El viejo ermitaño se paró a unos metros de la salida de la cueva, el milenario hechizo con el que fue apresado no le permitía salir de la misma, quedaría reducido a polvo o con horrendas quemaduras con solo asomar un pie en la salida, sería una forma dolorosa de morir, pero rápida, que para nada lo libraría de sus culpas y remordimientos. No merece morir de una manera tan fácil, se merece los siglos de encierro y soledad en los que ha vivido. Observaba el comportamiento extraño de la joven, sentada en las rocas, cortando flores silvestres a solo unos metros del espeso bosque de polylepis, también llamados árboles de papel, con troncos y ramas que parecían estar secándose y que se cruzaban entre sí, sin hojas, cubiertos de musgo de vibrante color verde y sus cortezas descascarándose en to

