¿La perdí?

1094 Words
Dante Lancaster La rabia ardía en mi pecho, una mezcla de impotencia y culpa que se apoderaba de mí al enterarme de la noticia que Aitana me había revelado. Mi mente se nubló por un momento, incapaz de procesar la realidad. ¿Cómo alguien se atrevería a lastimar a mi hermana? Desde el momento en que abrió los ojos y la vi por primera vez, juré ser su protector, su guardián en este mundo lleno de peligros. Pero ahora, me enfrentaba a la cruel realidad de que había fallado en esa promesa sagrada. No pude cuidarla, no fui capaz de mantenerla a salvo. El coraje se mezclaba con la tristeza mientras mi mente se llenaba de pensamientos oscuros sobre venganza. Deseaba con todas mis fuerzas encontrar al responsable y hacerlo pagar, no con la justicia ciega, sino con el peso de mis propias manos. La furia impulsaba cada paso que daba, decidido a redimirme y cumplir la promesa que había roto. La sala se sumía en un pesado silencio mientras la sombra de la inevitable partida de mi padre oscurecía nuestras vidas. Todos sabíamos que le quedaban pocos minutos de vida y él se encontraba charlando con Aitana. Aunque por tradición y posición, como hermano mayor, me sentía destinado a sucederlo. Sin embargo, la realidad era más compleja, ya que mi hermano Alesandro emergía como un contendiente formidable. No me movía el deseo de poder, pero comprendía que las fichas en el tablero de nuestra familia se reorganizarían drásticamente si Alex tomaba el mando. Con el respaldo de la élite y el influyente Consiller, su ascenso era inminente. Pero lo que me inquietaba profundamente era el conocimiento de que mi hermano era un monstruo sin límites, una bomba de tiempo a punto de explotar. Alex no conocía la compasión ni el amor; su fría indiferencia se extendía incluso a su esposa, Danna. Ella sufría en silencio, marcada por la infertilidad causada por las brutales palizas que él le propinaba. Mi dilema era claro: asumir el papel que me correspondía y evitar que el reinado de Alesandro desencadenara un caos irreversible o permitir que la oscuridad consumiera el legado de nuestra familia. Mis pensamientos se dispersaron cuando mi atención se centró en la figura de mi princesa pelirroja, quien emergió de la habitación sumida en un mar de lágrimas. La tristeza se reflejaba en sus ojos, y no hizo falta decir una palabra para comprender que mi padre ya no estaba entre nosotros. Sin dudarlo, la envolví en un abrazo, tratando de ser el sostén que necesitaba en ese momento de pérdida. El silencio pesaba en la habitación mientras Olivia, mi madrastra, consolaba a sus hijos. Era un instante marcado por el dolor compartido, donde las palabras resultaban innecesarias frente al lamento palpable que nos unía. El sepelio fue una mezcla de pesar y falsedad, con una multitud de rostros que no compartían el dolor sincero por la pérdida de mi padre. Entre la multitud, noté a Aitana, aferrándose a mí en busca de consuelo, mientras observaba con desconfianza a Alessandro y Olivia, cuya relación tensa se volvía más evidente. La tristeza por la muerte de mi padre era palpable, pero la vida continuaba. Rocco, el consejero de mi padre, planeó una reunión en tres días para revelar el contenido del testamento y al sucesor, un secreto que solo mi padre le confió a Rocco. Antes de la reunión oficial, decidí tomar el asunto en mis propias manos y me encontré con Mateo Rinaldi en Italia. Con la necesidad de asegurar el futuro de Aitana, confié en que solo él podría brindarme la ayuda necesaria para enfrentar los desafíos que se avecinaban. — Dante, ¿por qué esa urgencia en encontrarnos? Lamento mucho lo de tu padre, amigo.— Me da el pésame Mateo. — Mateo, hemos sido amigos por años y solo confío en ti. La situación tras la muerte de mi padre está tensa. Temo que no seré el sucesor y necesito asegurar el futuro de Aitana. Por eso quiero ofrecerte a mi hermana en matrimonio para tu hijo mayor, Luca. — Dante, no estaba buscando esposa para Luca. Con Nicole hemos decidido romper un poco las tradiciones en la educación de Luca y Kiara. Ellos pueden escoger a sus parejas. — Esto no te lo estoy pidiendo como aliado, Mateo, sino como amigo. — Dante, te debo demasiado, no olvido que me apoyaste en mis momentos difíciles.Tu hermana será la esposa de mi hijo. Sin embargo, quiero hablar con Luca. Si él no acepta, no hay nada más que pueda hacer. — Está bien, Mateo, estoy dispuesto a cederte parte de mi territorio por la falta. — Dije, mostrando determinación. — ¿Qué falta? — Preguntó Mateo, desconcertado. — Aitana fue abusada, ella no es pura. — Expliqué, con pesar en mi voz. — No te preocupes, amigo. Yo te aseguro que he criado a mis hijos con decencia, y Luca, si es que acepta, jamás le reprochará nada a Aitana. Ni nadie bajo mi mando nunca lo hará. — Aseguró Mateo, con firmeza en sus palabras. La idea de casar a Aitana con Luca Rinaldi no solo parecía beneficiosa para todos, sino que también me brindaba la seguridad de que estaría en buenas manos. Conocía a Mateo desde hacía años, y su reputación como una persona íntegra me daba confianza. Además, sabía que en su familia no eran tan estrictos como en la mía, lo cual podría ofrecerle a Aitana un entorno más flexible. Reconocía que mi pequeña no era culpable de lo que le sucedió; la responsabilidad recaía sobre mis hombros. Sin embargo, en el mundo de la mafia de Chicago, la mentalidad conservadora y cerrada predominaba. Mi determinación de no permitir que nadie la maltratara o la hiciera sentir menos chocaba con esas creencias arraigadas. Luca Rinaldi, con su familia menos estricta, se presentaba como la mejor opción para asegurar el bienestar y la protección de Aitana en este complicado entorno. Después de la conversación con Mateo, regresé a casa con la anticipación de reunirme con Aitana. Aunque el vuelo no ocupó muchas horas, la ansiedad aumentaba mi impaciencia. Sin embargo, todo cambió de repente al llegar. Al subir a su habitación, me encontré con una escena impactante. Aitana, en el suelo de su baño personal, llevaba puesta una bata de baño, y sus muñecas estaban marcadas por la presencia inquietante de sangre. La incredulidad me envolvió: no podía ser ella, no podía estar muerta. Era una realidad que se resistía a aceptarse. Mi pequeña no podía estar muerta.
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