Capítulo 17

1434 Words
—No quiero ver vestidos todavía. Tati me miró durante unos segundos. —Está bien. Me sorprendió que no insistiera. —¿Eso es todo? —¿Qué quieres que haga? ¿Arrastrarte a una tienda? —Contigo nunca se sabe. —Tienes razón. Se levantó del sofá y tomó mi libreta. —Entonces empecemos por algo que no te dé un ataque. —¿Como qué? —Los invitados. —Eso me da más miedo. —Entonces la decoración. —Tati... —Bueno, bueno. Volvió a sentarse. —¿Qué sí quieres decidir hoy? Pensé un momento. —Nada. —Excelente. Avanzamos muchísimo. Le quité la libreta. —No sé. Supongo que debería empezar por saber qué quiero. —Eso ayuda. —Nunca he pensado en mi boda. Tati me miró con una expresión extraña. —¿Nunca? —Nunca. —¿Ni de niña? —No. —¿Ni siquiera cuando veías películas? —No. —¿Entonces qué soñabas? La pregunta me hizo sonreír. —Ser médica. —Eso sí lo sé. —Nunca fui de imaginarme el vestido, el príncipe y toda esa cosa. Tati apoyó el mentón sobre su mano. —Y ahora resulta que te vas a casar con un médico. —No empieces. —No estoy diciendo nada. —Tu cara está diciendo algo. —Mi cara es muy expresiva. —Demasiado. Volví a mirar la libreta. —Supongo que por eso me cuesta tanto pensar en todo esto. —Porque nunca lo imaginaste. —Porque nunca lo imaginé así. Tati dejó de bromear. —Eso sí. Me quedé callada. No quería hablar demasiado del tema, pero ella ya me conocía lo suficiente para saber cuándo estaba evitando algo. —¿Te arrepientes? —preguntó. —¿De qué? —De haber aceptado. La miré. —No. La respuesta salió más rápido de lo que esperaba. —No me arrepiento. —Entonces... —Lo hice por mis tíos. —Lo sé. —Y sigo pensando que fue lo correcto. Tati asintió. —Pero no significa que tengas que estar feliz por ello. —Exactamente. Se hizo un pequeño silencio. —¿Y Alan? —preguntó después. —¿Qué pasa con él? —¿Te arrepientes de que sea él? Fruncí el ceño. —No sé. —Eso fue muy diferente. —Porque es diferente. Tati esperó. —No lo conozco lo suficiente —continué—. Y él tampoco me conoce a mí. No sé cómo vamos a funcionar cuando esto deje de ser una fecha en un calendario y realmente tengamos que vivir juntos. —Eso sí va a ser interesante. —No me parece gracioso. —No me estoy riendo. —Por dentro sí. —Un poquito. Le lancé un cojín. Ella lo esquivó. —Pero hay algo que sí me parece bueno —dijo. —¿Qué? —Que por lo menos ninguno de los dos está fingiendo. Eso me hizo pensar. Tenía razón. Alan nunca había intentado venderme una historia de amor. Nunca había dicho que estaba emocionado por casarse conmigo. Nunca había tratado de hacerme creer que esto era algo que él había deseado. Y yo tampoco. Quizá eso era lo único honesto que teníamos. --- Los siguientes días pasaron mucho más rápido de lo que esperaba. La wedding planner me enviaba correos prácticamente todos los días. Opciones de lugares. Propuestas de decoración. Proveedores. Presupuestos. Fotógrafos. Música. Cada vez que llegaba un correo nuevo, sentía que mi lista de pendientes crecía en lugar de disminuir. Alan aparecía poco en esas conversaciones. No porque estuviera desaparecido. Simplemente estaba ocupado. Algunas noches me escribía después de salir del hospital. ¿Necesitas que revise algún documento? O: ¿La wedding planner necesita alguna confirmación mía? Y cuando le decía que no, no insistía. Una noche, cerca de las once, me llamó. —¿Estás ocupada? —Estoy revisando unas propuestas. —¿De la boda? —Sí. —¿Necesitas que vea alguna? —No. Ya las revisé. Hubo un silencio. —¿Cómo estuvo tu día? —pregunté. —Largo. —Eso parece ser lo normal para ti. —Últimamente sí. Me quedé en silencio. No sabía por qué había preguntado. Tal vez porque, aunque no estuviera involucrado en la organización de la boda, seguía siendo una persona con la que iba a casarme. Y quizá necesitaba empezar a conocer algo más de él que su capacidad para discutir sobre dinero. —¿Tuviste muchas cirugías? —Dos. —¿Y cómo salieron? —Bien. —Me alegra. —Gracias. Volvió a haber silencio. —¿Y tú? —¿Yo qué? —¿Cómo estuvo tu día? —Universidad. Después estuve con la wedding planner. —¿Encontraste algo? —Creo que sí. —¿Qué? —El lugar. Alan guardó silencio unos segundos. —¿Te gustó? —Mucho. —Entonces probablemente sea ese. —Todavía tengo que verlo personalmente. —Hazlo. Me quedé mirando la pantalla del celular. —¿No quieres ir? —¿A verlo? —Sí. —Sam, tengo guardia ese día. —Ah. —Pero puedo revisar las condiciones cuando tengas la propuesta. —Está bien. No me sentí ofendida. En realidad, ya sabía que sería así. —Bueno. Te dejo descansar. —Tú también deberías descansar. —Sí, doctor. —Buenas noches, Sam. —Buenas noches. Colgué. Y me quedé mirando el techo. No había sido una conversación importante. Ni siquiera había durado demasiado. Pero algo me llamó la atención. No me había sentido ignorada. Simplemente estaba empezando a entender que Alan tenía una vida que no giraba alrededor de la boda. Y probablemente era mejor así. --- El sábado fui con Tati a conocer el lugar que había escogido. Era una finca a las afueras de la ciudad. No era enorme. Tampoco parecía sacada de una película. Tenía un jardín amplio, árboles alrededor y un espacio cubierto para la recepción. Apenas bajé del carro, me quedé mirando. —¿Qué piensas? —preguntó Tati. —Me gusta. —¿Solo eso? —Mucho. Caminamos hacia el jardín. La wedding planner nos esperaba allí. Empezó a explicarme dónde podría ir la ceremonia, dónde colocarían las mesas y qué posibilidades había para la decoración. Yo escuchaba, pero por momentos dejaba de prestar atención. Miraba el espacio. Intentaba imaginarlo lleno de gente. Las mesas. Las luces. Las flores. Y, en algún punto, una pregunta apareció en mi cabeza. ¿Dónde estaría Alan? No porque quisiera que estuviera ahí conmigo en ese momento. Sino porque era extraño imaginar un lugar para una boda y saber que la persona con la que me iba a casar no estaba viendo nada de aquello. Tati me dio un pequeño golpe con el hombro. —¿En qué piensas? —En nada. —Mentira. —Estoy pensando dónde pondrían las mesas. —Ajá. La ignoré. La wedding planner continuó explicándome las opciones. Yo hice preguntas. Tomé fotografías. Anoté cosas. Al final, cuando salimos, miré nuevamente el jardín desde el estacionamiento. —Creo que este es. Tati sonrió. —¿El lugar? —Sí. —¿Segura? Respiré profundamente. —Sí. Por primera vez desde que había empezado todo, había tomado una decisión sobre la boda que realmente me gustaba. No porque alguien me hubiera dicho que era la mejor. No porque mi familia la hubiera escogido. Ni porque Alan hubiera pagado por ella. La había escogido yo. Y eso, aunque fuera una cosa pequeña, se sintió bien. Saqué el celular y le tomé una fotografía al lugar. Abrí el chat de Alan. Escribí: Creo que encontré el lugar. Miré la foto antes de enviarla. Después agregué: Te la mando para que lo conozcas, aunque sea por foto. La envié. No esperaba una respuesta inmediata. De hecho, probablemente estaría trabajando. Guardé el celular y subí al carro. Apenas unos minutos después, vibró. Abrí el mensaje. Se ve bien. Si a ti te gusta, adelante. Sonreí. No porque hubiera dicho algo especial. Sino porque, por alguna razón, me gustaba que la decisión fuera mía. Bloqueé el teléfono y miré por la ventana. Todavía faltaban muchas cosas. El vestido. Las invitaciones. La decoración. La ceremonia. Y una cantidad absurda de detalles que todavía ni siquiera conocía. Pero al menos había algo que ya tenía claro. La boda podía ser producto de un acuerdo. Podía no haber amor. Podía no haber ilusión. Pero si iba a suceder, quería reconocerme en cada cosa que hubiera elegido. Aunque fuera solamente para recordar, algún día, que dentro de todo aquello también había habido decisiones que sí habían sido mías.
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