Capítulo 14

1206 Words
Cuando salimos de la oficina, respiré profundamente. —No creas que porque no discutí ahí significa que estoy de acuerdo. Alan siguió caminando hacia el auto. —No lo creo. —Entonces estamos claros. —Completamente. Llegamos al auto y él abrió la puerta para que subiera. Antes de entrar, me quedé mirándolo. —De verdad no entiendo por qué tiene que ser tan difícil contigo. —No es difícil. —Acabas de decir que vas a pagar todo aunque yo no quiera. —Porque eso ya lo habíamos hablado. —Sí, y sigo sin estar de acuerdo. —Eso también lo sé. Suspiré. —Al menos aceptas que puedo estar en desacuerdo contigo. Alan me miró directamente. —Nunca he dicho lo contrario. De hecho, sé que en más de una ocasión no vamos a estar de acuerdo, Sam... El problema real está en qué tanto dejamos que esas diferencias afecten a nuestro matrimonio. Eso me hizo quedarme callada. Porque, pensándolo bien, era cierto. Nunca me había dicho qué estudiar, qué ponerme, con quién hablar o qué hacer con mi vida. Ni siquiera había intentado escoger la wedding planner. Su problema parecía ser exclusivamente el dinero. Y aunque seguía pareciéndome absurdo, empezaba a entender que para él no era una forma de decidir por mí... Era más una responsabilidad. Era simplemente una decisión que ya había tomado. —Bueno —murmuré, entrando al auto—. Voy a revisar las otras dos opciones antes de escoger. Aunque hayamos hecho un pago por adelantado, si llegamos a desistir, nos regresarán el anticipo. —Hazlo. —Y la decisión final la tomo yo. —Sí. Lo miré. —¿Sin comentarios? —Sin comentarios. —Perfecto. Cerré la puerta. Mientras él rodeaba el auto para subir, miré nuevamente la carpeta que llevaba conmigo. Tres wedding planners. Una boda que empezaba a tomar forma. Y demasiadas decisiones por delante. Definitivamente necesitaba aprender a escoger mis batallas. Después de la última reunión, Alan me llevó de regreso a casa. La carpeta de la wedding planner iba sobre mis piernas. La abrí nuevamente mientras él conducía y revisé las notas que había tomado. —Creo que voy a escoger esta - dije señalando la primera a la que habíamos ido- Alan mantuvo la mirada en la carretera. —Entonces escógela. —Quiero revisar el contrato una vez más. —Hazlo antes de firmar. Pasé una página. —¿Tú no quieres revisarlo? —Puedo hacerlo si necesitas que revise alguna cláusula específica. Lo miré. —¿No vas a leerlo completo? —Sam, tengo una cirugía mañana a primera hora y tres pacientes que debo revisar antes de terminar el día. Cerré la carpeta. —Cierto. No había reproche en su voz. Simplemente era un hecho. Y era algo que tenía que empezar a entender. Alan no iba a estar pendiente de cada detalle de la boda. No porque no le importara cumplir con el acuerdo, sino porque tenía una vida que seguía funcionando mientras la nuestra se preparaba para cambiar. El hospital no iba a detenerse porque nosotros fuéramos a casarnos. Sus pacientes tampoco. —Entonces yo me encargo de revisar todo —dije. —Es lo más práctico. Asentí. —Y cuando tenga claro cuál quiero, te aviso. —Perfecto. Volví a mirar la carpeta. —Aunque hay una cosa que sí necesito de ti. —¿Qué cosa? —La fecha. Alan tardó unos segundos en responder. —Puedo darte las fechas en las que mi agenda esté más complicada. Así evitas escoger una que coincida con alguna cirugía o con algo que no pueda mover. —Eso sí me sirve. —Te mandaré las fechas esta noche. —Gracias. Y ahí terminó la conversación. Sin promesas. Sin comentarios sobre lo bonito que sería casarnos. Sin esa emoción que probablemente tendría cualquier pareja que estuviera organizando su boda. Solo dos personas tratando de acomodar sus agendas alrededor de un matrimonio que ninguno había planeado. --- Cuando llegué a casa, encontré a mis tíos en la sala. Mi tía levantó la mirada inmediatamente. —¿Y? Dejé la carpeta sobre la mesa. —Creo que ya sé cuál quiero. —¿En serio? —Sí. Mi tío sonrió. —Eso avanzó rápido. —No tanto. Todavía tengo que revisar el contrato. Mi tía tomó la carpeta. —¿Y Alan qué opinó? —Le gustó la misma que a mí, pero me dejó decidir. —Eso está bien. —Sí. Me senté junto a ellos. —Aunque prácticamente no va a involucrarse en nada más. —¿Por qué? —preguntó mi tía. —Porque tiene el hospital encima. Pacientes, cirugías, consultas... esas cosas. Mi tío asintió. —Es normal. —Lo sé. Abrí la carpeta nuevamente. —Así que me tocará a mí. Mi tía me miró. —¿Te molesta? Pensé un momento. —No. Y era verdad. Organizar la boda no me molestaba. De hecho, prefería hacerlo yo. Lo que me molestaba era todo lo demás. La razón por la que estaba organizándola. El contrato. La obligación. El hecho de que cada decisión que tomaba me acercaba un poco más a una vida que yo no había elegido. —Bueno —dijo mi tía—. Entonces tendrás bastante trabajo. —Eso parece. —Y vas a necesitar ayuda. —Tati. Mi tío soltó una risa. —Pobre Tati. —Ella misma se ofreció. —Entonces ya tienes wedding planner y asistente. —No. Tengo wedding planner y una amiga que probablemente va a querer opinar de todo. —Que es prácticamente lo mismo —dijo mi tío. Me reí. Mi tía cerró la carpeta y me la devolvió. —¿Ya pensaste qué quieres? —¿De la boda? —De todo. La miré. —Todavía no. Ella no insistió. Y se lo agradecí. Porque no quería escuchar que debía estar feliz. No quería que me dijeran que era una oportunidad maravillosa. Tampoco necesitaba que alguien intentara convencerme de que terminaría enamorándome. Solo necesitaba tiempo. Tomé la carpeta y me levanté. —Voy a revisar el contrato. —No trabajes hasta tan tarde —me dijo mi tía. —No prometo nada. Subí las escaleras. Al llegar a mi habitación, dejé la carpeta sobre el escritorio y encendí la computadora. Entonces apareció una notificación. Un correo de Alan. Lo abrí. No era un mensaje romántico. Ni siquiera especialmente personal. Era una lista de fechas. Algunas estaban marcadas con sus turnos, otras con cirugías y otras con compromisos hospitalarios. Al final había escrito: Estas son las fechas en las que puedo disponer de tiempo para la ceremonia. Escoge la que te resulte más conveniente. Eso era todo. Me quedé mirando la pantalla unos segundos. Ni siquiera estaba intentando participar más de lo necesario. Me estaba dejando el espacio para organizarlo. Y, aunque aquello hacía que todo se sintiera todavía más extraño, también lo hacía un poco más sencillo. La boda era parte del acuerdo. Yo podía encargarme de la boda. Él podía encargarse de sus pacientes. Y quizá esa era la manera más honesta de empezar a construir una vida juntos cuando, por ahora, ninguno de los dos estaba intentando construir una historia de amor.
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