Habían pasado quince días desde que papá se fue, y yo seguía sintiendo que el mundo se había detenido en ese despacho.
La Mansión Stuart parecía una tumba. Las cortinas seguían cerradas, la piscina sin usar, el piano de cola cubierto de polvo. Yo apenas salía de mi habitación. Me pasaba las horas sentada en la cama o mirando por la ventana, con la foto de papá sosteniéndome de bebé sobre la mesita de noche. No comía casi nada. Solo tomaba café n***o y a veces un vaso de agua que María me dejaba en la puerta.
El dolor era constante. Una angustia que me apretaba el pecho y no me dejaba respirar. A veces me despertaba llorando en medio de la noche, llamando a papá como si él fuera a contestar. Otras veces me quedaba horas mirando la nada, sintiendo una tristeza tan profunda que me hacía pensar que sin él yo no era nada. La ambiciosa Mónica Stuart, la mujer que siempre tenía todo bajo control, ahora se sentía perdida, pequeña, inútil.
Albert me llamaba varias veces al día. El teléfono vibraba sobre la mesita, su nombre apareciendo en la pantalla. No contestaba. No tenía fuerzas para oír su voz diciendo “amor, tienes que salir adelante”, “yo estoy aquí para ti”, “vamos a salvar la empresa juntos”. En ese momento, sus palabras me sonaban vacías. Solo quería silencio.
Pero cuando sonó el teléfono y vi el nombre de Cristal, sí contesté.
—Amiga… —su voz suave y firme llegó al otro lado—. ¿Cómo estás hoy?
Me quebré al instante. Las lágrimas volvieron a rodar.
—Mal, Cristal. Muy mal. Me despierto y lo primero que pienso es que papá ya no está. Siento que me falta el aire. Que sin él yo no soy nadie. ¿Quién soy ahora? ¿La heredera que no sabe ni cómo empezar? Tengo miedo. Mucho miedo de defraudarlo.
Cristal suspiró con cariño.
—Mónica, escúchame. Tu papá te crió para ser fuerte. No para que te derrumbes. Sí, duele como el infierno. Sí, te sientes sola. Pero no estás sola. Yo estoy aquí. Y tú eres mucho más que la hija de Cristóbal Stuart. Eres inteligente, ambiciosa, terca como él. Vas a levantar la cabeza y vas a pelear. Pero hoy… hoy solo respira. Llora si necesitas llorar. Yo te acompaño aunque sea por teléfono.
Sus palabras me dieron un poco de aire. No me curaron, pero me sostuvieron.
—Gracias… —susurré—. No sé qué haría sin ti.
En ese momento tocaron suavemente a la puerta. Era María, la empleada que había encontrado a papá aquella noche. Entró con una bandeja: sopa ligera, pan y un vaso de jugo.
—Señorita Mónica… tiene que comer algo —dijo con voz maternal y preocupada—. Lleva días casi sin probar bocado. Su papá no querría verla así, tan delgada y triste. Él siempre decía que usted era su guerrera.
Dejé el teléfono un segundo y miré a María. Sus ojos estaban llenos de compasión.
—María… gracias por todo. Por estar aquí esa noche, por no dejarme sola. No sé cómo agradecerte.
Ella dejó la bandeja en la mesita y me tomó la mano.
—No tiene que agradecer nada, niña. Yo también quería mucho al señor Cristóbal. Ahora lo importante es que usted se cuide. Poco a poco. Un día a la vez.
Asentí, aunque el nudo en la garganta no se iba. Tomé un poco de sopa solo para que ella se quedara tranquila.
Quince días después del funeral, llegó el momento que tanto temía y al mismo tiempo necesitaba: la lectura del testamento.
La sala de conferencias del bufete Harrington & Associates estaba en silencio. Yo llegué acompañada de Cristal, que no me soltaba el brazo. Albert también estaba allí, sentado con cara seria y preocupada. El tío Eduardo no había podido quedarse más tiempo, pero me había llamado esa mañana dándome fuerzas.
El albacea, el licenciado Ramón Castillo, un hombre de unos sesenta años, calvo y con gafas gruesas, abrió la carpeta con gesto solemne.
—Señores, procedamos con la lectura del testamento del señor Cristóbal Stuart, actualizado hace seis meses.
Hizo una pausa y comenzó a leer con voz clara:
—A mi única hija, Mónica Stuart, le dejo la totalidad de mis bienes: el 100% de las acciones de Stuart Naviera S.A., la Mansión Stuart con todo su contenido, mi departamento en West Hollywood y la propiedad rural conocida como Finca La Patrona, dedicada a la producción de leche, huevos y queso artesanal.
Hizo otra pausa y miró directamente hacia mí.
—Sin embargo, la naviera enfrenta una deuda inmediata de 85 millones de dólares que vence en setenta y cinco días con los inversionistas Roberto Valdez, Arturo Mendoza, José Ramírez, Carlos Vega y Sebastián López. Si no se cubre esa suma, las acciones pasarán automáticamente a manos de dichos inversionistas.
Albert se inclinó hacia adelante.
—¿Y la finca? —preguntó con voz controlada.
—La Finca La Patrona queda fuera de cualquier garantía de deuda —respondió Ramón Castillo—. El señor Stuart dejó una nota adjunta: “Mónica, no vendas La Patrona por pánico. Ve allí. Conoce el lugar. Habla con el capataz Rodrigo Salvaterra. Es leal y terco como yo. Tal vez te recuerde que el dinero no es todo”.
Sentí un nudo en la garganta al oír las palabras de papá. Cristal me apretó la mano.
Albert me miró.
—Amor, lo más lógico es vender la finca. Podemos conseguir una buena suma y ganar tiempo para la naviera. Yo te ayudo con todo.
Yo negué con la cabeza lentamente, todavía con los ojos hinchados de tanto llorar.
—No voy a decidir nada hoy. Primero voy a ir a La Patrona. Papá me lo pidió. Necesito entender por qué la protegió tanto.
El albacea cerró la carpeta.
—La lectura ha terminado. Señorita Stuart, si necesita cualquier cosa, estoy a su disposición.
Salí de la sala con Cristal a mi lado. Albert intentó tomarme del brazo, pero yo me aparté suavemente.
—Necesito aire —le dije—. Luego hablamos.
En el pasillo, me detuve frente a un ventanal. Miré la ciudad que se extendía abajo y respiré hondo.
Quince días de dolor, de aislamiento, de sentir que sin papá yo no era nada.
Pero hoy, por primera vez, sentí un pequeño fuego encendiéndose dentro de mí.
Mañana iría a La Patrona.
Y empezaría a pelear… aunque todavía me doliera el alma.
---