El problema de escoger una fecha fue que, aparentemente, una vez la escogías ya no había forma de volver a hacer como si nada estuviera pasando.
A la mañana siguiente, mi tía entró a mi habitación con una taza de café.
—¿Ya decidiste?
Asentí.
—El dieciocho de diciembre.
Se quedó mirándome unos segundos.
—¿Ya se la dijiste a Alan?
—Sí.
—¿Y?
—La aceptó.
Mi tía sonrió.
—Entonces tenemos fecha.
—Supongo.
Dejó el café sobre mi escritorio.
—¿Cómo te sientes?
Me senté en la cama.
—No sé.
Ella no insistió.
Eso era algo que agradecía mucho de ella. Podía notar cuando yo no quería hablar y no intentaba sacarme las palabras a la fuerza.
—Tu tío está abajo —me dijo—. Y quiere saber si ya puede empezar a pensar en la lista de invitados.
—Dile que todavía no.
—Eso le dije.
—¿Y qué respondió?
—Que igual ya la está haciendo.
Solté una risa.
—Claro que sí.
Bajamos juntas.
Mi tío estaba en la sala con una libreta.
—Antes de que digas algo —dije—, no.
—Ni siquiera he hablado.
—Pero sé lo que vas a decir.
—Solo quería saber si puedo ir haciendo una lista.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos cuántas personas vamos a invitar.
—Precisamente por eso hay que hacer una lista.
—No funciona así.
—Claro que funciona así.
Mi tía se sentó en el sofá.
—Déjenla respirar.
—Yo la estoy dejando respirar —respondió mi tío—. Solo quiero organizarme.
—No hay nada que organizar todavía.
Mi tío levantó la libreta.
—Tengo aproximadamente treinta nombres.
Lo miré incrédula.
—¿Treinta?
—Por ahora.
—¿Por ahora?
—Es una lista preliminar.
—No existe una lista preliminar de treinta personas.
—Ahora existe.
Mi tía comenzó a reírse.
—Déjalo —dijo—. Tu tío está feliz porque por fin tiene una excusa para sacar esa libreta.
—No estoy feliz.
Lo miré.
—Estás sonriendo.
—Porque me parece gracioso que te estés estresando.
—Gracias por el apoyo.
Me senté junto a mi tía.
—Además, yo quiero algo pequeño.
Mi tío dejó de sonreír.
—¿Pequeño cuánto?
—No sé. No quiero quinientas personas.
—Eso ya lo descarta.
—¿Qué?
—La mitad de la familia.
—No me importa.
Mi tío me miró con una expresión que decía claramente que aquello iba a convertirse en una discusión familiar.
Mi tía intervino antes.
—Primero deja que ella decida qué quiere. Después hacemos la lista.
—Eso dije.
—No, tú dijiste treinta.
—Es diferente.
Me reí.
Y por unos minutos todo se sintió casi normal.
Hasta que mi celular vibró.
Era un mensaje de Alan.
La wedding planner ya recibió la confirmación de la fecha. Puedes coordinar con ella directamente los próximos pasos. Me pidió que te enviara los datos para el contrato.
Debajo había otro mensaje.
Hoy salgo tarde del hospital. No voy a poder acompañarte a la firma.
Lo leí dos veces.
No porque me molestara.
De hecho, era exactamente lo que esperaba.
Él nunca había dicho que iba a estar pendiente de cada detalle.
Guardé los datos.
—¿Quién era? —preguntó mi tía.
—Alan.
—¿Todo bien?
—Sí. Ya confirmó la fecha con la wedding planner.
Mi tío sonrió.
—Entonces ya es oficial.
Miré el celular.
Dieciocho de diciembre.
La fecha estaba ahí.
Real.
—Sí —dije.
Y por primera vez no me salió decir que todavía faltaba mucho.
Porque ya no faltaba tanto.
---
Esa tarde llamé a la wedding planner.
La conversación duró casi una hora.
Hablamos de presupuesto, proveedores, invitados, decoración y tiempos.
Cuando colgué, me quedé mirando la pantalla.
Había aceptado el contrato.
Había una fecha.
Y ahora tenía una persona encargada de ayudarme a organizar todo.
Tomé una hoja y escribí arriba:
BODA
Debajo empecé a hacer una lista.
Vestido.
Invitaciones.
Lugar.
Fotografía.
Música.
Flores.
Comida.
Recuerdos.
Y me quedé mirando la última línea.
Ceremonia.
No sabía todavía cómo sería.
Ni qué iba a sentir.
Ni siquiera sabía si quería pensar en eso.
Cerré la libreta.
En ese momento entró Tati.
—¿Qué haces?
—Organizando mi vida.
Miró la hoja.
—Eso parece una boda.
—Porque es una boda.
—¿Ya escogiste fecha?
—Sí.
Abrió los ojos.
—¿Cuándo?
—Dieciocho de diciembre.
Se sentó frente a mí.
—Sam...
—¿Qué?
—Eso está a la vuelta de la esquina.
—No está a la vuelta de la esquina.
—Estamos en septiembre.
Miré el calendario.
—Ah.
Tati se rio.
—Exactamente.
Me recosté en la silla.
—No quiero pensar en eso.
—Pues tendrás que hacerlo.
—Gracias.
—De nada.
Se quedó mirando la lista.
—¿Y el vestido?
—Todavía no.
—¿Quieres que te acompañe?
La miré.
—Sí.
Tati sonrió.
—Entonces empezamos por ahí.
—No.
—¿No qué?
—No quiero ver vestidos todavía.
—¿Por qué?
Miré nuevamente la hoja.
—Porque una cosa es organizar una boda y otra muy diferente es verme vestida de novia.
Tati dejó de sonreír.
—Sí.
No dijo nada más.
Y esta vez fui yo quien agradeció el silencio.
Porque sabía perfectamente lo que significaba.
Hasta ahora podía hablar de contratos, fechas, invitados y flores.
Pero el vestido...
El vestido era diferente.
Ese era el momento en que dejaría de parecer una boda organizada sobre el papel.
Y empezaría a parecer mi boda.
Aunque todavía no supiera exactamente qué significaba eso.