Narra Sam
El auto se detuvo frente a la universidad.
Alan estacionó con la misma calma con la que había conducido todo el camino. Samuel fue el primero en abrir la puerta.
—Sobrevivimos —dijo dramáticamente al bajar—. Pensé que Alan me iba a lanzar del auto en algún momento.
—Todavía puedo hacerlo —respondió Alan con tranquilidad.
Tatiana salió detrás de él riéndose.
—No lo hagas. Es molesto, pero a veces dice cosas interesantes.
—¡Oigan! —protestó Samuel.
Yo bajé del auto tratando de actuar con normalidad, aunque aún sentía algo extraño en el pecho desde lo ocurrido en casa.
Alan también salió del vehículo y rodeó el auto.
En cuanto lo hizo, varias personas comenzaron a mirar.
Y no era para menos.
Alan era alto, elegante y tenía esa presencia que hacía que cualquiera volteara a verlo.
Un par de chicas que pasaban por la entrada de la universidad se quedaron mirándolo sin disimular.
Tatiana se inclinó hacia mí.
—Tu casi esposo acaba de provocar tres desmayos y dos crisis románticas.
—Tati…
—Solo observa.
Una de las chicas literalmente se detuvo a mirarlo.
Samuel lo notó inmediatamente.
—Hermano —dijo dándole una palmada en el hombro—. Creo que acabas de convertirte en la nueva atracción turística del campus.
Alan ni siquiera pareció inmutarse.
—No vine aquí a hacer turismo.
Sus ojos azules se movieron entonces hacia mí.
Y durante un segundo volvimos a quedarnos en silencio.
—Entren —dijo finalmente—. Llegarán tarde.
—¿Y tú? —preguntó Samuel.
—Tengo trabajo.
Claro.
El hospital.
Recordé de repente que Alan no era solo el hombre con el que debía casarme.
Era un médico reconocido.
Probablemente tenía una vida mucho más ocupada que la mía.
Tatiana tomó mi brazo.
—Vamos, Sam.
Asentí, pero antes de entrar al edificio me detuve.
—Alan.
Él me miró.
—¿Sí?
—Gracias… por traernos.
Samuel soltó una risa.
—¿Solo por eso?
Le lancé una mirada asesina.
Alan ignoró completamente a su amigo.
—No tienes que agradecer.
Y luego añadió con esa calma que lo caracterizaba:
—Después de todo… eres mi prometida.
Mis mejillas se calentaron otra vez.
Samuel volvió a levantar las cejas.
—Ah… ahí está el romance.
—Cállate —murmuré.
Tatiana me jaló hacia la entrada del edificio.
—Antes de que tu prometido nos haga llegar tarde por segunda vez.
Caminamos hacia la universidad.
Pero justo antes de entrar…
Miré hacia atrás.
Alan seguía allí.
De pie junto al auto.
Observándome.
Nuestros ojos se encontraron otra vez.
Y por alguna razón…
esa mirada fue mucho más intensa que el beso de esa mañana.
No entendía qué estaba pasando.
Pero algo me decía que mi vida acababa de complicarse mucho más de lo que imaginaba.
Las clases del día finalmente habían terminado.
El edificio de la facultad de Medicina siempre era uno de los últimos en vaciarse. Entre prácticas, laboratorios y profesores exigentes, los estudiantes solían salir agotados.
Sam cerró su cuaderno de anatomía con un suspiro.
—Si ese profesor vuelve a preguntar el origen del nervio trigémino mañana… voy a colapsar —murmuró.
Tati caminaba a su lado cargando una pila de apuntes.
—No exageres. Tú respondiste todo bien.
—Porque estudié hasta las dos de la mañana.
—Eso no es estudiar… eso es tortura académica.
Sam sonrió apenas.
Ambas caminaron por el pasillo lleno de estudiantes con batas blancas dobladas sobre el brazo, conversaciones sobre prácticas clínicas y quejas sobre exámenes.
Cuando salieron del edificio, algo llamó inmediatamente su atención.
Había demasiada gente detenida frente a la facultad.
Un pequeño grupo de estudiantes estaba reunido cerca de la entrada, mirando hacia el estacionamiento con evidente curiosidad.
—¿Qué pasa ahí? —preguntó Tati frunciendo el ceño.
—Ni idea…
Los murmullos llegaban claramente.
—¿Es profesor nuevo?
—No creo…
—¿Viste el carro?
—Ese tipo no es estudiante…
Sam y Tati avanzaron un poco más entre el grupo.
Y entonces lo vieron.
Un automóvil n***o estaba estacionado frente al edificio de Medicina. Demasiado elegante para ser algo común en ese campus.
Y apoyado con absoluta tranquilidad contra la puerta del conductor… estaba Alan.
Sus brazos estaban cruzados, su postura relajada, pero su presencia llamaba la atención de todos.
El sol de la tarde iluminaba su rostro y hacía que sus ojos azules resaltaran con intensidad.
Varias estudiantes lo observaban sin disimular.
—Dios mío…
—¿A quién estará esperando?
—Ese hombre parece modelo…
Sam se quedó completamente inmóvil.
—No puede ser…
Tati siguió su mirada.
Y abrió los ojos de golpe.
—¡Sam! ¿Ese no es…?
—Sí.
Alan levantó la cabeza en ese momento.
Sus ojos recorrieron el grupo de estudiantes…
Hasta que la encontró.
Sam sintió el impacto de su mirada incluso desde la distancia.
Alan se separó del auto y caminó hacia ellas con calma.
Y el murmullo aumentó.
—¡Va hacia ellas!
—¿Las conoce?
—¿Quién es ese tipo?
Tati susurró alarmada:
—Todo el mundo está mirando.
—Créeme… ya lo noté.
Alan se detuvo frente a ellas.
Por un segundo nadie habló.
Sam lo observó con el ceño levemente fruncido.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta fue directa.
Alan inclinó apenas la cabeza.
—Vine por ustedes.
Tati parpadeó.
—¿Por… nosotras?
—Dije que las llevaría.
Sam cruzó los brazos.
—Eso fue esta mañana. No pensé que hablaras en serio.
—Siempre hablo en serio.
Tati miró alrededor.
Los estudiantes seguían observando descaradamente.
—Esto es lo menos discreto que he visto en mi vida.
Alan pareció notar por primera vez el revuelo.
Pero no parecía importarle demasiado.
Sam suspiró.
—No tenías que venir.
—Pero vine.
Antes de que ella respondiera, una voz masculina interrumpió desde atrás.
—Sam.
Ella se giró.
Era Daniel, uno de sus compañeros de la facultad de medicina.
Estudiaban juntos algunas veces y coincidían en varias clases.
Daniel llevaba su bata blanca doblada sobre el brazo y varios libros de farmacología bajo el otro.
—Te estaba buscando —dijo—. El doctor Herrera cambió la fecha del examen de fisiología.
Sam asintió.
—¿En serio?
—Sí. Lo movió para el jueves.
—Gracias por avisarme.
Daniel sonrió.
Pero entonces su mirada se desplazó hacia Alan.
Se detuvo un segundo más de lo normal.
—Hola… —saludó con cierta cautela.
Sam dudó apenas.
—Él es Alan.
Daniel tardó un instante en reaccionar.
—Ah… ya veo.
Alan lo observaba con tranquilidad.
Pero sus ojos azules analizaron cada pequeño gesto.
La forma en que Daniel miraba a Sam.
La naturalidad con la que le hablaba.
La manera en que su atención volvía a ella incluso cuando Alan estaba ahí.
Un gesto casi imperceptible tensó la mandíbula de Alan.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Porque entendió algo sin necesidad de que nadie lo dijera.
Ese chico estaba interesado en Sam.
Tati, que observaba la escena con atención absoluta, podía sentir la tensión silenciosa entre ambos.
Sam, ajena a esa pequeña batalla invisible, acomodó su bolso.
—Bueno… nosotros ya nos íbamos.
Daniel frunció ligeramente el ceño.
—¿Nosotros?
Alan respondió con calma.
—Las llevo.
Hubo un pequeño silencio.
Daniel miró a Sam.
—No sabía que tenías chofer ahora.
El comentario sonó ligero… pero no del todo.
Sam suspiró.
—No es mi chofer.
Alan sostuvo la mirada del chico.
—No.
Sus ojos azules volvieron a Sam.
—Soy su prometido.
El silencio que cayó fue inmediato.
Incluso algunos estudiantes cerca parecieron escucharlo.
Daniel quedó completamente quieto.
Tati abrió los ojos.
Y Sam sintió que el corazón le dio un pequeño golpe en el pecho.
Porque Alan lo había dicho con una tranquilidad absoluta.
Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Y de repente…
media facultad de Medicina parecía estar mirando la escena.