y luego volvió a mirarla.
—Entiendo.
Pero era evidente que la noticia lo había tomado por sorpresa.
Alan observaba la escena con tranquilidad. Sus ojos azules no mostraban ninguna emoción clara, pero su atención estaba fija en Daniel.
Notaba cada gesto.
La forma en que el chico hablaba con Sam.
La familiaridad.
El leve cambio en su expresión cuando escuchó la palabra prometido.
Sam acomodó su bolso en el hombro.
—Bueno… nosotros ya nos íbamos.
Daniel dudó un segundo.
—Claro.
Volvió a mirar a Sam.
—Nos vemos mañana en fisiología.
—Sí, mañana.
Daniel asintió una última vez y se alejó hacia el edificio.
Tati siguió su figura con la mirada un instante, pero no dijo nada.
El murmullo de los estudiantes alrededor seguía presente. Algunos aún miraban a Alan con evidente curiosidad.
Sam suspiró suavemente.
—De verdad no tenías que venir hasta aquí.
Alan abrió la puerta del auto con calma.
—No fue un problema.
Tati se adelantó discretamente.
—Yo voy atrás —dijo con naturalidad mientras abría la puerta trasera.
Sam rodeó el vehículo y se sentó en el asiento del copiloto.
Alan entró al auto unos segundos después y encendió el motor.
El coche arrancó suavemente.
Durante los primeros minutos solo se escuchó el sonido del tráfico.
Sam miraba por la ventana, intentando ordenar sus pensamientos.
La escena frente a la facultad había sido… demasiado visible.
Finalmente Alan habló.
—¿Estudian juntos?
Sam giró ligeramente la cabeza.
—¿Quién?
—Tu compañero.
—¿Daniel?
Alan asintió apenas.
—A veces —respondió Sam—. Coincidimos en varias materias.
Alan no dijo nada más.
Pero Sam notó que había algo pensativo en su expresión.
No parecía molesto.
Solo… atento.
Tati observaba el paisaje por la ventana trasera, respetando el silencio. Sabía reconocer cuando una conversación aún no estaba lista para bromas.
Después de unos minutos más de carretera, el ambiente volvió a relajarse poco a poco.
El campus quedó atrás.
Y con él, el pequeño espectáculo que Alan había provocado sin siquiera intentarlo.
Pero algo había cambiado.
Sam no estaba segura de qué exactamente.
Tal vez era la forma en que Alan había dicho “soy su prometido” con tanta seguridad.
O tal vez era la forma en que había observado a Daniel.
Sin decir nada.
Como si estuviera intentando entender algo.
Sam miró de reojo hacia él.
Alan seguía concentrado en el camino, con una expresión tranquila.
Pero cuando notó su mirada, giró ligeramente la cabeza.
Sus ojos azules se encontraron con los de ella por un instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó con calma.
Sam negó suavemente.
—Nada.
Pero volvió a mirar por la ventana.
Porque todavía sentía algo extraño en el pecho.
Algo que no sabía nombrar aún.
Y desde el asiento trasero, Tati observó ese pequeño intercambio en silencio.
No dijo nada.
Pero una ligera sonrisa apareció en su rostro.
Sabía que más tarde, cuando estuvieran solas, tendría muchas cosas que preguntarle a Sam.
El auto se detuvo frente a la casa cuando el sol ya comenzaba a descender.
Sam reconoció inmediatamente el olor a comida que salía desde la cocina incluso antes de bajar del coche.
—Mi tía está cocinando —murmuró.
Tati sonrió.
—Entonces llegamos en el momento perfecto.
Alan apagó el motor y salió del auto. Como siempre, su presencia parecía llenar el espacio con una calma segura que Sam todavía no sabía muy bien cómo interpretar.
Caminaron hacia la puerta.
Ni siquiera habían tocado cuando esta se abrió.
—¡Niñas! —exclamó su tía con una sonrisa amplia—. Justo estaba por llamarlas.
Sus ojos se movieron inmediatamente hacia Alan.
—Alan, querido.
—Buenas tardes, señora —saludó él con respeto.
—Nada de señora —respondió ella con afecto—. Ya te dije que me llames tía.
Alan asintió levemente.
—Buenas tardes, tía.
La mujer miró a Sam y a Tati con expresión satisfecha, como si estuviera revisando mentalmente que todo estaba en orden.
—Entren, entren. La comida ya casi está lista.
Sam dio un paso dentro de la casa, pero notó que Alan no se movía.
—Yo solo venía a dejarlas —dijo con calma.
—¡De ninguna manera! —respondió la tía inmediatamente—. No vas a irte sin cenar.
Alan intentó protestar con educación.
—No quisiera incomodar.
—¿Incomodar? —repitió ella como si la palabra fuera absurda—. Si vas a casarte con mi sobrina, más te vale acostumbrarte a cenar aquí.
Tati soltó una pequeña risa.
—Tiene razón.
La tía cruzó los brazos con decisión.
—Además, cociné de más.
Alan miró un segundo hacia Sam.
Ella se encogió ligeramente de hombros.
—Cuando mi tía decide algo… es difícil discutir.
Alan dejó escapar una leve sonrisa.
—Entonces no discutiré.
—Eso me gusta —dijo la tía, satisfecha—. Ahora todos a la mesa.
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La cena transcurrió con una mezcla curiosa de tranquilidad y pequeñas conversaciones.
La tía hablaba animadamente sobre el día, Tati aportaba comentarios ocasionales y Samuel aparecía de vez en cuando con observaciones irónicas que hacían reír a todos.
Sam notaba algo curioso.
Alan no hablaba demasiado.
Pero escuchaba todo.
Respondía cuando era necesario.
Y cuando lo hacía, todos parecían prestarle atención.
Incluso Samuel.
Después de un rato, la cena llegó a su fin.
Tati ayudó a llevar algunos platos a la cocina mientras la tía insistía en que Alan volviera otro día.
—Esta casa siempre estará abierta para ti —dijo con calidez.
—Gracias —respondió Alan.
Unos minutos después, todos comenzaron a dispersarse.
Samuel subió las escaleras hacia su habitación, aún comentando algo sobre un partido que quería ver.
La tía volvió a la cocina.
Y Tati desapareció discretamente hacia el pasillo.
Sam acompañó a Alan hasta la puerta.
El aire nocturno era fresco.
La calle estaba tranquila.
Alan se detuvo junto al auto.
Sam apoyó la espalda ligeramente contra la puerta de la casa.
Por un momento ninguno habló.
—Gracias por quedarte a cenar —dijo ella finalmente.
Alan la observó.
—No fue un sacrificio.
Sam sonrió apenas.
—Mi tía estaba feliz.
—Lo noté.
Un pequeño silencio cayó entre ellos.
Todavía existía esa tensión extraña entre los dos. No era incomodidad exactamente… pero tampoco era confianza.
Se estaban conociendo.
Paso a paso.
Alan dio un pequeño paso hacia ella.
Sam lo miró con curiosidad.
Entonces él habló en voz baja.
—Quédate quieta.
Sam frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Alan se inclinó apenas hacia ella.
Su voz fue casi un susurro.
—Y sígueme.
Sam sintió un pequeño estremecimiento recorrerle la espalda.
—¿Por qué…?
Alan levantó la mirada hacia una de las ventanas del segundo piso.
—Samuel nos está mirando.
Sam abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué?
Pero Alan ya había dado otro paso.
Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir su respiración.
—Así que… —murmuró él— compórtate como si fueras mi prometida.
Antes de que Sam pudiera reaccionar, Alan colocó una mano en su cintura.
La acercó hacia él.
Y la besó.
No fue un beso rápido.
Ni superficial.
Sus labios se encontraron con los de ella con una seguridad que hizo que Sam olvidara por completo lo que iba a decir.
El beso fue profundo.
Intenso.
Alan sostuvo su rostro con una mano mientras la otra permanecía firme en su cintura.
Sam sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Por un segundo pensó en apartarse.
Pero en lugar de eso… sus manos se cerraron suavemente en la chaqueta de Alan.
El beso se prolongó unos segundos más.
Segundos que parecieron mucho más largos.
Cuando finalmente se separaron, Sam estaba ligeramente sin aliento.
Alan se alejó apenas lo suficiente para mirarla.
Sus ojos azules estaban fijos en los de ella.
Tranquilos.
Pero con algo nuevo brillando en ellos.
Entonces habló con calma.
—Creo que Samuel ya está satisfecho.
Sam tardó un momento en reaccionar.
Su rostro estaba ardiendo.
—Eres… imposible.
Alan dejó escapar una pequeña risa baja.
—Tal vez.
Abrió la puerta de su auto.
Pero antes de subir, volvió a mirarla.
Esta vez su mirada fue diferente.
Menos calculada.
Más sincera.
—Buenas noches, Sam.
Ella tardó un segundo en responder.
—Buenas noches… Alan.
El auto arrancó unos segundos después.
Sam se quedó de pie frente a la casa, mirando cómo el vehículo desaparecía al final de la calle.
Y no sabía qué pensar exactamente.